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Misión y visión de la universidad

    LAS altas expectativas sobre el futuro de la universidad en Europa, tal y como aparecen recogidas en la Charta Magna Universitatum, de 1988, han sido puestas en cuestión por analistas posteriores, que han visto, andando el tiempo, una simplificación de los objetivos y una pérdida de sustancia en la elaboración de los programas y las titulaciones, a menudo urgidos por las necesidades del mercado y por la aceleración del tiempo en que vivimos.

    Cualquier estudio del tejido universitario, antes y ahora, está sujeto al lógico escrutinio, pero, en esencia, creo que se comprende bien la misión de la universidad, y así se ha definido muchas veces, utilizando parámetros que ya utilizaba Laín Entralgo, o, cómo no, Ortega y Gasset (en su clásico texto de 1930). La dicotomía entre docencia e investigación sigue tan presente como hace años, a veces con puntos de fricción que, por supuesto, también siguen sin estar resueltos. La formación de profesionales “a la altura de su tiempo”, es, claro, el otro gran asunto: hoy casi el único asunto.

    Aunque la presión del mercado es notable y la necesidad del sustento insoslayable, no es menos cierto que entre las funciones propias de la universidad parece haberse exacerbado la formación de profesionales, con un aumento de la educación pragmática y técnica, y una mirada directa y casi exclusiva hacia las necesidades del tejido laboral. No es, sin embargo, no lo ha sido nunca, la única misión de la universidad.

    Para Ortega, esa función principal es la cultural, no sólo científica, sino dentro de ese espíritu globalizador que, por cierto, también reconoce como imprescindible la Charta Magna. Las culturas de Europa deben tejer el tapiz de la universidad europea, con lo que la internacionalización, el intercambio de estudiantes y profesores y la apertura total a la sociedad resultan esenciales.

    En este momento de cambio social, con la introducción masiva de las nuevas tecnologías (cuya influencia será superior tras la pandemia), debería primar el aspecto cultural formador de las universidades, como garantes de una sociedad compleja que debe ser el sustrato de las democracias, también complejas.

    Frente al populismo que sugiere simplificación susceptible de manipulación, la universidad ofrece un continuum histórico y la posibilidad de dignificar el conocimiento y expandirlo, de tal forma que las sociedades puedan reforzar su libertad frente al poder. El índice de graduados universitarios no sólo es importante para lograr un desempeño profesional de calidad, sino por el sustrato cultural (y, por supuesto, científico) que necesita un país libre.

    No se trata de enseñar todo lo que los alumnos puedan necesitar para el desempeño profesional, sino de combinar lo especifico y lo cultural. Y en palabras de Marcovich, citado por Pérez y Castaño: “Es importante que los estudiantes comprendan la necesidad de estudiar asignaturas como antropología, ciencias políticas, sociología, letras, artes, geografía e historia, porque son las que explican la sociedad, y si explican la sociedad nos van a permitir una mejor integración laboral.” No puedo estar más de acuerdo.

    09 jun 2021 / 01:00
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