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Verónica

í¿Creen ustedes en fantasmas? Muchos sonreirán ante tal pregunta. Otros habrán de sufrir un pequeño (o gran) estremecimiento. Y otros harán como Madame du Deffand, que vivió a mediados del XVIII, y cuya respuesta fue especialmente curiosa: no; no creía... pero le daban miedo... En Galicia se les ha notado mucho. Digo notado o percibido, ante todo. No hablo de visionarlos. Eso ya es bastante más raro, aunque ocurre de vez en cuando. Aquí mismo, en Santiago, podríamos hacer un plano exacto de lugares en donde su presencia se ha hecho notar... y se les ha visto. Tengo recogidas bastantes anécdotas de gente de confianza que me han hecho jurar que no diría nombres... ni direcciones, por supuesto. Pero sí puedo apuntarles zonas acotadas muy concretas. Casas Reales, por ejemplo. La Troya, justo el lugar donde comenzó a construirse esta ciudad (vean los dos hermosos tomos de Compostela dibujada, del excelente arquitecto Arturo Franco Taboada). Y muchos más. Curiosamente, la Plaza Roja. El sabio José María Castroviejo, en aquél interesante volumen de 1955 titulado Apariciones en Galicia, nos hacía una meticulosa disertación sobre el tema: “...Los difuntos perviven –valga la paradoja- como entremezclados a los vivos... Las almas andan, en el sentido popular, errantes durante la noche por los senderos aldeanos y los grandes caminos...”

LA ISLA DE LAS MUSAS

Verónica García-Peña, una alavesa que vive en Gijón, acaba de publicar, en Suma de Letras, una inquietante obra donde algún espectro toma forma corpórea. Se llama La isla de las Musas. La autora nos aclara que las musas son, en último extremo, lo que leemos. La trama, en esencia, trata de un escritor que ha perdido la inspiración, y que decide, tras una época tumultuosa (en la que la fama y el dinero de un rápido triunfo le acarreará una vida licenciosa que incluye muchas mujeres fáciles y cantidades difícilmente mensurables de absenta y morfina, que, por supuesto, le han convertido el cerebro en un mapa donde todo es erróneo), retirarse a una isla gallega donde su familia tiene un pazo. Observen un dato curioso: la época es el otoño de 1936. Pero las tribulaciones del escritor, un tal Ricardo Pedreira Ulloa, hacen sombra a los problemas bélicos. Recupera la inspiración, sí. Lo hará gracias a la inesperada presencia de una mujer atractivísima. Hay un adusto mayordomo, que cumple a rajatabla las órdenes de la madre del novelista, que vive en tierra firme. Una señora bien con tal peso que aplasta a todo aquél que la asedia. Y hay amores prohibidos. Y crímenes. Y niebla obsesiva. Y una asfixia tal en el ambiente que todo irá a peor... Espeluznante...

12 oct 2020 / 00:00
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