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LA OPINIÓN DEL DIRECTOR

JOSÉ MANUEL REY NÓVOA

Amaba tanto la vida...

13.07.2018 
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"Nos cuesta creer que se haya ido. Se le veía con tantas ganas de vivir". Eran las 10:30 horas de la mañana de ayer. Su desconsolada y fiel compañera de siempre, Asunción Baltar, Chon, nos llamó desde el móvil de su marido, rota por el dolor. Nos quedamos mudos. Afloraron las lágrimas. No había mucho más que decir. Un tenso silencio cerró la amarga conversación.

Se nos fue el primer presidente de la Xunta de Galicia. Es la crónica de una muerte anunciada. Mil veces y en todas las tertulias se aludía a la edad de Gerardo Fernández Albor, que año tras año le ganó la batalla a lo inevitable, superó la centuria y aguantó diez meses más. Y lo sorprendente, con extraordinaria e infrecuente lucidez. Con una curiosidad desbordante. Con una admirable constancia, escribiendo un artículo semanal en su querido Correo, casi hasta el último suspiro.

Era uno más de nuestra casa. Quizá la personalidad más brillante que dio Galicia en los últimos cien años. Un señor en el más amplio sentido del término; estadista; visionario; actor principal en los grandes foros internacionales; prestigioso doctor en medicina con el marchamo de fonte limpa; animador cultural; animal político; un sabio con ideas claras, voluntad irrenunciable de entrega a los demás, humanista, demócrata hasta los tuétanos, amante de la tradición, abierto al mundo. Y, quizá, por encima de todo, una buena persona.

En los estertores de la longa noite de pedra, Albor ya hablaba de un gobierno planetario; ya diseñaba las grandes líneas por las que debía discurrir el futuro de Galicia en España, Europa y el mundo; ya vislumbraba la futura Xunta, que fue el primero en presidir.

Fernández Albor era parte esencial de los galleguistas históricos que no aceptaron cargos en el franquismo. Formaba tándem con el influyente ideólogo de la época Ramón Piñeiro. Los dos crearon un cuerpo de élite que aspiraba a impregnar el espírito dos bos e xenerosos a todas las corrientes políticas de entonces. Y así, el pionero fundador de La Rosaleda pasó de ejercer con pulso firme la cirugía a ser referente político de primer nivel.

Conquistó el gobierno, sufrió una inmerecida moción de censura, fue zancadilleado por los suyos, padeció su Gólgota particular y abandonó Galicia para incorporarse al Parlamento Europeo. En Estrasburgo, lejos de la mediocridad, vivió la alta política, en cuyo terreno se movía como pez en el agua.

En alemán, francés e inglés, idiomas que dominaba, mantenía conversaciones con estadistas de talla mundial. Intercambiaba experiencias y forjaba alianzas con el archiduque Otto de Habsburgo-Lorena, último vástago de la Casa de los Austrias, al que convirtió en Embajador del Camino de Santiago; y tuteaba a Valéry Giscard d`Estaing, expresidente de la República francesa. Los dos compartían con él escaño en el corazón de la vieja Europa.

Protagonizó un nuevo hito en su apasionante biografía al presidir la comisión que logró la reunificación de las dos Alemanias, y se convirtió en el primer español que vio su cuadro colgado en el Bundestag berlinés. La morriña pudo más y se reintegró de nuevo a su amada Galicia.

Comenzó en abril del 2000 a escribir su ideario político y sus experiencias de todo tipo en las páginas de Opinión de El Correo. No falló ni una sola semana en casi una veintena de años. En letras de molde figuran sus sueños, inquietudes, anhelos y, sobre todo, su inquebrantable defensa de la libertad, la paz y la concordia.

Esta casa le otorgó el Premio Gallego del Año en 2009. Dijo entonces que lo valoraba muy especialmente. Recordó a Thomas Jefferson: "Prefiero periódicos sin gobierno a gobiernos sin periódico", a pesar de lo mucho que se metían con él. Y añadió que lo recibía de una de las empresas de mayor prestigio de Galicia, al servicio de la Comunicación desde hacía más de 130 años, reflejo del trabajo de grandes hombres y mujeres.

Citó, con ilimitada generosidad, a quienes según él, con clara vocación humanística y social, sentaron las bases esenciales para la convivencia y funcionamiento de nuestra sociedad. Se refería a Ramón Otero Pedrayo, García-Sabell, Fernández del Riego, Xaime Isla, Agustín Sixto y tantos otros.

Remató su intervención afirmando que siempre tuvo como horizonte en su vida política que la convivencia entre los partidos debería ser la principal divisa para avanzar en el progreso, la justicia y la paz que nos conduzcan a la mayor libertad personal. "Los norteamericanos tienen una frase que los políticos nunca deben olvidar: Disagreeing, yes/but always holding hands. (Estar en desacuerdo, sí. Pero siempre dándose la mano)".

¿Les suena, queridos lectores, esta sentencia? ¿No creen que la doctrina Albor, escrita hace casi una década, debería ser el bálsamo de Fierabrás que tanto necesitan quienes hoy rigen los destinos de España y el mundo? A Gerardo Fernández Albor se le valorará más con el paso del tiempo que en sus cien años de ejemplar vida. Nosotros le quisimos, le queremos y siempre será una luz que nos ilumine en las tinieblas.

Loor a un hombre excepcional, de los que tan necesitada está nuestra querida Galicia. Que a terra lle sexa leve a este galego, el si, bo e xeneroso.

 

José Manuel Rey Nóvoa