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Víctimas y victimarios

    DE cuando en cuando alguien se acuerda de las víctimas. Pero estas nunca olvidan que lo son, lo han sido y serán por siempre. Los asesinos les arrancaron lo más querido. Han pasado años. Décadas. Más de trescientos asesinatos de la banda terrorista ETA no podrán ser juzgados. Se desconoce la mano asesina y la mente que ordenó. Esta, la banda asesina, no ayudará en absoluto a esclarecer nada. Mientras el manto del silencio, de la prescripción y esa falsa sensación de impunidad afloran entre ese submundo que no ha desaparecido y aprovecha cada oportunidad para salir a la calle, homenajear a los suyos y celebrar que el olvido puede ser eso, olvido o además tergiversarlo a su favor. Nadie quiere aún reescribir la historia objetiva. Aunque ha habido algunos intentos.

    Estos días pasados hemos visto de nuevo la realidad, triste realidad de ese enfrentamiento procaz y trágico entre el bien y el mal, el pistolero y el débil, el que se siente colmado de razón y medallas de sangre y quiénes buscan el recuerdo, que la sociedad no olvide jamás, otorgando sin embargo su perdón. Esa es la grandeza de las víctimas frente a la arrogancia de los victimarios que jamás podrán dar una explicación, una justificación de nada. Porque ese nada moral y su abismo de fango sesgó, en nombre de nada, cientos y cientos de vidas inocentes. Ninguna patria reclama héroes de sangre si esta está mancillada y violentada de mentiras y patrañas. Y de éstas ha habido muchas y sigue habiendo algunas.

    Después de dos o tres décadas de prisión, están saliendo a cuenta gotas auténticos verdugos, y probablemente no se arrepentirán ni siquiera cabe en su código nauseabundo de éticas y morales zafias. No lo busquemos. No sería creíble. Tal vez ya solo se conforman con la sombra efímera de unos valientes que ponían coches bomba en cuarteles con niños o disparaban a la nuca, eso sí, por la espalda, o ametrallaban a inocentes desarmados. Fuera de ahí, ese es el recuerdo aunque ondeen algunas banderas y los vitoreen por unos segundos. El desprecio al final se va imponiendo como esa lava silente pero que no cesa.

    La hidra asesina dejó de matar hace una década. Fueron derrotados policialmente. Y cientos de esos terroristas y sus acólitos acabaron en la cárcel. No hay, sin embargo, relato. O tal vez, si lo hubiere, me temo que solo querrían muchos, un solo relato. Ay de los pueblos que reescriben su pasado y su memoria a base de mentiras y medias verdades. El daño es irreparable, pero solo lo es para las familias. El resto mira hacia otro lado, ese espléndido lado que es la indiferencia y al que durante muchas décadas, muchos en el País Vasco, preferían mirar, sí, mirar, no saber, no querer además saber nada ni preguntarse un por qué. Se convivía con ello y se callaba. Con cobardía y arrogancia a raudales y a partes iguales. Qué tarde se despertó. Qué tarde. Y ahora qué pronto se prefiere olvidar. Y seguirán los homenajes. No nos extrañemos y de paso, las justificaciones de algunos políticos que siempre prefirieron la distancia o aquél “uno de los nuestros” frente a todos los demás.

    20 sep 2021 / 01:00
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