El Correo Gallego

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EDITORIAL

Fochancas, basuras, botellones y... ¡olé!

14.10.2018 
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DECÍAMOS AYER -aquí mismo lo dijimos- que la interminable, por cansina, legislatura de Martiño Noriega en Raxoi es el cuento de nunca acabar, un valle de lágrimas para los santiagueses, un culebrón de despropósitos. Decimos hoy que su (des)gobierno abarca de las fochancas a las basuras, de los comedores escolares a los centros sociales, del (inexistente) plan de emergencias al regreso del botellón con más fuerza que nunca. Si escandaloso es que no hayamos vuelto a tener noticias del necesario proyecto para prevenir inundaciones desde que Compostela Aberta lo anunció a bombo y platillo en 2015 -¡hace tres años, nada más y nada menos!-, no es menos indignante asistir boquiabiertos al espectáculo de calles repletas de basura y restos del botellón una semana sí y otra también, con el equipo de gobierno mirando hacia otro lado; no es menos inaceptable contemplar la resurrección del botellón en pleno centro, para desesperación de miles de vecinos, y ante la impotencia de una Policía Local cansada de lanzar avisos, desbordada y sin efectivos suficientes. Este es el retrato real, sin exageración alguna, del Santiago que languidece en la gris era Martiño, un alcalde que contempla los problemas cruzado de brazos, que escucha críticas y denuncias como quien oye llover, y que fía su suerte electoral a la palmaria incapacidad de la oposición para articular alternativas sólidas y creíbles que convenzan a los ciudadanos. Mientras el mareante regidor se frota las manos sin disimulo con el aumento exponencial de las multas a conductores en el túnel de O Hórreo -¡más de cuatro mil de enero a agosto, veinte largas al día, en esa auténtica trampa-, mientras exprime sin disimulo la herramienta recaudatoria, tenemos que digerir a la fuerza la paradoja de que la Policía Local trabaja como alma en pena, sin los agentes necesarios para garantizar la seguridad y con una escasez de medios inaceptable en la capital de Galicia. Con don Martiño mudo en su burbuja -es su estilo de (des)gobierno-, a los vecinos del Ensanche poco más les queda ya que peregrinar hasta la Catedral para encomendarse al Apóstol. Y hablar en las urnas de mayo para poner en su sitio a un alcalde de fochancas, basuras, botellones y... ¡olé!