El Correo Gallego

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EDITORIAL

Hipotecas más caras, jueces de saldo

08.11.2018 
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APAGA Y VÁMONOS si las reglas del juego de nuestro Estado de Derecho -disculpa de mal pagador en la que se escudó ayer, más ancho que pancho, el presidente del Tribunal Supremo- amparan el esperpento en que ha degenerado el impuesto de las hipotecas, resquebrajan la seguridad jurídica y abochornan a propios y extraños. Hay inusual unanimidad en las reacciones a la sorprendente votación de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del TS, que retrata una división sin precedentes entre jueces de saldo y muy dañina para la credibilidad de la Justicia, y en el diluvio de críticas: desde error supremo y supremo escándalo hasta aberración y pesadilla ponga el lector el calificativo que se le ocurra, que acertará. ¿Cómo puede Carlos Lesmes quitarse de encima la patata caliente -"la postura de todos los magistrados es completamente legítima", dice sin un gramo de autocrítica- y pasársela al poder legislativo -"las Cortes tienen una magnífica ocasión para clarificar el asunto", sugiere- sin sonrojo alguno, solo días después de haber asegurado que la decisión de cargar a la banca la controvertida tasa era inamovible? El dislate del Supremo saca a flote una enfermedad muy grave, la desconfianza, que carcome la credibilidad y erosiona la imagen de un poder central de la democracia, lo que, a la postre, daña al propio sistema. Algo hay que hacer para restañar el descrédito en el que ha caído el TS, por deméritos propios, y para desactivar la mecha de una irritación ciudadana que podría meternos en un túnel inhóspito y sembrado de minas. Con responsabilidad y sentidiño, toca evitar que se instale en la calle la sospecha de que la banca está por encima de la Justicia, de que hace de su capa un sayo y la mangonea a su antojo. Por eso, es de agradecer la diligencia de Pedro Sánchez, que anuncia cambios legales inmediatos para que definitivamente sean los bancos los que abonen la tasa hipotecaria. Sin duda, exagera el presidente al proclamar que "nunca más los españoles pagarán ese impuesto" -¡qué más quisiéramos que fuese verdad!-, pero al menos su reacción fulminante nos reconcilia con la idea-fuerza de la democracia: el gobierno del pueblo y para el pueblo. Haría bien el Supremo en tomar nota del profundísimo malestar social. Y haría bien Carlos Lesmes en dejarse de tibias e indigeribles disculpas, y en ponerse manos a la obra para taponar la sangría de credibilidad que debilita la fortaleza y la independencia del poder judicial. No parece mucho pedir tras este esperpento de dimensiones siderales, provocado de manera gratuita por el TS y que, de postre, va a encarecer las hipotecas. Un negocio redondo.