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Nada está suficientemente lejos

    HAY un raro equilibrio entre lo local y lo global. Por ejemplo, ya decíamos ayer, la angustia que nos provoca la escasez de cubitos de hielo. Es una angustia local, la angustia del gin-tonic (entre otras). Pero si hacemos proyección, también decíamos ayer, está ese otro hielo que se funde a marchas forzadas en el planeta. ¿Cuál de estos deshielos nos preocupa más?

    Estamos atrapados entre estas dos pulsiones. Por un lado, con tanta información y con el tuiteo compulsivo, las noticias del mundo rebotan en nuestras sienes a todas horas. Sobre todo, las malas. Cuando estás a punto de quejarte de tu factura de la luz, o del precio del aceite de tu ensalada, vienen los datos europeos del gas, las medidas del gobierno sobre la energía, la guerra en Ucrania, o la polvareda que se ha levantado tras la visita a Taiwán de Nancy Pelosi. Siempre puede venir alguien que diga: “querido, lo suyo no tiene importancia, en comparación con los muchos males del mundo”. El que no se consuela es porque no quiere. Sin embargo, convendría adherirse al dicho popular en este punto: mal de muchos... etcétera.

    Hubo un tiempo en el que las noticias apenas viajaban. Sólo el invento de la prensa moderna, en torno al siglo XVIII (muchas gacetas surgieron ya en el XVII, incluso antes) sustituyó a los rumores, a los viajeros que traían nuevas, y que mezclaban la ficción y la verdad, lo que dio origen a la literatura. Hoy viajamos nosotros y también las noticias. Hay cámaras en todas partes, y, aun así, se ha multiplicado el bulo, al que muchos llaman ‘fake’. ¿Es el viejo deseo de meterle una buena dosis de ficción a la realidad? ¿Es el deseo de atraer la atención del espectador? ¿Es la necesidad de infundirnos temor?

    En la antigüedad el mundo podía estar en un estado caótico, pero no había esa sensación de globalidad. Todo era en gran medida local y los males eran locales. Y, por seguir con los dichos, ojos que no ven... etcétera. Quizás las epidemias (y desde luego el comercio) empezaron a construir la idea de globalidad. Y sí, los soldados que llegaban lisiados de tierras lejanas. A falta de fotografías, estaban los objetos exóticos y las heridas recibidas en batalla.

    Me pregunto si nuestro actual conocimiento de todo lo que pasa en casi cualquier parte (es un decir: a veces no sabemos nada) nos ha privado de la mirada local y nos ha llevado a una inquietud perpetua, a una angustia inabarcable. ¿Es justo que sea así? ¿No deseamos a veces no saber? Para eso se inventó agosto, quizás. Pero ya no funciona. Nuestra vida depende de los grifos del gas que se cierran, y no en la comunidad de vecinos. Y de una isla autogobernada en el estrecho de Formosa. Y de un tipo que fue presidente y quiere volver a serlo (en Norteamérica, me refiero). Nada de eso es ya lejano.

    Y, a pesar de todo, luchamos por regresar una y otra vez a lo local. Nos preocupamos por la temperatura del salón, por los cubitos de hielo... Vemos cómo se agita hoy el mundo, sabemos el caos que puede causar el aleteo de una mariposa a miles de kilómetros, pero queremos tener esa sensación de que lo cercano nos protege y nos separa del mal, como cuando nuestra madre nos daba la mano y todo era seguro alrededor. Sin embargo, sabemos que el mundo se ha hecho muy pequeño, que las mariposas del caos han entrado en nuestra casa para quedarse. Nada está ya suficientemente lejos, me temo.

    10 ago 2022 / 00:19
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