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Nuevas formas de ignorancia

    CUANDO las inundaciones de Alemania y Bélgica, tal que el otro día, expresé mi esperanza de que, al cundir la alarma en el corazón de Europa, todos empezaríamos a ser más conscientes del peligro planetario que corremos. Hay mucha globalidad y tal, pero la peña se siente segura en su castillo, si el castillo tiene posibles. Esa tontiloca superioridad de la riqueza, que cree que el dinero es la muralla más segura, no admite que la naturaleza se alce contra el ser humano, tan poderoso, ni contra nuestro modo de vida, que tan ricamente hemos construido a costa de esquilmar demasiadas cosas.

    Hay una tozudez estructural que no reconoce el daño ni el peligro, porque nosotros lo valemos. Podría llamarse una nueva forma de ignorancia. Esa ignorancia tiene que ver con la ausencia de profundidad intelectual, algo en lo que me temo que se trabaja con ahínco cada día. No seré yo quien abomine de la tecnología, pues ella es nuestro dios y nuestro demonio, ella será nuestra salvación y nuestra destrucción, pero qué se puede pensar de un mundo en el que se empieza a considerar a la gente por sus comentarios en las redes sociales o a valorarla por el número de seguidores con que cuenta en ellas.

    Hay que sospechar cuando tan alegremente algunos populismos se lanzan a promover la ignorancia, y encima suelen igualarla a la libertad. Aquello de que cuanto más estúpido seas menos vas a sufrir ha pasado a categoría de mantra político, por no decir que el eslogan de moda podría ser “ojos que no ven, corazón que no siente”. Cerrar los ojos sólo asegura el desastre.

    La realidad ha entrado en modo bucle, animada por la pandemia. Llevamos meses encerrados también en las mismas frases, se ha gripado el motor de la modernidad. El personal asiste estupefacto a los meandros de la política y a las cataratas de los discursos, pero todo sigue a su ritmo, con una monotonía aplastante. No hay atractivo en una realidad encallada, todo suena a frases de cartón piedra, pensadas para el consumo de la masa: es el menú del día.

    Vivir debería ser otra cosa. Pero qué dirán, entonces, los que viven al borde de la muerte. Qué dirán los que viven bajo el horror, bajo la dictadura, bajo el capricho de sus dirigentes, bajo la barbarie, bajo la losa de la pobreza que entierra el futuro de millones y millones de personas sobre la faz de la tierra.

    Los problemas locales, las guerras enquistadas, las vidas frágiles de los que apenas tienen nada (o de aquellos a los que se les ha privado de casi todo), las vidas feroces que discurren entre sombras en lugares que apenas sabríamos señalar en el mapa, se diluyen frente a esas amenazas globales que, ahora lo sabemos, también se ceban con los ricos y con el primer mundo. La tormenta perfecta del cambio climático no va a distinguir fronteras: y, al fin, nos daremos cuenta de que el planeta es sólo uno. Y que los océanos están interconectados. Y que el aire es el aire de todos. Sabremos que, finalmente, no podemos parcelar el jardín.

    Una solución de urgencia sería despreciar los embelecos del presente, renunciar a las herramientas que, en realidad, nos controlan, y que nos están matando de simpleza. Detener el elogio de la superficialidad ayudaría, también, a que la clase política mejorase de calidad. El ciudadano debería demostrar que no quiere una rebaja de la complejidad, que no quiere ser tutelado mediante maniqueísmos y simplezas, ni valorado a través de las redes sociales. Esto es lo que habría que dejar claro ya, de alguna forma.

    27 jul 2021 / 01:00
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