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Los usuarios de la vivienda comunitaria Agarimo viven casi enclaustrados desde marzo, sin ningún caso COVID. Ayer recibieron las primeras dosis de la vacuna TEXTO Lorena Rodríguez

Inyecciones de ilusión y tranquilidad en Allariz

En la vivienda comunitaria de Allariz esperaban con ilusión la vacuna contra la covid-19. Allí nunca ha entrado el “bicho”. Las trabajadoras dicen haberse esforzado al máximo para evitar que el virus se adentrase en estas instalaciones situadas en un entorno rural gallego. Desde marzo, incluso desde antes de que se decretase el estado de alarma, la plantilla tomó medidas “extremas”: cerraron las puertas del centro y vivieron “enclaustrados”.

Fue su forma de declarar la guerra al minúsculo patógeno. Menos de un año después de aquella decisión, el personal saluda “con esperanza” la llegada del antígeno.

En este centro, las seis empleadas y doce residentes recibieron ayer la primera dosis de “ilusión y tranquilidad”, que se complementará con otra en 21 días en los que soñarán con la ansiada inmunidad.

Tras más de dos horas de espera y nervios, allí ya ven más cerca la posibilidad de poder volver a reunirse “de verdad” y abrazar a los suyos, eso sí, sin bajar la guardia para evitar tirar por la borda todo el trabajo realizado hasta ahora. “La vacuna la recibimos con mucha esperanza pensando que ya es el final”, ha contado a Efe, aunque con prudencia, la responsable de la vivienda comunitaria, Maider Martínez.

La cautela se debe a que este centro tuvo claro el 10 de marzo que había que cerrar la residencia en marzo y, ahora, pese a existir un remedio, esta profesional no anticipa grandes cambios a corto plazo en la mecánica habitual. Está convencida de que las medidas de protección “se van a tener que seguir manteniendo mucho más tiempo”.

“Las visitas se van a seguir manteniendo igual, en el exterior, con distancia, con mascarilla”, explica. En suma, dice, “vamos a hacer lo mismo que estamos haciendo y que parece que hasta ahora nos ha ido funcionando”. El motivo es que “no sabemos muy bien qué inmunidad vamos a tener”. Contacto estrecho de usuarios con sus parientes no hay; de trabajadores sí, pero porque no queda otra, comenta.

A diferencia de los entornos urbanos, los usuarios de esta vivienda comunitaria, al igual que otros centros de similares características, se encuentran, con todo, tranquilos, pues no han sufrido las consecuencias psicológicas del confinamiento total gracias a las bondades de estar asentados en el rural.

Los usuarios esquivan en este momento la falta de contacto estrecho con visitas puntuales “siempre, en el exterior y con distancia” en esta suerte de “oasis”, donde pueden seguir dando sus paseos y compartiendo su espacio con animales El humor no falta en esta vivienda comunitaria donde incluso se atreven a bromear sobre los posibles efectos y si la vacuna les hará sentirse como una persona “de veinte años”.

“Si nos vale de algo, me parece bien que nos pongan la vacuna”, comenta Josefa Barrio. Pepa –así le llaman– habla por el conjunto y confía en que la vacuna les permita vivir con más tranquilidad.

En diez minutos, estaban todos despachados, con la primera dosis de Pfizer puesta. La mayoría apenas notó el pinchazo.

31 dic 2020 / 00:00
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