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Tocados, no hundidos

    EN el pico de la crisis financiera (octubre, 2008) comenté la viñeta de Forges en la que un ciudadano que tomaba café en un bar acompañado de su hijo pide al cliente que lee el periódico en la mesa contigua: “Perdone, ¿podría leer el periódico para allá, que me está asustando al niño?”.

    Con un dibujo y una leyenda, el maestro del humor escribía la mejor crónica de aquellos días de vértigo por la desastrosa situación económica y social que impresionaba entonces y tiene su equivalencia en esta avalancha de malas noticias que, como al niño, nos asustan ahora:

    Uno. Asusta el panorama sanitario.
    Cientos de muertes diarias, miles de con-
    tagiados, hospitales cerca del colapso,
    sanitarios agotados, ciudadanos atemorizados por el virus... Las vacunas, la gran esperanza, llegan a cuentagotas y no hay un plan de vacunación solvente para inmunizar a la población.

    Dos. Asusta la economía destrozada. Empresas, comercios y pequeños negocios cerrados o con respiración asistida, trabajadores en ERTE (muchos saben que no volverán a sus trabajos por el cierre de sus compañías), cientos de miles de empleos perdidos, el Estado sin ingresos, cuentas públicas descontroladas, la deuda disparada...

    Tres. Asustan las consecuencias sociales de la caída de la economía. Cerca de cinco millones en el umbral de la pobreza, colas del hambre, miles de personas acudiendo a Cáritas, a los bancos de alimentos, a comedores sociales y a otras las oenegés.

    Cuatro. Asusta el nivel de la política en esta hora crucial. Gestionar la pandemia, salir del caos económico y aplicar los 140.000 millones del programa Next Generation EU no se consigue enredando y tomando decisiones por intereses partidarios o clientelares. Requiere ideas claras, criterios objetivos y altura de miras. Los fondos europeos deben ser destinados a proyectos que pongan a punto la economía para las generaciones venideras. ¿Va el Gobierno en esa dirección?

    Cinco. La sucesión de malas noticias cobra mayor dramatismo por la impotencia ante el descontrol de la pandemia, causa de los problemas económicos y sociales y de la angustia general, que nos tiene a todos tocados.

    Conclusión: Pero no hundidos. Circula por la red la sentencia del político británico Edmund Burke (1729-1797) “no desesperéis jamás, continuad trabajando”, que es una llamada al espíritu combativo, lo equivalente a “el que resiste gana” de Cela. En esta crisis, resistir y ganar es seguir las recomendaciones de los expertos, las medidas de la autoridad política y esperar el turno de vacuna, que llegará.

    No estoy tan seguro de que el Gobierno de España cumpla con su parte para vencer la pandemia, recuperar la economía y acabar con tanta incertidumbre.

    27 ene 2021 / 00:00
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