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Los musulmanes no siempre son hermanos

Gabriel Vilanova

Tras el hundimiento de la URSS en 1990, el hecho político más relevante a escala mundial ha sido la aparición del islam como identidad política . El islam es una religión, y por lo tanto se define como una comunidad de creyentes: los musulmanes, solidarios entre sí y quizás hostiles frente a quien no forma parte de esa misma comunidad. Varios países se vienen disputando el liderazgo de esa comunidad musulmana: Arabia Saudí, Irán, Pakistán y Turquía, pero todos ellos se guían muchas veces más por la propia razón de estado o por la defensa de sus intereses económicos y militares, que por una solidaridad que a veces parece existir, más que en la tierra, en el reino de los cielos. Por eso no dejan de comportarse de forma contradictoria, defendiendo unas veces lo que en otras ocasiones atacan, y aliándose a su conveniencia con otros países, sean musulmanes o no. Y como no hay mayor solidaridad que la que se experimenta ante un extraño, que sirve como chivo expiatorio, a veces da la impresión de que en lo único que parecen estar siempre de acuerdo es que lo más fácil es echarle la culpa de todo lo malo que pueda sucederle a los musulmanes, desde Marruecos a Indonesia, al fantasma del sionismo.

Sin embargo, cuando aparece un problema concreto, la cosa no parece ser tan sencilla, como podemos ver en el caso del pueblo uigur, formado por 11 millones de personas que viven en la provincia china de Xinjiang. Su lengua es el turco y, dentro del islam, su religión es la sunita. Un millón de ellos viven en 380 “campos de reeducación”, que es la forma en la que el gobierno chino llama a los campos de concentración. En ellos se intenta reeducarlos para que dejen de ser musulmanes, se esteriliza a sus mujeres, y se las viola y tortura, separando por la fuerza a los hijos de sus padres. Para humillarlos se obliga a los hombres a afeitarse y a las mujeres a quitarse el velo, por ser esos sus símbolos de identidad. Desde hace cinco años se les impide ayunar en el mes de Ramadán y tampoco se les deja practicar sus ritos. Son estos trabajadores forzados los que producen la quinta parte del algodón que se consume en el mundo y que se cultiva en esa provincia. Diferentes organismos internacionales, como Amnistía Internacional o Human Rights Watch, han denunciado esta situación en sus informes, en los que acusan a China de cometer crímenes contra la humanidad. El gobierno chino controla la actividad de los otros 10 millones de uigures, físicamente y con medios digitales, y no solo en China, sino también en el resto del mundo.

No se puede negar que hay grupos uigures relacionados con Al-Qaeda y que el ETIM (Movimiento Islámico del Turkestán Este) ha llevado a cabo ataques terroristas en China, pero ni los 11 millones de uigures pertenecen a él ni a ninguna otra organización terrorista, ni son culpables de “los tres males del terrorismo islamista, el extremismo y el separatismo”, por lo que no se puede justificar la violación de sus derechos humanos. Muchos países occidentales, como los EE.UU., y en la UE España, Alemania, Francia, Holanda y otros más han condenado la política china contra este pueblo, mientras que Arabia Saudí, Pakistán, Irán, los EAU, Egipto, Bahréin, Siria, Irak, Yemen, y muchos otros países de mayoría musulmana, han permanecido en el más absoluto silencio ante los sufrimientos de este pueblo hermano.

Arabia Saudí, el país custodio de los lugares sagrados del islam, incluso ha llegado a más, pues no solo no ha condenado la política china, sino que la ha apoyado en 2019, cuando el príncipe Muhammad Bin Salman, en su visita a este país dijo: “China tiene derecho a tomar medidas antiterroristas y anti-extremistas para defender su seguridad nacional”. La OIC (Organización para la cooperación islámica) ha alabado a China por su preocupación “por sus ciudadanos musulmanes”. La razón de ello es la estrecha cooperación económica existente entre los dos países, unida al hecho de que, tanto ella como los EAU y Egipto reprimen sistemáticamente a todos los grupos islamistas que ponen en duda la legitimidad de sus gobiernos. Añádase a ello que los uigures son turcos y por eso no le parecen musulmanes del todo a algunos países árabes.

Otro país “protector” de los musulmanes es Pakistán, con sus 240 millones de habitantes. Su primer ministro, el pastún Imran Khan, que estudió en Inglaterra, critica duramente la “islamofobia”, por ejemplo en una carta abierta a Mark Zuckerberg, el CEO de Facebook, censurándole esa islamofobia, al igual que al presidente Macron. Insiste siempre en que el estado de Israel no puede ser reconocido mientras no haya un estado palestino, y ha defendido a los musulmanes del Yemen, Chechenia, a los palestinos y a los habitantes de Cachemira, pero sin embargo apoya al cien por cien la política china para con los uigures, a veces con su silencio y otras con su entusiasmo. La razón es muy sencilla: Pakistán depende económicamente, y está totalmente endeudado con China, y eso es lo primordial.

El presidente Erdogan, que se considera salvador de todos los musulmanes y mezcla su panislamismo con su “panturquismo”, ha acusado a China de “genocidio” contra los uigures, y ha acogido a 50.000 de ellos en su país, por ser musulmanes sunitas y hablantes de un tipo de lengua turca, pero como en los últimos años Turquía ha pasado a depender económicamente de China en las inversiones y las exportaciones, ha dado recientemente un paso atrás. Se ha dejado de censurar al gobierno chino y prohibido manifestaciones uigures ante la embajada y consulado chinos en Estambul; llegando incluso a iniciar la repatriación de algunos de ellos. A fin y al cabo las gigantescas inversiones chinas en los proyectos de infraestructuras, llamados” construye y circula”, que pretenden unir Xinjiang con la propia China por tierra, bien lo valen. De nuevo la economía de la tierra aparca a la religión en el cielo.

Desde 1979 Irán y su república islámica se proclamaron guardianes y tutores de la unidad musulmana en todo el mundo. Para llevar a cabo su política financiaron grupos chiitas en Oriente Medio, como Hezbolá en el Líbano, y apoyaron a Assad en Siria y a los hutíes en el Yemen, además de financiar a grupos extremistas palestinos como Hamas, o financiar los estudios de los miembros de Hizb it Tahrir al Islamci, la variante afgana del Parido de Liberación Islámico, nacido en Palestina en los años 1950, o el Jamiat-e Islami (rama afgana de los hermanos musulmanes), llegando a apoyar a los propios talibanes. Pero nada ha hecho por los uigures, debido a que China la ha hecho un préstamo de 400.000 millones de dólares a 25 años, que permitirá que a ese país pasar a controlar la energía iraní a cambio de la construcción de infraestructuras, viviendas e inversión en medios de transporte.

Pero el silencio de los supuestos solidarios musulmanes no solo ha afectado a los uigures, sino sobre todo a un país con el 90% de población musulmana, Afganistán, en el que murieron violentamente en los últimos 20 años más de 250.000 personas: soldados, civiles y talibanes, en el que ha habido grandes desplazamientos de población y se han destruido infraestructuras, edificios, bosques y zonas de cultivo irrigadas, por parte de los talibanes, que han llevado al país a unas durísimas condiciones climáticas con crecientes sequías. Ni Arabia Saudí, ni Irán, ni Pakistán han dicho nada de los sufrimientos de los pueblos afganos, por el contrario no han dejado de armar y financiar a los talibanes y otros grupos terroristas islamistas.

En el mes de mayo casi todos los países árabes y musulmanes, incluyendo los que habían establecido relaciones diplomáticas con Israel, condenaron los bombardeos israelíes sobre la ciudad de Gaza, de una forma más retórica que contundente. Pero nada han dicho de la violencia de los talibanes ni ahora ni en este momento, cuando están a punto de tomar el poder en Afganistán o llevarlo a otra guerra civil, si no puede crear su “emirato islámico”, en el que la única ley que regirá para todo, y sobre todo en contra de las mujeres, será la ley islámica. Arabia Saudí comparte su radicalismo religioso con su apoyo al wahabismo, Pakistán entrena y apoya a los talibanes, Irán los financia y le lava la cara ante una comunidad internacional, y en un país como los EE.UU. el 8 de julio de este año su presidente, tartamudeando delante de la bandera nacional y las de todos sus ejércitos, ha dicho que sus tropas habían cumplido sus dos misiones en Afganistán: “mandar a Bin Laden al infierno” y acabar con Al-Qaeda, ante las protestas de los corresponsales, que pedían que se reconociese la derrota. A la vez que decía que “las mujeres afganas tienen razones para estar preocupadas por su futuro”, añadía que “su país no será responsable de las muertes que allí van a ocurrir”, pues eso debería ser responsabilidad de esos países vecinos, que creen que es mejor mirar al cielo, o para otra parte, que a esos supuestos hermanos que tienen delante.

13 jul 2021 / 01:00
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