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Nerea y hervor de chocolatera

    POR el estremecedor y terrible camino que vamos construyendo desde la parte más infame e insolidaria de la naturaleza humana se nos acaba de ir Nerea, una joven gallega de apenas 17 años que se vio incapaz de hacer frente a las vejaciones de compañeros de colegio y de otros jóvenes que, desde las redes sociales, cometieron la continuada iniquidad de atormentarla de modo sistemático con críticas, insultos, acoso y rechazo. ¿Qué importa el por qué? ¿Acaso ese “asesinato social”, como acertadamente lo acaba de calificar una asociación, adquiere mayor o menor disculpa si es por condición sexual, apariencia física o creencia religiosa? Somos la sociedad toda, no la víctima, quienes tenemos que hacérnoslo mirar.

    Los padres de Nerea, destrozados por la más dolorosa tragedia que supone añadir a la pérdida de un hijo en tales circunstancias la permanente duda de lo posiblemente evitable, han pedido su legítimo y sagrado derecho a afrontar el dolor desde la intimidad de la familia rota. Aciertan en tal decisión al evitarse, de paso, sumar a la desgracia la aberración moral de una sociedad hurgando en los entresijos de una vida perdida tan tempranamente.

    Pero ese silencio, respetuoso y condoliente, no debe evitar que las autoridades judiciales hagan su responsable trabajo para no sumar a lo acontecido la añadida frustración del archivo de la causa con un sobreseimiento impune.

    Tampoco, que los dos colegios donde Nerea sufrió sus continuadas vejaciones traten de pasar página desde la autocomplaciente reflexión de lo irremediable. Les va en el sueldo y, más que ello, en los principios y valores morales que se le suponen, no sólo analizar dónde se falló sino también poner todo el empeño para que el crespón con el nombre de Nerea sirve al menos para erradicar en el futuro todo atisbo de acoso. Y si las comisiones de convivencia se muestran incapaces de atajarlo, búsquense otros medios y otros compromisos. Un informe de Amnistía Internacional de 2017, centrado en Galicia y Extremadura, advierte más que preocupantemente del camino que falta por recorrer y de tantos silencios cómplices.

    Y, en suma, corresponde a la sociedad toda, con quienes la representan al frente, poner los medios para evitar esta continuada y terrible tragedia de jóvenes quitándose la vida porque, desde amigos a educadores, desde vecinos a compañeros, nos abandonamos a la indolencia, a mirar para otro lado.

    El maestro de maestros José Antonio Marina, tan preocupado por el fenómeno, advierte de que es sólo en el relato de cada nuevo caso cuando la sociedad toma conciencia en una repentina indignación que a la larga no es más que lo que él llama “el hervor de la chocolatera” de tan intensa ebullición como olvido al poco tiempo. Pero, siquiera sea para reconocer el continuado fracaso social y la dudosa eficacia de nuestro sistema educativo, no desterremos también del primer plano de la actualidad ese “hervor”, por más aligerado que resulte.

    Pocas muestras si alguna se le puede equiparar –¿acaso la eutanasia?– reflejan tan nítidamente el fracaso como sociedad como cada vez que un joven, una esperanza de vida como Nerea, como Jokin, el estudiante de Hondarribia que en 2004 inauguró la oficialidad de unas trágicas estadísticas, deciden anteponer “la paz eterna al infierno cotidiano”, como dejó escrito el joven guipuzcuano.

    10 oct 2020 / 00:10
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