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El hospital del Barbanza: empate a cero

hace unos meses, por creerme más seguro de lo que estoy en mis pasos, tuve un pequeño accidente que me llevó a besar la piedra de los soportales cuando regresaba a mi domicilio, después de hacer los recados, como hacía cada mañana.

Fue un corte de digestión del desayuno, pérdida progresiva de estabilidad y choque... Cuando desperté de mi sueño innecesario estaba camino del hospital comarcal del Barbanza; supongo que me llevaron sin consultar a mi mujer, supongo que yo seguía medio en orsay, y también que añadí algo así como “¡ah, no, aquí no!”, pero habría sido un mero pensamiento, porque no vi que nadie se extrañara. Así que pasé aquella noche en Urgencias del complejo barbanzano.

Menos mal, tengo dos enfermeras de la familia en el centro, conozco alguna gente de Boiro que trabaja allí... Llegó una señora al borde de mi lecho... ¡Qué lecho ni qué... eso! Estaba tumbado sobre la propia camilla de la ambulancia, mi almohada era un hierro transversal que amenazaba con cortarme el cuello, mi mujer, de pie, haciéndose la estrecha –entiéndase, estrechándose lo posible para estar allí, a mi lado- y pidiendo, a cualquier personal sanitario o asimilado, que curioseaba en aquella esquina imposible, algo a título de almohada, aunque fuera un paquete de periódicos con los titulares aún frescos de tinta... Nos miraban, decían que sí con la cabeza, dejaban caer la punta de la cortina que habían levantado y se iban, sin decir siquiera lo que nosotros, de críos, decíamos para rematar: “Usted lo pase bien”.

Por cierto: alguno es paisano mío, alguna, pariente, la tercera... ya ni recuerdo. Sólo mi mujer me compadecía, naturalmente, sin que la almohada no negada apareciera... o la excusa por la que no iba a aparecer en toda la noche... en cualquiera de sus metamorfosis posibles.

He tardado casi medio año en expresarme sobre el caso porque, a mi manera, puedo entender que aquello tal vez no tuvo remedio. Cuando me dijeron que tenía que pasar la noche en Urgencias, porque había que hacer placas, no fuera a ser que hubiera perdido la cabeza (fueron piadosos, no había nada dentro, salvo lo suyo), creí, ingenuo, que mi postura iba a ser manifiestamente mejorada. Ya, ya... No contaba yo con que aquella sala de urgencia se estaba convirtiendo en algo así como el Moulin de la Galette, del impresionista Renoir, baile en el cerebro, gritos espantosos –dicen que es una pobre “demenciada”–, en los tímpanos, risas y toses de fumadores o no, carreras de gente sin destino... Tengo la inmerecida suerte de que puedo larvar el dolor en una especie de estopa interior que no sé en qué parte carnal debo situar...

_Vengo a coserle los tres puntos de la ceja izquierda” (consultaba un papel que llevaba en la cestita de la costura). ¿Son tres, ¿no?”

Le dije que no lo sabía, que nadie me había hablado de semejante operación.

–¿Y ya tiene usted carnet de costurera?

Evidentemente, no esperaba semejante pregunta, pero tampoco ella esbozó siquiera una sonrisa; tan silente como llegó, se fue.

Debió de pensar que había perdido la cabeza en el golpe. Así que cosió tres puntos, y se fue en medio de un silencio personal, que no colectivo. Las polkas que bailaban en aquel Moulin de la Galette eran para brincar. Claro que no estaba en condiciones, y mi mujer, asombrada, no salía de su... asombro.

Ayer, atardecido, mi mujer tuvo que volver al hospital del Barbanza a llevar a una sobrina que, entre otras dolencias, se iba en vómitos y mareos. ¿Qué tal se han portado con vosotras? Me miró fríamente, no se explayó en la narración. “Todo lo que me dijo la enfermera que salió a la puerta a recogerla, fue: “Quite de ahí ese coche, ¿o no ve que estorba?”. No le había dado tiempo ni a cerrar la puerta de atrás para aliviar tanta emoción contenida.

Lo mío no es una queja, qué conste. Lo de mi sobrina, sí: no hay empatía en el Barbanza y, si la hay, es sólo empate... a cero.

Hay que humanizar a los aspirantes para que, cuando sean ya, acojan a los dolientes y enfermos con un poco de ternura. No es difícil. Hace unos años, en el laboratorio del mismo Barbanza, una joven médico me entregó el resultado de un análisis y, cuando fui a preguntarle algo sobre los resultados, un ¿qué tal? Por el análisis, me dijo con descaro total: “Venga ya, lárguese, ¿o no ve que tengo mucho trabajo?”.

Tenía, en efecto –y yo había sido el primero– una señora y su hija, sentadas fuera. Lo dicho, como decía un primer ministro democristiano, “Manca finezza”, “Falta finura”. Empatía... decimos ahora. Giulio Andreotti, autor de la sentencia, fue siete veces primer ministro. Tuvo más suerte que su colega Aldo Moro, al que asesinaron delante de mi casa en Monte Mario y dejaron su cuerpo en el maletero del coche, las “brigadas rojas”, detrás del Hilton, en 1976.

23 may 2020 / 03:00
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