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No hay fútbol en silencio

    El REGRESO del fútbol, de aquella manera, supone para algunos el regreso de la realidad. Así son las cosas. Pero sucede que el fútbol tiene su propio planeta. Creo que fue Fernando Aramburu, el escritor, el que dijo el otro día en una entrevista que en cuanto vuelva La Liga esto se recompone. Los programas de deportes se habían reconvertido ya a su manera, llenando las horas sin goles con el malestar contemporáneo y con la esperanza del mañana. El deporte tiende a ser alegre en las ondas, a pesar de las broncas de la competición, que surgen de vez en cuando, pero con la movida del virus no había nada de lo que alegrarse. El fútbol es un oasis virtual, un universo propio que saca de quicio a algunos, pero que para otros actúa como un tranquilizante. O como un euforizante. En efecto. Muchos creen que la vuelta del fútbol evitará que se deteriore más la vida cotidiana, pues funciona como una válvula de escape. Y no digo que no sea cierto. Pero tal y como está el patio, me temo que con una válvula de escape no va a ser suficiente.

    Los futbolistas empiezan a dar entrevistas. Uno dijo que, sin público, se perdía el efecto del campo propio, pues a ver qué es eso de que salte el contrario al césped y no se escuche ni una mala palabra. La primera competición en volver fue la Bundesliga, que es una liga alemana en la que gana siempre el Bayern, o casi. El efecto de las gradas vacías se está notando. Los equipos ya no saben si están en casa o fuera, porque el silencio les confunde. Se oyen los golpes al balón, las charlas entre los del equipo propio y también con los rivales. Lo que nos pasaba en las pachangas: es un fútbol sin el envoltorio ruidoso del público. Le falta ceremonia, le falta liturgia. Menos mal que no se pueden celebrar los goles, porque una celebración sin público, incluso con el público en contra, es como un jardín sin flores.

    Lo mismo ha sucedido con los programas de televisión. Por mucho que haya espectadores en casa, se necesita un poco de animación en vivo, aunque sea una animación de diseño. El vacío se ha ido supliendo como se ha podido. Algunos programas conectaban en directo con sus audiencias, que ejercían de público, digamos, por videoconferencia. Es ingenioso, pero poco práctico. No podemos hacerlo todo a través de pantallas, no nos pongamos estupendos. El fútbol, todavía menos.

    ¿Llenaríamos un estadio de ochenta mil conexiones virtuales? Se ha intentado paliar la soledad con fotografías de los aficionados, mucho más calmados que los de carne y hueso. Pero es tanta la angustia y el desconcierto que al parecer produce este vacío en los jugadores (aparte de cierta sensación de que nadie te mira, ni siquiera tu familia), que ya se especula con la posibilidad de que la voz de los aficionados entre en los estadios. Es, además, una tecnología española. Los móviles, conectados al sistema de megafonía, llevarían el oleaje de los hinchas desde primera línea de sofá, y así el sonido perdido se rescataría. Puede que no todas las frases emitidas desde casa se refieran a asuntos del partido: quizás se cuelen los típicos “pásame la sal” o “¿podrías bajar la basura?”. En fin, nada es perfecto. Pero los partidos tendrían otra vez banda sonora. Y los visitantes volverían a preocuparse.

    02 jun 2020 / 01:13
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