Las refugiadas ucranianas del Monte do Gozo: «Casi ninguna podrá pagar los gastos a partir de ahora»
Lanzan un SOS para poder subsistir en Santiago desde noviembre. La mayoría son mujeres y también hay 13 menores

Tania y Olena(4ª y 6ª por la izquierda) con otras de las mujeres refugiadas ucranianas y una niña, ayer, ante uno de los barracones del Monte do Gozo. / Jesús Prieto

Son las doce del mediodía y en el albergue Juan Pablo II, en el Monte do Gozo (Santiago), huele a puchero. Varias mujeres ucranianas se encargan de los fogones. Tienen que cocinar para los 39 refugiados que viven en las instalaciones cedidas por el Arzobispado de Santiago y gestionadas por Cáritas Diocesana desde que se produjo la invasión rusa en Ucrania, hace ya dos años y medio. Pero como adelantó EL CORREO GALLEGO, esta ayuda se les acabará a finales de octubre, cuando la entidad solidaria dará por finalizado el programa con el que costeaba el sostenimiento de este centro.
De las 39 personas que siguen en el albergue —llegaron a ser más de 50—, 13 son niños. De los 26 adultos, 23 son mujeres. La mayoría ha tenido que dejar a sus maridos en Ucrania cuando empezó la guerra. Olena y Tania, dos de las refugiadas, relatan cómo es su día a día y la difícil situación a la que se enfrentan. «En primer lugar, queremos dar las gracias a Cáritas, al Arzobispado de Santiago y al Banco de Alimentos por toda la ayuda que nos han prestado estos dos últimos años y medio», indican al comienzo de la entrevista.
Su futuro, apuntan, no será fácil. «Solo cuatro mujeres han conseguido un trabajo y cinco tienen algún tipo de prestación pública; el resto, ninguna clase de ingreso», aseguran. Ante este panorama, tanto Olena como Tania sostienen que «casi ninguna podrá pagar los gastos a partir de ahora». Y es que, aunque Cáritas dejará de pagar los suministros, el Arzobispado permitirá al grupo seguir viviendo en el complejo; eso sí, siempre que asuman los gastos de luz, gas, agua... «De momento aún no sabemos cuánto será cada mes, pero el padre Román, encargado del albergue, nos ha dicho que oscilará entre cien y doscientos euros por persona», afirman las refugiadas, al tiempo que explican que el grupo ha tratado de reducir los gastos.
«Antes teníamos dos cocineras contratadas, que se encargaban de hacer la comida todos los días, pero ahora ya nos encargamos nosotras mismas. Además, la calefacción en invierno solo se enciende en dos momentos al día, cuando se levantan y acostamos a los niños; pero este es un centro muy grande y la factura de la luz, por ejemplo, es muy elevada», subrayan.
Confirman que han tenido encuentros con el Concello de Santiago para abordar la situación a partir de ahora. «Fue muy agradable, pero se quedó ahí la cosa», señalan. Consultado por este diario, el Gobierno local ha dicho que la ayuda se prestará desde noviembre de manera individual, en base a las necesidades de cada refugiado; siguiendo la línea de prestaciones que también ha puesto a su disposición Cáritas Diocesana.
El día a día en el centro transcurre con mucha tranquilidad. Todos los niños están escolarizados y acuden al colegio de Lavacolla. La gente que está contratada va al trabajo y otras refugiadas siguen asistiendo a cursos de idiomas y otro tipo de formaciones. Las más mayores o que no tienen ocupaciones fuera del complejo se encargan de las tareas domésticas y del mantenimiento del centro.
Las ucranianas no dejan de pensar en su país. «Alguna familia ha regresado al enterarse de que un familiar cercano resultó herido en la guerra», relatan. Otras que sueñan con volver no lo podrán hacer nunca, «porque sus casas están destruidas». Las que tienen hijos en edad escolar son conscientes de que aquí «tendrán más oportunidades para formarse y encontrar un buen trabajo».
Sobre las condiciones de vida en el albergue, no se quejan; pero admiten que «no es un lugar habilitado para vivir durante dos años y medio». En cambio, los niños están encantados, «porque aquí pueden jugar y correr sin riesgos».
«No quiero ayudas, solo encontrar un trabajo»
La voz de Tania es la de muchas de las refugiadas ucranianas que viven en el Monte do Gozo. Tiene 56 años y en su país era auditora en el Banco Nacional. «Alguna mujer no puede, porque ya está en edad de jubilación, pero yo quiero trabajar. No quiero ayudas públicas, solo encontrar un trabajo», remarca. Asegura que, pese a haberlo intentado por todos los medios de momento, no lo ha conseguido. «Podría trabajar cuidando niños o personas mayores. Me he ofrecido muchas veces, pero al no tener una carta de presentación no lo he conseguido», relata en un español que se comprende perfectamente. Lo ha aprendido en los cursos a los que sigue asistiendo en la Escola de Idiomas.
«Mi hija tiene 29 años, está aquí conmigo y habla inglés y alemán perfectamente. Ha entregado el currículum en numerosos sitios pero nadie la llama para trabajar», lamenta. Ellas no tienen ningún tipo de ingreso. «Solo contamos con lo que manda el padre de mi hija desde Ucrania, que es muy poco», dice.
Alguna de las mujeres mayores que están en el centro de acogida también cuentan con pensiones de su país de origen. «A veces al cambio apenas alcanzan los cien euros, que aquí dan para muy poco», sostiene la mujer, que rechaza las ayudas porque entiende que «todavía puedo hacer bien muchas cosas».
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