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Mi microbiota y yo

    HABLÉ muchísimo tiempo con Blanca García-Orea, nutricionista clínica, pero no para hacerle una consulta sobre mi microbiota personal. Lo hice porque acaba de sacar un libro que será, a buen seguro, un éxito rotundo como el anterior. Este se llama Dime qué como ahora, y lo publica Grijalbo. El anterior se llamaba Dime qué comes y te diré qué bacterias tienes, un título que te descoloca un poco, la verdad, divertido, pero que sirve para amar a todas esas bacterias buenas que tenemos en nuestro sistema digestivo y así.

    Blanca García-Orea es una de esas personas que se trabaja el lado bueno de las redes. Tiene miles y miles de seguidores agradecidos, que leen sus consejos sobre cómo alimentarnos mejor en una edad de mucha comida procesada y de una creciente obesidad, especialmente, dicen, en edades tempranas. A esto se le llama el mal de los países desarrollados. Lo curioso es que aquí siempre hemos presumido de una gran dieta, atlántica o mediterránea, o una combinación de las dos, así que algo estaremos haciendo mal últimamente. Blanca me dice que la prisa es lo que nos mata. Todo ha de ser rápido, el trabajo nos atrapa en horarios que antes no estaban invadidos (en este país, no como en otros, siempre se ha respetado la hora de comer; incluso la de dormir la siesta). La velocidad del presente hace que comamos mal.

    Blanca García-Orea me explica que hay más bacterias en nuestro cuerpo que células, y debemos estar agradecidos a todas esas que, a cambio de un poco de comida y de un techo (es un decir), se desviven por protegernos de todo lo malo, de los microorganismos nocivos, o de todo eso que podemos comer y no deberíamos. La barrera intestinal es básica para la función defensiva, porque de ella depende el buen funcionamiento de nuestro sistema inmune, porque la barrera intestinal tiene, dice Blanca, “una permeabilidad selectiva”. Por eso hay que mantenerla en buen estado. Y el estómago, también, debe mantenerse ácido (ya lo es fisiológicamente), pero el tabaco o el alcohol, o el estrés, pueden alterar esa acidez, con lo que la función de eliminar patógenos podría verse comprometida.

    Confieso que nunca pensé en mi microbiota. Es de esas cosas que das por supuestas, o que ignoras, pero Blanca García-Orea explica (lo hacía también en su celebrado libro anterior) que mantener en buen estado toda esa inmensa población de bacterias beneficiosas, todos esos microorganismos, es fundamental para una vida saludable. Me dice más: cada uno tenemos nuestra microbiota, intransferible. Podríamos identificarnos por ahí con nuestra microbiota. Es nuestra identidad intestinal, el mapa de nuestras bacterias del alma (bueno, más bien del cuerpo), esa especie de ejército defensor que llevamos dentro, como si tal cosa. Ahora miro a la microbiota con otros ojos, la verdad.

    Ya me pareció un gran descubrimiento el día en que se dijo que nuestro intestino era nuestro segundo cerebro. Me pregunto si es por eso por lo que se sienten mariposas en el estómago en el enamoramiento, o dolor de vientre cuando aparece la preocupación. Hay como unos doscientos millones de neuronas en el intestino, importantísimas, y parece que, a través del nervio vago, nuestro cerebro mantiene conexión directa con el intestino y viceversa. El cerebro tiene noticia directa de esas bacterias, supongo, de esa vida secreta en las entrañas en las que se fragua la salud y la enfermedad, como ya decía Don Quijote. Ahora sé que yo soy yo y mi microbiota.

    24 nov 2022 / 01:00
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