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De una mercería por calle a resistir: ¿Por qué hay cada vez menos en Santiago?

Una clientela cada vez más envejecida, unos alquileres disparados y la falta de relevo generacional amenazan a uno de los negocios emblemáticos de la ciudad

La mercería Labores con Aguja, en Santiago

La mercería Labores con Aguja, en Santiago / Labores con Aguja

Diego G. Carballo

Diego G. Carballo

Santiago

Las mercerías llevan siendo una de las tiendas tradicionales por excelencia durante décadas y décadas. Un lugar donde encontrar un botón para esa camisa que se rompió, un hilo para coser esa manga de chaqueta descosida, un ovillo de lana para hacerte ese jersey casero ahora que viene el frío...

El trato entre clientes y trabajadores de mercerías es casi como familiar. Entras por la puerta y, si eres cliente habitual, la persona detrás del mostrador puede hasta adivinar lo que necesitas. Conocen tus gustos mejor que tú, incluso. Alguna persona –que volverá a salir más adelante en esta pieza– lo llega a definir como un comercio “de primera necesidad”.

Entonces, ¿por qué hay cada vez menos mercerías? ¿Cómo es que las pocas que quedan son negocios familiares, y solo un pequeño número de ellas es de reciente creación? Los propios dueños de estos establecimientos lo tienen claro desde hace tiempo, pero luchan por sobrevivir en un mercado laboral cada vez más complicado para ellos.

Un negocio de generaciones

Con una búsqueda de 'mercerías en Santiago de Compostela' en Google Maps, podemos encontrar más de 15 mercerías en el casco urbano de la ciudad, un número que, en principio, puede parecer alto para un tipo de negocio que ha vivido momentos mejores, pero solían ser muchas más, según dice María dos Anxos Delgado, de la Mercería Algui, en el casco viejo de Santiago: “antes había casi una mercería por calle”, asegura.

De hecho, muchos de estos establecimientos sobreviven actualmente gracias a que son negocios familiares, que fueron pasando de generación en generación, y que, por lo tanto, no tienen que pagar alquileres, ya que los bajos son suyos. Es el caso de Algui, que regenta María dos Anxos con su hermano Juan Ramón “Mon”: “(La mercería) lleva 76 años”, afirma María dos Anxos, “la abrieron mis abuelos y ahora estamos mi hermano y yo”.

En el caso de la Mercería Ces, situada en la zona vieja, cerca de la Alameda, y ahora regentada por María del Carmen Silva Ces, son 64 años los que acumula: “Comenzó con mis abuelos, luego pasó a mi madre, que estaba con mi abuelo y una prima mía, y cuando acabé la carrera hace 26 años –Silva es economista de carrera– decidí echar una mano aquí, y entonces me quedé yo la tienda”.

La Mercería Ces, en la zona vieja de Santiago

La Mercería Ces, en la zona vieja de Santiago / Diego G. Carballo

Por su parte, Mercería Lans –en la calle Santiago de Guayaquil–, ahora en manos de María Jesús Sebio, comenzó con su abuela, y ella lleva 39 años a los mandos, casi dos tercios de su vida.

Una situación complicada

Por otro lado, está Inés Fraga, de Labores con Aguja, en la calle de San Pedro de Mezonzo, que lleva en su mercería casi tres años –desde noviembre de 2021–, que consiguió a través de un traspaso. Sin embargo, diversos motivos, entre ellos el pago del alquiler, la subida de precio de la mercancía y el descenso de clientes, hacen que vaya a echar el cierre en abril del año próximo.

“Yo comencé haciendo ganchillo, con 18 años o así, y durante la pandemia iban a nacerme tres niños en la familia, y pensé en hacerles algo diferente”. Así es como Fraga se metió de lleno en el mundo de las labores, haciendo patchwork, calceta, bordados... cosas que ahora hace en su establecimiento –y a través de su propia marca–, donde también imparte talleres además de vender material para arreglos y labores. Sin embargo, no es suficiente para mantener el negocio, y pasará a intentar vender a través de su página web y a impartir talleres.

La mercería Labores con Aguja, en Santiago

La mercería Labores con Aguja, en Santiago / Diego G. Carballo

Tanto Silva como Sebio y Delgado aseguran que tener la propiedad de su bajo les ayuda mucho, y que, incluso en algunos casos, no les daría para resistir si tuviesen que pagar alquiler. “Imposible”, responde Delgado a la pregunta de si es viable abrir una mercería hoy en día: “No creo que a nadie se le ocurriese invertir el dinero que tenemos invertido aquí actualmente, porque no le saca beneficio. No sería negocio”.

Sebio dice que, si tuviese que abrir una mercería ahora mismo, no lo haría: “Es muchísimo dinero”, remarca. “Es una pasta, porque a lo mejor te viene una cajita de botones y son mil y pico de euros. El inventario se hace a base de años y años, es tremendo. Yo creo que nadie se atreve a montarla”.

Silva, por su lado, no ve viable abrir ningún negocio, no solo una mercería: “Es una infraestructura todo ello. Hay un montón de mercancía por detrás, que pagas por ella y tiene que salir, porque si no sale, las facturas vienen igual”, comenta. “Si luego aún tienes que pagar un alquiler, un empleado... ahora mismo no sé cuál sería el negocio del futuro, pero una mercería yo creo que no”, sentencia.

Otra de las mercerías que poblan Santiago, esta vez cerca de Plaza Roja

Otra de las mercerías que poblan Santiago, esta vez cerca de Plaza Roja / Diego G. Carballo

Una clientela envejecida, pero también renovada

La clientela que suele acudir a estos establecimientos son mujeres mayores, de 50 años o más, y residentes en Santiago, según las experiencias de las encargadas de Algui y Ces. Sin embargo, en Lans, María Jesús Sebio dice que está viendo un cambio: “tenemos de todo. Es más, antes los señores no venían, siempre eran mujeres, y ahora vienen señores, gente joven... de todas las edades”.

A Labores con Aguja viene una clientela más joven de lo habitual: “la mayoría es más joven que mayor, sobre todo últimamente. Sí que tienes alguna gente de 60 para arriba, pero después lo normal es gente de 25 a 60 años”, asegura Fraga.

Las redes sociales han ayudado en la llegada del mundo de las labores a las nuevas generaciones. Lo que antes se veía como algo necesario para reparar o hacer tu propia ropa, ahora es un hobby: “Hay gente que incluso se reúne para hacer calceta, y creo que también se compraron máquinas de coser”, asegura Delgado, aunque asegura que es algo más bien “residual”.

Sebio, por su parte, es una de las que se engancharon a estos vídeos en redes que enseñan a calcetar, entre otros: “Yo soy una persona que calceto, ganchillo... muchas veces me voy a un tutorial, porque hay muchísima gente que te enseña cómo hacer un punto, y están fenomenal”, asegura.

El interior de Labores con Aguja

El interior de Labores con Aguja / Labores con Aguja

Fraga dice que también ayudan los talleres y monográficos como los que ella imparte en su local, además de las redes, a través de los influencers. Ella comenzó a ver que la gente se animaba a hacer estas labores durante el confinamiento por Covid, cuando los encierros nos llevaron a buscar cosas que hacer hasta debajo de las piedras: “Muchos recuperaron cosas que tenían en casa, hacían punto de cruz, calceta, ganchillo... hubo un auge bastante importante”.

El problema es que mucha gente, una vez terminado lo peor de la pandemia, regresó a sus vidas y dejó atrás estas aficiones. Y los que las mantuvieron, como dijo Delgado, son una clientela “residual”, refiriéndose a que es solo una pequeña parte.

Por otro lado, Sebio ha experimentado un efecto contrario con la pandemia: “Desde el año 2020 esto fue subiendo y subiendo. Yo no tengo mucha queja, siempre quieres vender más, pero nosotros tenemos mucha clientela”, asegura, aunque cree que puede deberse a que cada vez hay menos mercerías y la clientela se va concentrando en las que quedan.

El problema de Internet

Internet y las nuevas tecnologías también han tenido su parte negativa en el negocio. La gerente de Labores con Aguja cree que, desde la pandemia, la gente se ha acostumbrado a comprar por internet, lo que dificulta la vida a los pequeños negocios como el suyo. Sebio cree que en lo que más daño les hace es en la parte de ropa interior o paquetería, pero no en la parte de mercería.

Por su parte, Silva Ces cree que las nuevas tecnologías le perjudican, pero que aún hay una parte de la clientela que se resiste a este cambio: “Yo no soy de comprar por internet, yo la tela la quiero ver, la talla la quiero probar. Pero yo creo que vamos tan acelerados (con las nuevas tecnologías) que puede ser que haya un ‘bum’ y volvamos un poco hacia atrás”, dice, asegurando que apostarlo todo a la tecnología puede ser contraproducente.

Otra mercería santiaguesa, en Montero Ríos

Otra mercería santiaguesa, en Montero Ríos / Diego G. Carballo

Y es que mucha gente aún no paga con tarjeta, o compra por internet, y busca esa cercanía de las tiendas físicas y el contacto humano.

Un futuro gris, pero con esperanza

En general, la situación para las mercerías no parece especialmente halagüeña. “Todo va a menos”, dice Fraga, que piensa que el desconocimiento y la falta de transmisión generacional y en la educación de las labores no ayuda: “Antes era raro ver a una señora que no supiese hacer ganchillo. Ahora lo que busca la gente es más un hobby que los pueda satisfacer mentalmente”.

Silva Ces tiene un objetivo claro en su futuro: “que me dé tiempo a jubilarme (en la tienda), que es mi ilusión”. Aunque no tiene seguro que lo vaya a conseguir, su cariño por la tienda de su familia la lleva a continuar hasta donde sea posible. Aun así, cree que puede haber esperanza para las mercerías “siempre que haya gente que todavía siga creyendo en este tipo de negocios”, más pequeños y cercanos.

Un pequeño establecimiento en unas galerías compostelanas

Un pequeño establecimiento en unas galerías compostelanas / Diego G. Carballo

Sebio asegura que “esto siempre tiene futuro, estoy convencida, pero tienes que tener la suerte de haberla tenido (la mercería) de antes, no montarla ahora”. El trabajo también es un factor fundamental, ya que la dueña de Mercería Lans dice “trabajar, trabajar y trabajar, y cada vez trabajamos más”.

La nota más positiva la pone Maria dos Anxos Delgado, que pone como ejemplo a la mercería La Crisálida de A Coruña: “están teniendo mucho éxito, y son gente nueva... a base de las nuevas tecnologías y de las redes, se podría. No como antes, pero siempre hay gente que va para arriba”.

Y es que los negocios de labores resisten como pueden a pesar del poco relevo generacional, pero un renovado interés de los más jóvenes puede ser lo que necesitan para volver a brillar, no como antes, pero de una forma distinta.

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