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Afganistán: monarquía

Desde el siglo XVIII se creyó que la historia de la humanidad estaba regida por el motor del progreso. Sería ese motor el que habría permitido que, desde sus orígenes a la actualidad, la humanidad mejorase sin descanso sus técnicas, incrementado sus recursos económicos y creado instituciones cada vez más racionales y justas, todo lo cual habría hecho posible que la vida de las personas fuese cada vez mejor, y que además de mejorar su nivel económico, se les hubiesen reconocido su dignidad y sus derechos.

La historia fue así concebida como una hazaña de la libertad, como una lucha constante contra la opresión política y social y a favor de la mejora de la capacidad de iniciativa personal, en la vida laboral y económica, pero también en la vida cultural, religiosa y en el pleno desarrollo de las capacidades intelectuales de la humanidad en los campos de la filosofía, el pensamiento en general y en el conjunto de todas las ciencias.

La historia de la humanidad habría sido la de una constante lucha por la emancipación, que solo podía ser posible si se lograba construir un estado racional, eficaz y justo. Y ese estado podía ser en algunos casos la obra personal de un monarca reformista, mientras que en otros sería el logro de una clase social en ascenso, como la burguesía en la tradición liberal, o el proletariado en la tradición socialista. Estas dos tradiciones comparten la mayor parte de sus ideas, y solo difieren en la idea de quién debe ser el sujeto protagonista de la historia: la burguesía, la clase obrera o la comunidad nacional que los uniría a ambos.

La cuestión se hizo un poco más compleja cuando en el siglo XIX la expansión imperialista europea consiguió hacerse con el control del planeta, tras el reparto de África y la consolidación del imperio británico. En ese proceso de expansión colonial Occidente exportó sus medios de gobierno, sus sistemas de organización militar, y en parte su tecnología y sus sistemas económicos, haciendo así posible que las antiguas colonias iniciasen procesos de construcción nacional, creándose por todo el mundo nuevos estados similares a los occidentales, tras un proceso de descolonización que dio lugar a guerras por la independencia, a enfrentamientos civiles y también a la creación de estados fallidos. Esos estados fueron, en ocasiones, construcciones artificiales, por tener fronteras arbitrarias creadas por el reparto colonial, o por agrupar en su seno pueblos no solo muy diferentes, sino a veces también claramente antagónicos, lo que explica muchos de los problemas políticos que en la actualidad se viven en Asia y África.

Muchas veces la construcción nacional de los países nacidos de la descolonización solo fue posible gracias a gobiernos muy fuertes, basados en una autoridad personal, ya fuese la de un rey, un emperador, o el presidente de una república que acumulase casi el mismo poder que un rey. Solo así fue posible vencer las resistencias locales, étnicas, religiosas, culturales y de todo tipo que impedirían, de no ser vencidas, un proceso de unificación nacional, que necesitaría de la creación de un sistema legal racional, de un mercado eficiente y de la implantación de sistemas educativos modernos, laicos y accesibles a toda la población.

Gobernantes de este tipo fueron el shah de Persia, Kemal Atartuk en Turquía, los presidentes de los países socialistas o comunistas, como Mao, Ho Chi Minh, y muchos gobernantes de los países musulmanes y africanos. Todos ellos intentaron, de manera unas veces eficaz y otras no, crear esos sistemas políticos modernos. Pero este proceso sufrió un gran revés cuando las antiguas colonias de todo el mundo reaccionaron contra la implantación de los modelos occidentales, a los que consideraron responsables de todos sus males, intentando reafirmar sus identidades culturales, sociales y religiosas tradicionales. Esa reacción fue la refutación de la idea de que la historia de la humanidad debía ser unitaria, estar regida por las mismas leyes, y podía culminar en la creación de una comunidad internacional en la que los estados y los pueblos conviviesen pacíficamente y se enriqueciesen, no solo económicamente, sino también cultural e intelectualmente.

Un episodio de este tipo lo vivió Afganistán, un país fundado en 1747 por Ahmad Shah Abdali, pero cuyas fronteras actuales, creadas a finales de siglo XIX, se deben al reinado de Abdul Rahman y a los pactos entre los imperios ruso y británico, que apoyaron la unificación del país por este rey para utilizarlo como un estado tapón entre sus grandes imperios, haciendo oídos sordos ante los grandes problemas que iban a surgir de este forzoso proceso de creación nacional. El nuevo rey, en efecto aniquiló al pueblo de Nursistán, que vivía en lo que se llamaba “el país de los infieles”, Kafaristán, obligando a sus habitantes a convertirse al islam por la fuerza, tras aniquilar a una buena parte de su población, y lo mismo hizo con el antiguo reino de Hazarayat, cuyos habitantes fueron obligados a abandonar sus fértiles tierras del sur del país y emigrar hacia las montañas pobres del centro, tras sufrir un auténtico genocidio que llevó a parte de los supervivientes a ser vendidos como esclavos. Fue a la mano de hierro de este rey, apoyado siempre por los ingleses y famoso por su crueldad y la dureza de la represión policial que implantó, a la que se le concede por parte de los historiadores anglosajones la gloria de haber sido el héroe creador de Afganistán.

Abdul Rahman dejó en herencia a su hijo Habibullah un país con unas fronteras muy bien definidas, dotado de un poderosísimo ejército, y con un elevado nivel de centralización, concentrándose todo el poder en la capital, tras eliminar los poderes locales. El nuevo rey inició su reinado con espíritu aperturista, y como muestra de ello liberó a los presos políticos condenados por su padre. Tras viajar a la India el rey se dio cuenta del atraso que sufría su país y por ello decidió abordar una serie de reformas. Las más significativas fueron la apertura en Kabul de la Escuela Habibia y la creación de un periódico, el Siral al-Akkhabar. La escuela comenzó a ser el principal centro docente, en el cual profesores turcos, hindúes y afganos promovieron la idea de la necesidad de lograr la independencia del país y la necesidad de una constitución, traduciendo para ello a los grandes teóricos occidentales. Un grupo de nuevos intelectuales independentistas y constitucionalistas se constituyeron como una asociación de carácter clandestino, cuyos miembros acabaron por ser detenidos por orden del rey.

En realidad quien se preocupó más por la modernización del país no fue el rey, sino su esposa Sarwar Sultan, mientras el monarca decidía centrarse en los placeres de su harén, entres fiestas de todo tipo, bebidas, y el cultivo de los placeres sexuales. La reina vio cómo su marido traicionaba todas las promesas hechas a su pueblo y se limitaba a ser un siervo fiel de los británicos, por lo que decidió tomar un papel muy activo en la promoción del constitucionalismo y la conquista de la libertad, dos ideas que inculcó a su hijo, el príncipe Amanullah, y a muchos miembros de la corte.

Tras 18 años de reinado, el rey Habibullah fue asesinado, sin que se descubriese a los culpables; y de este modo accedió al trono de Afganistán el rey Amanullah, que tuvo la gran suerte de haber sido educado por una mujer, su madre Sawar Sultan, que le inculcó las ideas de que era necesario elaborar una constitución, llevar a cabo numerosas reformas, abolir la esclavitud, y romper los lazos que mantenían al reino bajo el yugo británico. Lo primero que pidió a su hijo, junto con la abolición de la esclavitud y el concubinato legal de las mujeres, fue el retorno al país de todos los exiliados políticos en el momento en el que lo solicitasen. A la par que la reina madre, otra mujer fue muy influyente en la vida del rey Amanullah, su esposa Soraya, que apoyó todas estas reformas y tomó parte en ellas. No cabe duda que la compañía de una madre sabia y una esposa con un alto nivel de educación ejercieron un benéfico efecto en la vida de Amanullah como persona y como rey.

03 ago 2021 / 00:30
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