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Negro, jefe y gallego

    EL CUARTO puesto de la selección en Brasil 50 fue durante 60 años su mejor resultado antes de que dinamitara su techo en 2010. Su mayor logro fue campeonar un grupo en el que se hallaba Inglaterra presentando su primera candidatura mundial. Los inventores del fútbol, favoritos para la prensa, perdieron con un gol del legendario Telmo Zarra. Tan importante fue la gesta que el presidente de la federación envió un telegrama a Franco que rezaba: “Excelencia, hemos vencido a la pérfida Albión”. En aquella plantilla figuraba el nombre de un gallego, Juan Acuña Xanetas, mítico portero del Dépor que vivía a la sombra de Ramallets, conocido como El gato de Maracaná por su brillante actuación contra los ingleses.

    No fue el único gallego en Brasil. Obdulio Jacinto Muíños Varela será recordado como el jugador uruguayo más importante. Arengó a su equipo con una prédica inmortal para sentar las bases del Maracanazo: “Los de afuera son de palo y en el campo seremos once para once. El partido se gana con los huevos en la punta de los botines”. Lo hizo cuando los charrúas se acongojaban al sentir el bramido de 200.000 aficionados en el cogote. Lo hizo con una indiscutible ascendencia gallega. Lo hizo con unos apellidos más enxebres que la queimada. En aquella actuación del Negro Jefe se puede ver la contumacia gallega.

    Brasil venía arrollando, le valía el empate y los dirigentes uruguayos se conformaban con una “derrota honorable”. Varela dirigió objetó ante sus compañeros: “Muchachos, hoy tengo muchas ganas de correr”. También dejó muestra de su flema. Cuando Brasil se adelantó, el capitán celeste recogió el balón de las redes y, mientras las incontables gargantas cariocas escupían fuego, protestó cuatro minutos un orsay inexistente hasta que consiguió helar toda aquella samba. Acto seguido dijo a Schiaffino, “se acabó, ahora vamos a ganarles a estos japoneses”. Justo antes de saltar al césped ya le había confesado a Ghiggia, “hoy vas a recibir la mayor ovación de toda tu carrera”. Schiaffino y Ghiggia fueron los artífices de los goles que voltearon el marcador para eterna gloria uruguaya.

    En Brasil 50 pasaron tantas cosas que son inenarrables. Muchas selecciones viajaron con el miedo de una desgracia, como Italia, que se recuperaba de la tragedia de Superga. En el accidente aéreo del Torino perecieron 31 personas, entre ellas, 10 de los titulares de la selección azzurra.

    Otras ni siquiera hicieron las maletas. Bien por motivos bélicos, como Alemania y Japón, o bien por motivos económicos como Turquía o la India, aunque circulase el bulo de que los asiáticos no viajaron por no permitirles la FIFA jugar descalzos.

    Se inscribieron 34 selecciones para 16 plazas y compitieron 13. Seguramente no fue sencillo tomar la decisión ante las heridas abiertas por la guerra, pero el deseo unánime de recuperar paz y normalidad fue mayor.

    Este domingo, el Negro Jefe llegaría a los 103 años, justo en el verano que se cumplen 70 del, probablemente, mejor mundial de la historia o, al menos, el que nos enseñó que los desafíos se ganan con galeguidade y “con los huevos en la punta de los botines”.

    18 sep 2020 / 01:00
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