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Nuevo récord de Santiago

    CASI todos los días aparece una noticia sobre un récord establecido por Santiago. Un día se consigue el mayor número de credenciales concedidas por haber realizado una parte considerable de algún camino, las compostelas, otro día se rebasa el número de pasajeros del aeropuerto o de la cantidad del tráfico de mercancías. También se informa que se ha conseguido la mayor cifra de pasajeros en la estación de Renfe, así como en las estancias en los establecimientos hoteleros.

    Sin embargo, pasa casi desapercibido otro récord importante. Hace unos días el franciscano Paco Castro Miramontes la apuntaba al presentar su libro La senda de la vida. Se trata de que la plaza del Obradoiro es, entre todos los lugares de nuestro planeta, donde se experimentan más emociones. Solo comparable con las que se pueden dar en Jerusalén por parte de cristianos o musulmanes, en la Meca o en Medina por estos últimos o en las orillas del Ganges en Benarés por los hindúes.

    También se dan emociones en algún estadio en ocasión de alguna finalísima por parte de la otra gran religión de este mundo, el fútbol. En este caso las emociones son diferentes a las otras.

    Desde la plaza del Obradoiro el espectador cuidadoso puede observar las emociones que experimentan las personas que llegan después de hacer el camino. Hay jóvenes, que usualmente vienen en grupo, y manifiestan su entusiasmo por alcanzar el fin propuesto, cantando y haciendo el lógico jolgorio natural en su edad. Su emoción proviene de alcanzar una meta nueva. Hay personas solas o parejas o pequeños grupos de amigos de todas las edades, cuya cara revela que están experimentando algo interior profundo. Se abrazan con su pareja o con el pequeño grupo. Algunos lloran.

    Hay libros e incluso películas famosas que tratan de reflejar las experiencias sentidas. Personas que emprenden el camino con un deseo de encontrar sentido a su vida, o a resolver algo que llevan dentro y no saben como sacárselo. Al llegar a Compostela toman conciencia de que el silencio y la naturaleza les han curado la herida que llevaban dentro, removiéndoles y cambiado su visión de la vida.

    Es una experiencia íntima, escondida en el interior, sin ningún exhibicionismo. Por eso se sienten conmovidos y agradecidos al silencio y a la naturaleza del camino.

    El ver en sus caras reflejado lo que les pasa dentro, es hacer visible lo invisible. El turismo, el ruido de la ciudad y el trajín de cada día enmascaran el palpable gran acontecimiento que se realiza todos los días en Santiago de Compostela cuando el silencio se hace visible y lo escondido aparece. Los peregrinos buscadores encuentran lo que tenían dentro de sí, alivian su sed y experimentan una paz y un gozo inexplicable.

    25 nov 2022 / 01:00
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