El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » La Quinta

EDITORIAL

¡Que viene el lobo, que viene el lobo!

11.11.2018 
A- A+

PUEDE QUE NOS ACABE PASANDO lo que a la infeliz pastora del cuento, que de tanto gritar ¡que viene el lobo, que viene el lobo!, la gente acabe por no creernos ni media palabra. Pero los que llevamos tiempo alertando de que se está fraguando otra crisis, y no pequeña, sabemos de lo que hablamos. No asustamos a humo de pajas. Sabemos, en concreto, que hemos aprendido muy poco de los sacrificios y que una nueva recesión de la economía mundial nos cogerá más debilitados. Aunque parezca mentira, tras una ina-cabable y dantesca década de sangre, sudor y lágrimas, navegamos hacia la tormenta perfecta alimentada por los desequilibrios de China e Italia, la desbocada deuda pública -la deuda exterior española roza el techo del 85 % del PIB y es la segunda mayor del mundo en volumen, solo superada por la de Estados Unidos-, la sobrecargada política monetaria, el envejecimiento poblacional -sabemos bien en Galicia qué males acarrea, y los padecemos- y el peligrosísimo fortalecimiento de los populismos en la gobernación del planeta. Ensimismados en nuestro pequeño mundo de escándalos del Tribunal Supremo, desafíos secesionistas y cloacas del Estado, no nos preocupan especialmente los avisos de que la economía mundial crece a un ritmo cada día más ralentizado; no nos preo-cupa que la mochila de la economía esté sobrecargada ahora con más deuda pública que cuando estalló la Gran Recesión, ni que China se haya sumado a esa incendiaria tendencia con entusiasmo digno de mejor causa; no nos preocupa que antes del terremoto de la crisis la deuda pública comprada por el BCE fuese inexistente, prácticamente, y que ahora suponga el 23 % del PIB de la eurozona, a solo diez puntos de las línea roja de emisión; no nos preocupa que la ultraderecha populista tenga diputados ya en los dieciséis parlamentos regionales de Alemania, ni que la Italia desquiciada de Matteo Salvini pugne con obcecación por saltarse a la torera la disciplina fiscal marcada desde Bruselas para preservar la buena salud de la economía comunitaria; no nos preocupa, en fin, que los populismos de izquierdas y derechas se hagan con el control de gobiernos débiles e inestables, incapaces de responder a las necesidades de sociedades estupefactas. Ni siquiera parece que nos alarme mucho ni poco que el crac demográfico carcoma el mercado laboral, ralentice la innovación y la productividad, y hasta jibarice el consumo. ¿Qué más señales necesitamos para abrir los ojos, antes de que vuelva a ser demasiado tarde?