El Correo Gallego

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LA OPINIÓN DEL DIRECTOR

Entre la anécdota y el desprecio olímpico

01.04.2013 
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LE GUSTE o no al presidente de la Xunta, ayer, Domingo de Pascua, no se hablaba del regreso de las vacaciones, ni de la lluvia que borró del mapa el sol desde septiembre, ni de la guerra nuclear en Corea, ni de las preferentes, ni de las quitas en Chipre. La comidilla era la portada y las páginas 14 y 15 del diario El País –magnificadas después por ediciones digitales, emisoras de radio y cadenas de televisión– desvelando una relación de amistad entre Núñez Feijóo, entonces responsable político en Galicia y más tarde en Madrid del sistema sanitario, y el histórico contrabandista Marcial Dorado Baúlde. No se hizo esperar la respuesta. Antes de que el diario se distribuyese a los puestos de venta –en donde agotó su edición– algunos periodistas recibían poco después de las tres de la madrugada un comunicado urgente en el que se reconocía aquella relación, a la vez que el responsable del Ejecutivo gallego afirmaba haberla roto cuando se enteró de sus actividades delictivas. Añadía el escrito que desde hace años, se supone que con la intención de amedrentarle, le hicieron llegar previamente mensajes e insinuaciones sobre el contenido de las fotografías. Cabe dentro de lo posible que aquella relación de entonces no tuviese mayor trascendencia. Socialmente el contrabando de tabaco no estaba demonizado como ahora –y mucho menos cuando derivó en narcotráfico– y seguro que muchos políticos de la época pastelearon e incluso se nutrieron de los generosos fondos destinados a financiar campañas electorales. Todos miraban hacia otro lado y de aquellos polvos estos lodos.

Pero el presidente debería meditar sobre dos cuestiones derivadas de este presunto ataque hacia su persona. La primera está relacionada con otra fotografía. La obtenida durante el paseo en yate del entonces vicepresidente del BNG en el bipartito, Anxo Quintana, tan inocente como pueden ser éstas, que le costó su futuro político. Y fue el entonces jefe de la oposición, Núñez Feijóo, el que se erigió en verdugo con la fórmula del todo vale. Y la moraleja es: debería erradicarse la perniciosa costumbre de destruir al adversario político por anécdotas y concentrarse en lo que en verdad le interesa al ciudadano, que es resolver sus problemas.

La segunda tiene mucho que ver con el espléndido trabajo de Pedro J. Ramírez en El Mundo de ayer, Un gobierno sin país. Con su brillantez expositiva de siempre, alude al desprecio olímpico de Mariano Rajoy frente a los medios de comunicación, con la siguiente frase: “Se fuma igual de bien su puro si a toda la prensa le va de mal en peor”, y añade que “nunca ha habido en la Moncloa un gobernante tan distante de todos y de todo, tan incomunicado. No está en la calle, ni habla con la gente, ni va al teatro, ni organiza cenas interesantes, tampoco aburridas, ni se implica en debate o controversia alguna”. Debería preguntarse el presidente de la Xunta si lo que aplica el brillante periodista a Rajoy no está apuntando más allá de la Moncloa, quizá al noroeste peninsular. Pregúntese por qué revientan los plenos municipales; por qué algunos conselleiros veranean fuera de Galicia para no verse asediados por sus vecinos; por qué se silencian sus destinos de ocio; por qué se persiguen y arrinconan a los políticos incluso hasta cuando anuncian inversiones o inauguran obras; por qué las universidades, el naval y otros sectores económicos vitales están en pie de guerra; por qué los jóvenes más preparados buscan la supervivencia peregrinando al revés, como en los viejos tiempos de la longa noite de pedra; por qué son cada vez menos las comparecencias públicas del propio presidente, y, sobre todo, por qué muchos colectivos de dóciles votantes en la primera y hasta en la segunda legislatura se van convirtiendo poco a poco en nidos de víboras ansiosas de destilar veneno.

Quizá haya llegado el momento de meditar sobre qué está pasando para que –al margen de que ayer y hoy Feijóo sea portada de diarios, medios digitales, emisoras de radio y telediarios de toda España– una buena parte de la sociedad gallega esté fraguando un sentimiento de decepcionante desencanto, preludio de algo mucho peor. No basta con ser cálido de formas si se es duro de corazón.