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Seamos astronautas

    ATRAVESÉ media España, por razones profesionales, y vi pantanos aún demasiado vacíos, a pesar de que ha llovido en las últimas semanas. Montes negros, también, el recuerdo de una pobreza transversal, que viene de lejos, abandono de la España interior, se diga como se diga. Un puñado de viejos defendiendo las últimas plazas, sin sucursal bancaria, por supuesto y con dificultades para que les atienda un médico, siquiera sea para hablar y mitigar la soledad. Conozco el asunto, pero los aguerridos habitantes de las provincias abrumadas por las sequías, los incendios y el envejecimiento no se quejan, o se quejan poco. Su voz apenas llega, no alcanza los centros de interés. No tienen ya talante revolucionario: sólo esperan que, si la cosa se tuerce, los hijos lleguen a tiempo. Pero muchos hace años que trabajan lejos.

    En medio de todo el ruido político, que sigue furiosamente polarizado, en medio de todos esos asuntos que alcanzan el brillo de los titulares, en medio de la gran confusión contemporánea, realmente patética, hay una España que vive día tras día bajo la luz mortecina del atardecer. No es una España rendida, pero sí perpleja, a pesar de la edad que tiene la mayoría de sus habitantes. Muchos han conocido tiempos duros, vienen de la emigración o de la escasez, levantaron la educación de sus hijos con un esfuerzo emocionante, pero, de pronto, en sus últimos años de vida, sienten que deambulan como fantasmas en pueblos vacíos: creen, con razón, que se han vuelto invisibles.

    Lo grave es que los nietos, o los hijos en algunos casos, se van a enfrentar a un mundo cada vez más difícil. Nos las prometíamos muy felices con las generaciones mejor preparadas, y seguramente la son, pero de nada sirve cuando llega la parálisis, cuando el horizonte se aleja más y más, cuando muchos tienen que depender de los miembros de más edad de la familia, ya también en dificultades por el encarecimiento brutal de la vida.

    No es un asunto menor, porque afecta a una parte sustancial de nuestra geografía. Se habla de la España vaciada, con razón, pero no sólo. Ese miedo al futuro inmediato se ha instalado en algunas periferias, no sólo en la meseta de inviernos gélidos y poblaciones en declive. No es de recibo que, en pleno siglo XXI, muchos ciudadanos tengan como hazaña alcanzar un cajero automático, como quien llega nadando a la última playa. Ser atendidos aquí o allá, poder tener un transporte público que alcance enclaves olvidados. Mientras en las grandes ciudades los más jóvenes han descubierto que apenas pueden alquilar. El mercado se ha puesto imposible.

    Todo esto tiene que ver con la vida cotidiana, con la vida real. Es mucho más real que cualquier otra realidad, aunque permanezca latente bajo todas esas toneladas de ruido y esas capas de furia que todo lo adornan. Pero, de pronto, dos muchachos de una de las provincias donde la despoblación y el envejecimiento alcanzan cifras preocupantes, la provincia de
    León, acaban de ser escogidos por la Agencia Espacial Europea entre casi 23.000 candidatos. Pablo Álvarez y Sara García estarán entre los futuros astronautas que regresarán a la Luna.

    Quizás, aunque improbable, alcancen Marte. Es el otro lado, el pequeño milagro que se abre camino en medio de la niebla y la parálisis. Sí: seamos realistas. Pidamos lo imposible. En algún lado encontraremos lo que a ras de tierra nos niegan. Volemos. Seamos astronautas. Ya no podemos conformarnos con menos.

    25 nov 2022 / 01:00
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