De acordes, cánticos y ‘jubilus’

El Padre Calo en el Aula 12 de la Facultad de Historia, impartiendo / Pilar Alén
Pilar Alén
Son muchos los que han escrito o comentado el reciente fallecimiento del doctor José López Calo, el Padre Calo,como le llamábamos tanto en los eventos multitudinarios como en la intimidad. Y son incontables las menciones, reconocimientos, anécdotas, fotos y demás recuerdos y anotaciones que ayudan a recomponer su dilatada vida y trayectoria personal y profesional... Todo muy acorde con su modo de ser y su manera de hacer, pues si de algo se ocupó siempre fue de trabajar incansablemente con afán de “reconstruir” o “restaurar”, ya fuesen objetos tangibles –como tantas vetustas partituras y fascinantes instrumentos musicales– como materias intangibles, como la misma Música.
Por mi parte, mi contribución en ese aspecto, quiere que sea también conforme con lo que él tanto amaba –la Música– y acorde con lo que ahora puedo y quiero expresar, que no es otra cosa que un pausado silencio... pues bien es sabido que en la música cada nota, cada sonido, cuenta y suena, y cada silencio, también.
Me acojo pues a este aspecto tan musical, como musicales y sonoros están siendo y serán los numerosos testimonios que le rinden homenaje. Y lo hago, además, por otro motivo no tan en consonancia con el mundo sonoro, sino más concorde con el momento presente: ante la muerte de cualquier persona, ya sea cercana o lejana, joven o anciana, el silencio o el enmudecimiento –junto con el recogimiento interior– surgen también, de modo espontáneo o serenamente buscados... Son, asimismo, modos de expresar aquello que nos sigue sobrecogiendo y conmoviendo, aun siendo algo tan natural y consustancial a nuestra propia existencia.
El Padre Calo, ciertamente, ha dejado de “estar” entre nosotros, pero conserva su “ser” y es, y será siempre, aquí y en esa eternidad que preparaba y anhelaba, nuestro Padre Calo... Nosotros no le oiremos más, pero él sí podrá escuchar y cantar (como hacía siempre: “en y desde su cabeza”) esos sonidos que él mismo sacó a la luz, otros tantos que nos enseñó a descubrir y, más aun, aquellos que “ni ojo vio, ni oído oyó” (I Corintios, 2)... Un desconocido, pero seguro que espléndido, “cántico nuevo” por el que tanto luchó... y ahora disfruta ya con reposada complacencia.
A modo de coda, concluyo con lo que oportunamente señala el Salmo: “Cantadle un canto nuevo, cantadle con arte... en el júbilo”.
Y “¿qué es el júbilo?, se preguntaba retóricamente S. Agustín: “Es esa melodía con la que el corazón expresa todo lo que no puede expresar con palabras”, respondía.
¿Qué más cabe añadir?... Descanse en paz, Padre Calo, cantando en el “jubilus” ese Cántico Nuevo... y que esa música resuene en el corazón silente de todos nosotros.
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