Santiago

El trabajo, más que un empleo si se sufre daño cerebral adquirido

Dos personas con daño cerebral adquirido relatan su experiencia para reciclarse en el mundo laboral

Diego Marzoa ha preparado unas oposiciones como celador en el Sergas

Vicente Maneiro trabaja feliz desde hace dos años en una empresa de material de ferretería

Diego Marzoa y Vicente Maneiro, en la sede de Sarela en Santiago durante la charla mantenida con EL CORREO GALLEGO

Diego Marzoa y Vicente Maneiro, en la sede de Sarela en Santiago durante la charla mantenida con EL CORREO GALLEGO / Jesús Prieto

“Antes vivía solo para trabajar y ahora mi máxima es que no me estrese nadie; quiero trabajar, pero tengo mis limitaciones y deben respetarse”, asegura convencido a EL CORREO GALLEGO Vicente Maneiro, quien tras sufrir un ictus en 2017 y permanecer durante cuatro meses hospitalizado –uno de ellos en coma–, tuvo que aprender a caminar, a reconocer la casa en la que residía, pero también a asumir que su vida de antes ya nunca volvería a ser la misma, ni a nivel personal ni laboralmente, y que tendría que convivir con el daño cerebral adqurido que el ictus le provocó.

Un recorrido al que también tuvo que enfrentarse Diego Marzoa cuando, tras un accidente de tráfico en 2019 que le mantuvo en la UCI una semana y otras tres en planta, vio que no podía caminar, tenía problemas de visión y todo aquello a lo que estaba acostrumbrado ya no formaba parte de su día a día.

Por circunstancias diferentes y en edades distintas, con 32 años Diego y con 52 Vicente, el daño cerebral adquirido que hoy ambos padecen les ha obligado a reinventarse también en su vida laboral. Un largo y difícil proceso de inserción para el que tanto uno como otro están contando con el apoyo de la Asociación Sarela desde el principio.

Razones para reciclarse

Beneficiarios los dos del programa que lleva a cabo la entidad compostelana desde 2017, a través del que ya se ha prestado asesoramiento en materia laboral a una treintena de personas, la única exigencia de ese reciclaje es que el nuevo empleo no esté relacionado con la actividad que desempeñaban antes de que se les concediera la incapacidad. Y es que, según explica la orientadora laboral de la asociación, Noelia Parente, “el problema es que muchos tienen incapacidad permanente total, y esto les incapacita para trabajar en lo que estaban haciendo antes porque les quitarían la pensión, con lo que se tienen que reciclar y hacerlo en otros perfiles por una cuestión legal, ya que en España no está permitido”.

Ese inconveniente económico y la necesidad de sentirse útil, sobre todo de “sentirte realizado, conocer gente y mantenerte activo, obligarte a levantarte y salir”, fue lo que llevó a Diego Marzoa a ponerse a estudiar para presentarse a unas oposiciones a celador del Sergas que ha superado, a la espera de saber si finalmente tendrá plaza para poder incorporarse.

Lo hizo pese a que admite que “nunca me había gustado estudiar, acabé la ESO e hice un ciclo de cocina porque no me gustaba estudiar”, y aunque por ahora la experiencia ha sido positiva y se muestra dispuesto a insistir en hincar los codos si vuelve a hacer falta, espera que el esfuerzo realizado le permita a sus 32 años regresar al mercado laboral del que fue expulsado cuando tuvo un accidente de moto al volver del que entonces era su trabajo como cocinero en una empresa del Polígono del Tambre.

Y es que, aunque cuenta con el respaldo económico de sus padres, Diego quiere ir recuperando poco a poco una vida similar a la que tienen los amigos con los que disfruta durante los fines de semana.

Obligados a reinventarse

El caso de Vicente Maneiro es diferente, puesto que él se encontró con que “tras 25 años cotizados, cuando sufrí el ictus me encontré con que me quedaban 300 euros de pensión, tenía 46, una hipoteca que pagar, acabábamos de comprar un coche y hasta prácticamente los 50 no pude empezar a prepararme para intentar trabajar”. Asegura que “no es nada fácil quedarte con esa pensión y tener que buscar trabajo en otra profesión, tienes que reinventarte”.

Camionero durante muchos años, propietario de un taller de lavado de coches en el momento del accidente cerebrovascular, lleva ya dos trabajando en una empresa de envasado de material de ferretería, en la que cuenta con un empleo digno, acorde a sus capacidades, y en la que se siente feliz. Pero el camino hasta lograrlo no fue fácil. Denuncia que “fui a muchas entrevistas de trabajo, pero prácticamente lo que quieren es nuestro certificado de discapacidad y luego, si vas al trabajo, te quieren explotar y que trabajes como el resto, cuando no puedes”.

Explica que “yo igual tengo un día bueno y puedo estar toda la jornada, pero luego me entra la pájara, como digo yo, y tengo que dejarlo, pero en muchos sitios no lo tienen en cuenta”. “Nuestro daño no tiene límites, nunca se sabe hasta dónde podemos llegar, no eres consciente de lo que puedes hacer y de lo que no, sobre todo al principio, y lo pasas muy mal porque no lo entiendes”.

No obstante, y una vez superado lo que Noelia Parente define como “el duelo por haber perdido la vida que tenías”, Vicente Maneiro reconoce que hasta le ha cambiado el carácter para bien porque “yo antes no me ponía a hablar con nadie, para mí era una pérdida de tiempo, tenía que ponerme a trabajar todo el rato; pero ahora, trabajar sí, pero con calma y que no me estresen”.

Saborear la vida

Y es que, aunque ni él ni Diego Marzoa contaban con tener que afrontar un duro recorrido, ambos sienten que su experiencia les ha enseñado a saborear la vida, a aprovecharla cada minuto, con mucha mayor intensidad, en el caso de Marzoa con una cuadrilla de amigos con los que disfruta de festivales durante los fines de semana, y en el de Maneiro con su mujer, su verdadero apoyo, “y un amigo al que puedo llamar, igual que él a mí, cuando sea; ésa es mi familia porque el resto fueron desapareciendo”.

Una situación que la orientadora laboral advierte que suele ser demasiado frecuente en personas con daño cerebral adquirido porque “es un camino muy largo, en el que se va quedando gente, a veces incluso porque antes salías y ahora te quedas en casa, y al final dejan de llamarte”.

De ahí que ante esa discriminación social que Vicente Maneiro denuncia haber sufrido, la posibilidad de trabajar se convierta para ellos en algo muy importante, más allá del aspecto meramente económico.

A través del programa de inserción laboral de personas con daño cerebral de Sarela, ambos han podido canalizar una situación en la que la respuesta de la administración, según Diego Marzoa, prácticamente se reduce a “búscate la vida”.

Ninguno de los dos lo ha tenido que hacer en solitario, razón por la que están muy agradecidos a Sarela y por la que apoyan cualquier iniciativa que la asociación tenga en defensa de personas que, como ellos, tengan que pasar en el futuro por una situación similar.

Orientadores, afectados y empresas debatirán en el Gaiás sobre los retos a alcanzar

Entre esas iniciativas, la que el próximo jueves reunirá en la Cidade da Cultura de Santiago a profesionales relacionados con la orientación sociolaboral, representantes de empresas e instituciones y personas con daño cerebral adquirido para reflexionar e impulsar estrategias que impulsen su incorporación al mercado laboral, dentro de un sector de la población en el que se calcula que únicamente el 13% consigue un trabajo con la enfermedad, mientras que antes de registrarse las lesiones lo tenían en torno al 71%.