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Mudas y apaleadas: el futuro de las mujeres bajo los talibanes

HACE AHORA 26 AÑOS que los talibanes acapararon la atención de todos los medios de comunicación del mundo. Eran unos hombres que lucían un turbante negro, bajo una bandera blanca y se llamaban a sí mismos el Emirato Islámico, conquistando muy pronto el poder. Con ellos se extendió por todo el territorio afgano un tiempo de oscuridad, desesperación, impotencia y miseria. Y cuando pasó esa plaga la sociedad afgana era mucho más pobre y las mujeres, que siempre fueron débiles, aún lo fueron todavía más, tras habérseles negado el derecho al trabajo, a la educación, y pasar a ser lapidadas, azotadas, torturadas y ser sometidas a matrimonios forzosos.

Tras la caída del régimen talibán, y gracias a la intervención internacional, las mujeres afganas volvieron a ver salir el sol, y, al menos en las ciudades, pudieron tener la oportunidad de acceder a la educación, participar en la vida política, y hacer realidad sus sueños de poder llevar una vida más digna, luchando para conseguir la igualdad y la dignidad, dos cosas hasta entonces reservadas solo a los hombres. Lograron estudiar en las universidades, y ser músicas, artistas, militantes políticas, periodistas y deportistas. Pero, con el retorno de los talibanes, ya no volverán a cruzar las puertas de las escuelas ni de las universidades. Ya ninguna mujer ni ninguna chica podrá cantar, ni tocar ningún instrumento, ni bailar o ser profesora en una escuela o una universidad. Tras la retirada definitiva de las tropas de la OTAN, y según se vaya expandiendo la sombra de los talibanes, ya nunca resplandecerá otro nuevo amanecer para esas mujeres sin futuro.

Desde que Biden anunció su retirada definitiva, los talibanes no han dejado de ganar terreno, y por lo que parece controlan el 85% de los distritos de las 34 provincias del país. Esos distritos, o condados, están formados básicamente por aldeas, que se organizan en torno a la capital de la provincia. El mundo rural ya es prácticamente talibán, ahora lo que queda es controlar las ciudades. Cuando cae un distrito en sus manos lo primero que hacen es imponer todo su sistema de prohibiciones irracionales, que se centran casi siempre en la vida de las mujeres y las niñas. Es bien sabido de lo que se trata: prohibición de ejercer cualquier tipo de trabajo asalariado, de estudiar nada en ninguno de los niveles educativos, y de salir de su casa sin llevar el burka que les cubre todo el cuerpo de pies a cabeza, incluido el rostro, y solo les permite ver el mundo a través de una rejilla. Bajo el nuevo dominio talibán todas las mujeres tendrán que llevar ese tipo de atuendo que solo se utilizaba en las provincias del sur.

En los últimos años el representante de los EE.UU. para Afganistán ha actuado como mediador en una negociación con los talibanes. Khalilzad, ese es su nombre, repite una y otra vez: “los talibanes ya no son los mismos, han cambiado”, y ya no tratan tan mal a las mujeres. Pero lo que ocurre en las áreas que van cayendo bajo su control es exactamente todo lo contrario. Uno de los líderes de ese grupo, Sayed Akbar Agha, acaba de definir a las mujeres, como seres “deficientes en su práctica religiosa y seres de inteligencia limitada”. Y es en función de esa idea como creen que merecen ser tratadas.

Lo primero que hacen al tomar un distrito es cerrar las escuelas de las niñas, luego prohibir el trabajo asalariado, la salida de la casa, sino se lleva el burka y un acompañante masculino que sea de la propia familia. Así, ahora, otra vez al igual que en la década de 1990, Afganistán se ha convertido en una cárcel, en la que las mujeres viven recluidas en sus casas y en esa celda portátil que es el burka. Es bien conocido no solo esto, sino también los castigos degradantes en público, los latigazos y las lapidaciones. Pero hay además otras cosas que hacen los talibanes que son muy poco conocidas y se muestran muy poco al público De ellas no hablan nunca los políticos ni las discute la opinión pública de ningún país del mundo. Y es que los talibanes, como otros grupos terroristas, como Al-Qaeda y el ISIS, arrastran tras ellos una larga historia de violaciones, y de servidumbre sexual femenina, de la que son víctimas principalmente las mujeres de etnia no pastún que viven en las zonas más remotas y aisladas. Como dice un refrán afgano: “Dios nunca escucha el rebuzno de un asno”, lo que quiere decir que esas apartadas junglas uno puede hacer lo que le dé la gana, porque total nadie se va a enterar.

En la década de 1990 los talibanes convirtieron en esclavas sexuales a las niñas de los orfanatos. Las casaron a la fuerza y las vendieron por centenares, junto con chicas y mujeres adultas, a los miembros pakistaníes y árabes de Al-Qaeda, que luchaban en la yihad en las filas de los talibanes. Tampoco nada ha cambiado en la forma en la que los talibanes tratan a las mujeres, según su interpretación del islam. En centenares de casos, antes y ahora de nuevo, los talibanes las condenan a públicos latigazos, por cosas como dirigirle la palabra a un hombre, o llamarlo por teléfono. Y la pena de lapidación por adulterio se aplica a cualquier tipo de relación sexual, completa o no, fuera del matrimonio.

Takhar es una provincia básicamente tayika, situada en el norte del país, que acaba de caer en su totalidad en poder de los talibanes. Los refugiados de la misma que han conseguido llegar a Kabul han contado cómo los talibanes no solo han cerrado todas las escuelas de las niñas, sino también quemado las casas y destruido las cosechas. Y obligaron a elaborar listados de mujeres solteras o viudas menores de 45 años, para casarlas con los yihadistas, o enviarlas a Waziristán, una región de Pakistán que necesita ser “re-islamizada”.

En una entrevista reciente a una emisora de radio independiente de Kabul, una diputada de Takhar, Habiba Danish, el ingeniero Amir Mohammad Khashar, y el doctor Sharaf-ul Din Aaini han confirmado el maltrato que los talibanes están infligiendo a las personas de esa provincia. En ella, en el distrito de Rostaq, se han implantado los matrimonios forzosos. Por supuesto el principal líder talibán, Zabibullah Mujahid, lo ha negado todo, pero esa es el base del libro de estilo comunicativo de su grupo. La imposición del burka en esa provincia ha hecho que inmediatamente haya subido su precio en el mercado de 400 a 1.600 afganis.

Si triunfan definitivamente los talibanes, además de todas las desgracias que acarrearán al país, toda una generación de mujeres y chicas pasarán a llevar burka por primera vez en su vida. La mayoría de la población de Afganistán es menor de 25 años, y muchos millones son niñas y chicas. Desde hace veinte años solían llevar el velo que más les gustase. Pasar a andar ocultas totalmente bajo un burka será una experiencia dolorosísima para las mujeres que eran trabajadoras, estudiantes, médicos, periodistas, abogadas, profesoras, artistas o comerciantes; profesiones todas ellas que tendrán que dejar causando un enorme daño al país, que así perderá una buena parte de sus profesionales más cualificados. Lo que les espera es un futuro de confinamiento en el que solo expresar una opinión puede ser un delito a juicio de unos fanáticos que usurpan cada día el nombre de Dios. En la provincia de Takhar, por ejemplo, un comandante talibán dijo a sus habitantes: “todo aquel que no jure absoluta fidelidad al líder supremo de los talibanes quedará fuera del islam, aunque practique la oración y el ayuno”.

A lo largo de los últimos meses las mujeres periodistas han tenido que dejar de ser periodistas y huir del país para escapar del retorno talibán. Maestras, profesoras, enfermeras, médicas, artistas, actrices, cantantes y deportistas contemplan aterrorizadas el avance talibán hacia las ciudades. ¿Les queda alguna esperanza aquí en la tierra? Dice el Libro de la Revelación, 21,4: “y Dios secará todas las lágrimas de tus ojos, y ya no habrá más muerte, ni gritos y ya nunca jamás tendrás dolor”. ¿A qué lugar que no sea el cielo podrán mirar las mujeres afganas cuando las obliguen a arrodillarse? ¿Podrán mirar hacia Occidente, donde nadie las quiere ver? Dicen los hombres y las mujeres occidentales que todas estas cosas que cuento pasan en Afganistán porque Oriente es Oriente, y además Afganistán ya se sabe lo que es y queda a miles y miles de kilómetros. Está muy lejos de aquí, es verdad, pero por muchos siglos las mujeres occidentales también fueron obligadas a humillarse y arrodillarse, y en un mundo en el que todo cambia podría volver a ocurrir en el futuro. Esperemos que nunca sea así y que entonces las mujeres de Oriente no digan que esas son las cosas que pasan en Occidente, ese lugar tan lejano, que es donde se pone el Sol.

27 jul 2021 / 01:00
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