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Unos fanáticos muy bien organizados: los talibanes

El mes pasado el secretario de Estado de los EE. UU. declaró que “Afganistán gobernado por los talibanes será un estado paria”. De lo que serán responsables, según el presidente Biden, los afganos, por tener un gobierno y un ejército minados por la corrupción, que tendrán que llegar a un acuerdo político con un grupo terrorista del que no es posible fiarse y que únicamente aceptará que el país sea gobernado como emirato mediante la ley islámica. Mientras tanto, según la ONU, entre enero y junio ha habido 5.183 bajas civiles (1.659 muertos y 3.524 heridos), lo que supone un 47% más que en 2020.

Afganistán se encamina al caos, ante el avance talibán, la crisis del COVID 19, la sequía y la inseguridad general. Vuelven a surgir los refugiados. La última semana de julio salieron de la ciudad de Kandahar 22.000 familias, Turquía está recibiendo inmigrantes ilegales por tierra y por mar, por ese mar en el que, según la OMS, han muerto unas 230.000 personas ahogadas el pasado año. A la vez los talibanes ya controlan casi todas las fronteras del país, los soldados de ejército afgano, mal pagados, mal alimentados y en muchos casos sin municiones, se refugian en Pakistán o Uzbekistán: 1.800 en un día. Se rinden a los talibanes aceptando su dinero, como lo hizo el general de la provincia de Badghis, antes controlada por España, y otros muchos soldados y policías, vencidos a veces más por el poder del dinero que por las balas.

Decía el historiador griego Tucídides que la guerra se hace por el honor, el miedo y el interés. En Afganistán fue precisamente el honor religioso y tribal el que hizo que tras la intervención del año 2001 la guerra continuase. Se dijo que los talibanes siguieron combatiendo porque estaban manipulados por su líder carismático, el mulá Omar y eran adoctrinados en las madrasas. Y también se dijo que fueron los valores culturales pashtunwali, los que, por exigir la venganza de sangre, pusieron en marcha una interminable cadena de muertes que redimen otras muertes.

Sin embargo Patrick Porter, autor del libro Military Orientalism: Eastern War Through Western Eyes, ha dejado muy claro que no son estos los argumentos que pueden explicar lo que pasó. Y es que, si bien es cierto que la cultura condiciona el modo de hacer la guerra de los talibanes, sin embargo lo que ellos utilizan son los conceptos estratégicos esenciales de las guerras del pasado y el presente, creando así una estrategia que parece llevarlos a lograr la victoria y el control del país, tras conseguir la retirada y derrota sin paliativos, como ha señalado Putin, de los EE. UU. y la OTAN.

Los afganos son un pueblo de supervivientes, y los talibanes, como pastunes que son, no iban a serlo menos. Es verdad que creen en el Paraíso y que el martirio da un acceso seguro a él, pero en el campo de batalla lo que intentan es sobrevivir y derrotar al enemigo, poniendo los pies en la tierra. Es la necesidad de sobrevivir la que no solo explica su lucha, sino la de todos los afganos, que pueden cambiar de bando para sumarse a los vencedores, evitar sus represalias y obtener beneficios.

En 2001 los talibanes fueron derrotados en unas pocas semanas, y la OTAN y los EE. UU. pensaron en el 2006 que esa sería su derrota definitiva, en contra de la opinión de muchos mandos militares, que no se creyeron de ninguna manera eso de que el movimiento talibán había muerto. En pocos años el tiempo les dio la razón, porque volvieron de nuevo a resucitar otra vez de sus cenizas como “neo-talibanes”, mejorando sus tácticas de tal modo que pudiesen conseguir la victoria estratégica final.

Comenzaron por enviar mensajes por escrito y a emitir programas de radio, advirtiendo de que el tiempo jugaría a su favor y los infieles acabarían siendo derrotados. Así el mulá Omar dijo: “los americanos y la OTAN tienen todos los relojes, pero nosotros tenemos todo el tiempo”. Desde el momento en el que sus posiciones comenzaron a ser bombardeadas, ya en el 2001, trasladaron sus bases a Pakistán, y en ellas se reorganizaron, rearmaron y alistaron como combatientes, junto a pastunes, árabes, uzbekos, chechenos y voluntarios de otros muchos países, obteniendo cada vez más ingresos para adquirir más armas. Así pudieron iniciar nuevas ofensivas y a provocar motines contra el gobierno, movilizando a la población a consecuencia del hambre y la omnipresente corrupción estatal.

Los talibanes imponen la sharía a los civiles, pero no la practican en el campo de batalla, en el que sacrifican todas las creencias y tabúes del islam para lograr la supervivencia y la victoria. Así, por ejemplo, mientras que el islam exige enterrar a los caídos en combate, sin embargo ellos abandonan a los suyos, para no correr los riesgos que supone su evacuación en el campo de batalla. Los “neo-talibanes” combaten como Al-Qaeda, con coches bomba y secuestros perfectamente planificados. Gracias a ellos consiguen causar en un momento al ejército las mismas bajas para las que ese ejército necesitaría cinco días de combate.

Aunque los talibanes son básicamente pastunes están consiguiendo reclutar tayikos y uzbekos en provincias como Badajshán, Takhar y Kunduz, en las que esas etnias son dominantes, logrando así fácilmente el control de estas. Se aprovechan de las divisiones existentes entre distintos grupos, y además están consiguiendo difundir su ideología. Han intentado incluso reclutar hazaras, pero no lo han conseguido porque ese grupo aún recuerda la limpieza étnica y las masacres que sufrieron por su parte en Mazar-e Sharif y Bamian, razones por las que temen su retorno.

Cuando alcanzan el poder los talibanes son tecnófobos, y su policía de la sharía destruye televisores y ordenadores, pero ahora han decidido utilizar las tecnologías digitales para difundir su propaganda. Aprendieron de Al-Qaeda en Irak a editar vídeos y colgarlos en internet. Si tenemos en cuenta que para ellos reproducir la imagen humana es un pecado, tendríamos que pensar que este cambio para ellos debió ser muy revolucionario. De la misma forma, aunque condenan las audiciones musicales, han decidido utilizarlas, si tienen contenido religioso, como medio de propaganda, para reforzar la moral de los combatientes y difundir su mensaje a las personas que no saben leer. Los talibanes, como el nazismo y el fascismo, odian la modernidad, pero quieren utilizar los beneficios de la técnica.

La coalición internacional destruyó los campos de adormideras. Los talibanes, por el contrario, han pasado a ofrecer protección a sus cultivadores, lo que les atrajo la simpatía de los campesinos de las provincias de Kandahar y Helmand, los dos grandes centros mundiales de producción de opio. No solo ello, también participan en la industria de elaboración del opio de modo directo, incumpliendo las prohibiciones religiosas, como la del mulá Omar de 2001. Gracias a esa amplitud de miras, consiguen unos ingresos anuales de unos 420 millones de dólares.

Está muy claro que en el islam más integrista, como en casi todas las religiones, los textos sagrados y las leyes pueden ser leídos e interpretados de muchas maneras diferentes, dependiendo de la ocasión, de los intereses de aquellos que tienen la capacidad de interpretarlos, y de la capacidad de coerción que pueden imponer en cada momento. Hay un refrán castellano que dice: “¿Dónde van las leyes? A donde van los reyes”. Naturalmente, da igual que esas leyes sean humanas o divinas a la hora de manipularlas, porque siempre habrá un jurista que hable en nombre de la ley o un mulá que usurpe el nombre de Dios para satisfacer en la tierra, prometiendo el cielo, sus más bajos deseos.

09 ago 2021 / 18:38
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