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Santos entre pecadores, o la historia explicada por los torpes

ya en el mundo antiguo se discutió mucho la utilidad y el valor moral que puede tener la historia. Los grandes historiadores contaron la historia de las guerras que les tocó vivir con el fin de que quedase un recuerdo para siempre, que pudiese servir de advertencia en el futuro de todos los errores a evitar. Tucídides narró la Guerra del Peloponeso para advertir de las desgracias de las guerras civiles, de la misma manera que Heródoto explicó la expansión del imperio Persa, o que el historiador judío Flavio Josefo intentó entender, narrando el enfrentamiento de su pueblo contra Roma, por qué los judíos perderían para siempre su identidad política.

La historia es una maestra para la vida, decía Cicerón, pero como la historia no se enseñaba y los historiadores tenían muy pocos lectores, quedaba claro que la historia era útil solo para aquellos que debían gobernar una provincia o participar en la vida política romana. Políticos y militares como César narraron en primera persona las campañas que ellos mismos dirigieron, o bien encargaron a algún cronista o historiador oficial que así lo hiciese. Y lo mismo ocurrió en la Europa medieval con los historiadores de la corte, o los clérigos cronistas que narraron la historia de los grandes monasterios o las glorias de obispos como Gelmírez, a la vez obispo, político y hombre de armas.

Los grandes reyes de la Europa Moderna, como Francisco I de Francia, Felipe II, o Isabel de Inglaterra también tuvieron sus historiadores oficiales, que contaron ya no solo la historia las batallas y hazañas del rey, sino la de los reinos, asociados cada uno por lo general a un pueblo: el galo en el caso de Francia, el hispano en el caso de la España de los Austrias, o el portugués, inglés o sueco, según el caso.

Todas las historias son muy semejantes. En todas se cuenta una acción que transcurre en un escenario, sea un palacio, o la tierra de un reino con sus fronteras, mares, ríos y montañas; en todas hay un protagonista: el héroe épico -el Cid por ejemplo-, el rey o el pueblo; y también en todas ese protagonista tiene uno, o varios, antagonistas, que le ayudan a lograr su propósito, ya sea un matrimonio feliz y el regreso a casa, en la Odisea, por ejemplo, o la derrota de un tirano y la conquista de la libertad, que suele ir unida a la instauración de un reino, una monarquía, o una nación, o la emancipación de la humanidad en este mundo, o en un mundo futuro.

Todas las historias son muy similares, pero pueden construirse de un modo simple o complejo y narrarse bien, mal, o muy mal. Pero como vivimos en la Edad del Plomo, o era de la estupidez, en la que ser inteligente es toda una desgracia, en el mundo intelectual y de la comunicación social lo malo desplaza siempre a lo bueno, lo inferior a lo superior y todo se tiende a simplificar. Eso no sería malo si además no se diese el caso de que lo inferior se impone, como la moneda mala desplaza a la buena. Y por eso podemos asistir a esperpénticos espectáculos en los que políticos sin conocimiento alguno de la historia, y de casi nada, sentencian sobre el pasado, haciendo reflexiones morales que le enmiendan la plana al Papa, por ser más católicos que él.

Se dice que los historiadores no son jueces de los infiernos, ni deben separar en el pasado, o en el más allá, a los buenos de los malos. La historia universal no es el Juicio Final, en contra de lo que alguna vez dijo Hegel, que estaba convencido de que todas las desgracias en ella eran parte de un plan providencial en el que todos los males eran contribuciones al logro de un bien mayor. Naturalmente el optimismo hegeliano, inseparable de su fe en el liberalismo moderado, podía ser posible en la Europa de la primera mitad del siglo XIX, pero pensar después de la II Guerra mundial y de Hiroshima y Nagasaki, que 60 millones de muertos fueron un mal necesario es ahora, cuando además la Tierra parece estar entrando en una crisis climática global, más que un contrasentido.

Vista desde ahora, la historia universal parece más un basurero que un jardín idílico, porque los males del pasado no fueron todos para bien, y por eso sus víctimas no lo fueron porque “¡algo habrían hecho!”, sino porque les tocó serlo y nada más. Y por eso la misión del historiador ya no debe ser cantar las alabanzas de un pasado regional, nacional o social feliz, sino intentar encontrar algunas flores en el medio del basurero de la historia que permitan mantener viva la esperanza en un mundo mejor.

Si justificamos el mal en el pasado también lo hacemos en el presente, como hacía Hegel cuando en su Filosofía del derecho defendía la existencia de la pobreza, basándose en la idea de que es buena la práctica de todas y cada una de las virtudes, y de que, como la caridad es una virtud que no puede practicarse si no hay pobres, entonces es bueno que existan los pobres y las organizaciones de beneficencia. Nosotros creemos que, de la misma manera que no todo fue una maravilla en la historia universal, lo que no debe haber son pobres, de la misma manera que a nadie se le ocurriría defender que siga habiendo cada vez más enfermos para que progrese la medicina.

Los historiadores que justifican los males del pasado hacen lo mismo en el presente, pero el pasado no puede ser juzgado en sí mismo con los valores morales del presente, porque en la historia ha habido grandes progresos en el reconocimiento de los derechos universales de las personas y del nivel moral de las sociedades. Lo que hoy vemos con horror en Afganistán era normal en Europa hace siglos. Se reconocía el derecho de los maridos a maltratar a sus esposas: “cuanto más le pegues a la vieja mejor sabrá la sopa”, decía un proverbio ruso del siglo XVI. Se practicaban en público las torturas, las ejecuciones y mutilaciones corporales de manos, ojos, orejas, nariz, el saqueo y las violaciones se daban por hecho en las guerras, y la muerte por hambre o enfermedad de pobres y desvalidos apenas conmovía a nadie.

Solo hay dos campos en los que ha habido progreso en la historia: la ciencia y la técnica y la mejora de las leyes y la moral. Y es que las leyes y la moral existen y son objetivas. La moral se basa en dos ideas: lo bueno y lo malo, y los juicios morales se basan en la idea del deber. Algo no es bueno porque lo haga la gente, y no se puede decir que no exista la moral. Eso es otro juicio moral que dice algo así como: no es bueno que se pueda decir que algo es bueno. Pero esta es la forma normal de razonar ahora.

En la historia debemos distinguir los juicios morales, que son los que hacemos cuando juzgamos nuestra conducta o la del prójimo, del proceso de avaloración, que consiste en comprender desde el presente los valores morales del pasado, que pueden ser muy distintos a los nuestros. Si queremos analizar la conducta de las personas que vivieron en un tiempo del que eran cautivos, porque nadie puede escapar de la época en la que vive, como también dijo Hegel, que lo dijo casi todo, debemos ver si se ajustaban a lo que era legal o moralmente exigible en su época. Si además podemos ver cómo en función de unos valores morales universales superiores criticaron los males de su tiempo, esas personas serán más loables, pero esto estuvo al alcance de muy pocos.

No podemos decir que porque Aristóteles justificase la esclavitud era un verdadero sádico y toda su filosofía una cámara de torturas. Aristóteles no era capaz de pensar una sociedad sin esclavos, a menos que las herramientas se moviesen por sí mismas, pero sí era capaz de comprender la naturaleza humanas a un nivel muy profundo. Y eso fue posible porque la historia universal no es solo la de los hechos y las ideologías, sino también la de los sentimientos, y la lógica del corazón siempre tuvo razones que la razón de la época podía no comprender.

Situarnos desde el presente como jueces marisabidillos del pasado es ser tan soberbios como Hegel, pero sin su inteligencia y conocimientos. Reprochar a la humanidad que no fuese políticamente correcta desde el Neolítico es directamente una estupidez. Y lo mismo exigir reparaciones a siglos vista. Egipto podía pedir disculpas y reparaciones a Grecia, Roma, Arabia Saudí, Turquía, Inglaterra, porque en algún momento invadieron el país. España podía pedir explicaciones al Yemen, porque de allí vinieron la mayor de los conquistadores responsables del fin del reino visigodo. Y Putin podía pedir una indemnización retroactiva a Mongolia por la invasión de Rusia.

Indemnizaciones económicas o reparaciones morales solo tienen sentido cuando existía en el momento en el transcurrieron unos hechos un marco legal que las hiciese posibles. Y de la misma manera creer que en la historia nunca existió el mal, porque millones de personas lo prefirieron al bien, y todo fue culpa de los sistemas políticos, es ridículo. Como ridículo es creer que en la historia del cristianismo y la Iglesia nunca existió el pecado. Claro que existió, de obra, pensamiento y omisión, y eso es lo que ha dicho recientemente el Papa, condenado a la hoguera por políticos españoles que parecen formar una nueva comunión de los santos, cuando en realidad no son más que pequeñas camarillas de soberbios necios.

17 oct 2021 / 01:00
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