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Perder la cabeza (nuclear)

    YA les dije que estábamos mejor enfrascados en el espectáculo inabarcable de las calles de Londres. Terminado el paréntesis, la magia de los cuentos, entramos de nuevo en la realidad sucia, que nunca nos abandona. Apenas nos da respiro ni tregua. Las televisiones de pronto comienzan a emitir algo muy diferente, algo que tiene que ver con lugares de sombra y muerte. Alguien vendrá y dirá: “la realidad era esto”.

    Resulta complicado comprender lo que está pasando en pleno siglo XXI. Todo hiede a pasado. A rancio pasado. A podrido pasado. Todo nos recuerda un tiempo al que no querríamos volver. Y, como decíamos ayer, lo global aún parece distante a pesar del fulgor de tantas pantallas. Ni siquiera la mención a la amenaza nuclear nos solivianta de manera definitiva, como aquella lejana de Bahía Cochinos, porque son tantas las preocupaciones cercanas, tanta la debilidad de lo doméstico, tanta la sensación de desvalimiento personal, que todo ese miedo globalizado, ese temblor del orden mundial, nos parece aún un relato algo ajeno, no sé por cuanto tiempo.

    Y, sin embargo, es la guerra de todos. La que nos afecta a todos, pues nada puede escaparse a su terrible influencia. Aunque no es lo mismo morir en combate que sufrir la inflación o la crisis energética, pero todo tiende al terremoto, todo se agita de pronto, cuando el planeta tiene otros mil retos, otras mil amenazas, sin que hubiera necesidad de añadir ninguna más al ya de por sí muy peligroso cóctel. Como se ha dicho, esa apariencia de debilidad de occidente, esa cacareada decadencia, pudo dar fuerzas a quien pretendía un cambio drástico en la dirección del mundo. Y ahora, al ver el decorado, la sensación de incertidumbre es aún mayor. Es posible, como ayer decía Pedro Sánchez en América, que Putin sienta “que está perdiendo la guerra”, al menos si consideramos las decisiones que ha tomado en las últimas horas y las palabras que ha pronunciado. Pero Europa se enfrenta a una paradoja que, en realidad, no es tal. La sensación de derrota, o de fragilidad, que pueda sentir el líder ruso, se convierte en realidad en el argumento más peligroso.

    De todas las medidas anunciadas, que han originado protestas y, al parecer, salidas precipitadas del país de algunos ciudadanos rusos, la que realmente busca señalar los límites a occidente es esa frase calculadamente técnica: “nos defenderemos por todos los medios”. Aunque Putin ha aludido al enorme poder nuclear de su país de manera directa en algunas ocasiones, sin demasiados rodeos, ahora ha utilizado esa expresión inquietante: “usaremos todos los medios a nuestro alcance”. Muchos analistas creen que los acontecimientos llevan al líder ruso a endurecer aún más su discurso, y a tomar medidas interiores, como el reclutamiento parcial, que hubiera preferido evitar. La realidad se ha endurecido mucho: para todos, pero más para unos que para otros.

    Es cruda la frase “una guerra nuclear no se puede ganar, ni se debe luchar”, esa frase de Biden. ¿Quién puede no estar de acuerdo? ¿Cómo admitir que nos encontramos en uno de los momentos más peligrosos de la historia? ¿Cómo hemos podido llegar hasta aquí? ¿Cómo soportar que el siglo XXI, del que tanto esperábamos, nos está enviando de un manotazo a tiempos pasados, nos está desnudando de modernidad, nos está mostrando que aún no puede decirse, como soñábamos, que las guerras ya no tienen sentido?

    23 sep 2022 / 01:00
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