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Motivos para la esperanza, pese a todo

    con el covid-19 circulando por el planeta más que nunca –lo confirma la OMS–, la cascada de datos sobre su impacto en la sociedad y en la economía desborda los augurios más pesimistas. En lo global, la Organización Internacional del Trabajo confirma que en el segundo trimestre de este año se ha perdido un 14 % más de horas en las empresas que en idéntico periodo de 2019, lo que equivale a cuatrocientos millones de empleos a jornada completa. En lo local, el Banco de España hace pública una radiografía espeluznante, con el coronavirus cebándose en las mujeres y en los jóvenes menores de 35 años; y el INE certifica un desplome histórico de la economía entre enero y marzo, con el PIB en el abismo del -5,2 %, el consumo de los hogares hundido un 6,6 % y el gasto público disparado a su mayor ritmo desde la Gran Recesión. La guinda de esta tarta tóxica es el repunte de la desigualdad. Frente al modelo keynesiano de liquidez que abrazan la Comisión Europea, el BCE y hasta –ver para creer– el mismísimo FMI, las recetas del gobernador Pablo Hernández de Cos se ajustan como un guante a la vieja ortodoxia. Entiende el BdeE que la actividad económica no recuperará los niveles prepandemia hasta finales de 2022, como mínimo, y se aferra a una drástica hoja de ruta que combina subidas de impuestos, reforma de las pensiones y ajustes para contener el aumento de la deuda. Más recortes y mayores sacrificios, en resumen. Hernández de Cos no se atreve a pedir que su recetario sea de aplicación inmediata, pero pone el foco en el camino a seguir: un programa de consolidación fiscal que ayude a contener la deuda, desbocada ahora hacia el 120 % del PIB. De hecho, el gobernador ha descafeinado el tan sorprendente cuan inequívoco “gasten cuanto puedan” de la directora gerente del FMI hasta reducirlo a un etéreo aviso: “La retirada prematura de los estímulos aumentaría el riesgo de daños más duraderos”. En esas estamos, pero, aunque los escenarios que conocemos estén cubiertos por negros nubarrones, también hay motivos para la esperanza, pese a todo. El principal, el cañón de liquidez que negocian los socios de la UE, alrededor de dos billones de euros que deberían ser suficientes para reactivar la economía comunitaria. Otro más, el convencimiento de que la crisis será profunda, sí, pero corta y de que la recuperación quizás no rebote en uve, pero lo hará en uve asimétrica. ¿Preocupación?, toda. ¿Desesperación?, no, gracias.

    01 jul 2020 / 00:17
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