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Una tarea ciclópea

    EL REGRESO a las relaciones internacionales y a la búsqueda de nuevos equilibrios multilaterales, que representa en gran medida la presidencia de Biden, no debería implicar el olvido de los asuntos más domésticos, pero hoy sabemos que la política local depende más de lo que podría pensarse de la evolución del nuevo orden mundial, que se encuentra en plena redefinición.

    Como hemos venido diciendo en los comentarios en torno a la Cumbre del G7 en Cornualles, llevamos varios años de exacerbación de la lucha política, en especial con el ascenso de figuras que se arrogaban una simplificación de la realidad, a través del desprestigio de las elites intelectuales, como una especie de revolución que pretendía conquistar territorios del electorado fuera de los ámbitos urbanos, que ellos consideraban olvidados por las democracias representativas. Los granjeros del medio oeste de los Estados Unidos pueden servir como ejemplo. El resultado devino en programas fuertemente propagandísticos y maniqueos, que proclamaban con orgullo nuevos liderazgos salvadores, protagonizados por mesías de la política.

    No fue ese el único origen de la redistribución del equilibrio global, el nacimiento de nuevos estados proteccionistas, que preferían negociar desde el bilateralismo antes que implicarse en tareas colectivas. Trump es, claro, el ejemplo más característico y el resultado de esos pocos años en los que la historia tomó un rumbo un tanto sorprendente y errático ha supuesto un gran impacto en la política mundial que Biden trata de corregir a marchas forzadas. Sin olvidar otros retos que aparecen en el horizonte inmediato, pues todo avanza a gran velocidad.

    La tarea que se presenta es ciclópea pues supone no sólo revertir políticas de hace unos meses, sino afrontar otras complejidades que, necesariamente, nos atañen a todos: ya no es posible ignorar ese hecho multilateral en un mundo interconectado, por más que no debamos dejar de lado los asuntos locales. No es tanto volver a la globalidad genérica sin matices como a lo doméstico conectado, y, desde luego, a los problemas que el planeta tiene que abordar sin más dilación, si queremos sobrevivir.

    Biden parece entender la necesidad de colaboración y el aprovechamiento de todas las inteligencias, más allá de los narcisismos nacionales. En Cornualles ha buscado sinergias con una Europa que se caracteriza por la ausencia de liderazgos de corte épico, de lo que me alegro. Puede que eso abunde en una imagen de grisura, de la que a menudo se acusa a la Unión, pero no es tiempo de salvadores, sino de equipos flexibles y colaboración de altura: particularmente en la ciencia, redescubierta con la pandemia como motor necesario del futuro.

    Es obvio que Biden mantiene preocupaciones que tienen que ver con el liderazgo global de su país, pero parece consciente de que todas las soluciones tienen que pasar por los acuerdos y ahí Europa, opuesta a la artificiosa excepcionalidad del ‘brexit’, residuo de esa política trumpiana en declive, tiene un gran papel al que no debe renunciar. Johnson debe entender que en el contexto europeo el aislacionismo juega en contra del progreso, y que la política mesiánica y emocional es tan peligrosa como poco eficaz a largo plazo. Aunque pueda servir, sí, para ganar algunas elecciones.

    Puede que de Cornualles no salga aún nada definitivo, salvo el mero hecho de volver a las mesas de negociación, a la empatía y a la lucha climática. Que teniendo en cuenta la deriva que llevábamos, no es poca cosa.

    14 jun 2021 / 01:00
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