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Período de gracia

somos seres cambiantes y formamos parte de una civilización que se ha equivocado con sus dolores provocados, como las guerras, pero que también conoce la bondad, la conmiseración, el libre albedrío, las formas o la creación artística y el humor. Si algún día faltase alguna de esas características nuestra especie no tendría sentido.

En este ahora asustado hay que alertar necesidades tan humanas como la de reírse. Las mascarillas ocultan las expresiones, pero las mentes han de permanecer atentas al optimismo, buscar refugio en literaturas divertidas, en conversaciones irónicas. El ingenio, si no es amoral, es una valor esencial para el bienestar.

No se priven de demostrar su alegría, aunque aparentemente les pueda costar el sillón de la Real Academia Española. Sean más valiente que un Mihura, don Miguel, que pidió a los actores de una de sus obras, Maribel y la extraña familia, que procuraran resultar menos graciosos en escena, porque estaba a punto de ingresar en la Real Academia y quizás no pudiera hacerlo si algunos académicos iban al teatro y descubrían que era un autor cómico.

El sucedido lo completa una deliciosa historia de Francisco Umbral. Dice que cuando visitaba al escritor, historietista y periodista madrileño, el ya académico le interpelaba:

- Creo que mi oponente ha sido un general.

- Sí, Díez Alegría

- ¿Y para qué necesitan un general en la Academia?

- Como necesitan un almirante y un obispo. Para que les ilustre sobre los dialectos correspondientes.

- Ah, ya comprendo, el general les enseña a los académicos a decir PUM.

En una de esos encuentros, don Miguel le contó al joven autor vallisoletano un chiste delicioso: “Un matrimonio va de visita y ella le dice al marido, ante la puerta del piso: Anda, Pepe, tú que sabes de música toca el timbre.”

Mi siguiente anécdota es menos graciosa, pero toca el alma. Corresponde a un historia real. Una señora que soñaba y escribía chistes de amor sobre minúsculos fragmentos irregulares de hojas cuadriculadas. Lo hacía, dicen, de mañana, en un banco cualquiera del Paseo de Recoletos o de la Castellana.

Después, pasada la siesta, su voz sonaba rutinaria entre los cines de Fuencarral, como ruido que se incorpora al ambiente y casi acaba por hacerse imprescindible: “¡Chistes de amor cinco duros! ¡Chistes de amor cinco duros!”, vociferaba con una cadencia inmolesta. Yo la escuchaba mientras caminaba hacia la redacción del semanario satírico El Cocodrilo, en el que empecé mi vida laboral con los mejores humoristas de la España: Mingote, Chumy Chumez, Summers, Ramón, Cabezas, Zulet, Jose Julio, Almarza, Kuto, Gomaespuma. En la publicación de Eugenio Suárez colaboraban además Alfonso Ussía, Antonio Herrero, Carmen Rico Godoy, Amando de Miguel, Jesús Hermida, Miguel Ángel García Juez, Chicho Sánchez Ferlosio, Jesús Ynfante, José Luis de Villalonga, PGarcía, Jesús Pérez Varela, José Asensi y muchos otros maestros inolvidables.

A la señora de los chistes de amor la quisimos durante generaciones, y algunos siquiera llegamos a comprarle uno sólo de sus breves escritos. No aceptaba limosnas, ni invitaciones. Su película se proyectaba todos los días en los soportales de los Cine Roxy. Ella era la protagonista de las sonrisas a veinticinco pesetas cuando un Franco suizo se conseguía por catorce. Se había incorporado a la ciudad, adosada a sus cines, y el personaje era ella.

No dejen de reír, compartan alegrías, sonrían. Lo necesitamos antes de que las circunstancias nos empobrezcan como seres humanos o de que los gobiernos nos censuren, como le sucedio a El Cocodrilo en plena democracia, siete veces secuestrado. Es probable que no estemos para carcajadas, pero sí para sonrisas. Eso siempre. Si con estas líneas he conseguido conmover su regocijo o de que hayan explorado su ternura, bien ha merecido el placer de escribir este artículo. Disfruten, es una de las pocas libertades intactas.

No olviden de enviarme sus gracias –ironía pura–, me alegrarán.

21 nov 2020 / 23:16
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