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Santiago Vilas, con un pequeño taller en Santiago: La magia de recuperar antigüedades

Técnico de Telefónica ya retirado guarda en su pequeño taller tesoros como cajas de música, relojes de péndulo o quinqués arreglados por él mismo y en perfecto funcionamiento

Santiago Vilas en su pequeño taller en la zona de Os Pexigos

Santiago Vilas en su pequeño taller en la zona de Os Pexigos / Antonio Hernández

Ana Triñáns

Ana Triñáns

Santiago

Entrar en el pequeño taller de Santiago Vilas y sentir que acabas de pasar al salón de Andrew Wyke (Laurence Olivier) en la película de Mankiewicz La huella (Sleuth) es todo uno. Salvo que en este caso la intriga deja paso a la fascinación ante la cantidad de objetos antiguos y mecánicos que este vecino de Entrepexigos busca, consigue, repara y recupera para su propio goce y, en esta ocasión, del fotográfo y la periodista de EL CORREO GALLEGO que visitan su refugio.

Bastones de todo tipo de maderas y empuñaduras, quinqués del siglo XIX, relojes de péndulo, cajas de música, gramolas... Son sólo algunos de los objetos que despiertan el ingenio de este técnico de Telefónica ya jubilado que desde niño sintió el impulso de «conservar, recuperar, reparar y hacer funcionar una pieza antigua, porque si no funciona, para mi pierde mucho mérito». 

«Cuando éramos niños, mi amigo Ricardo de Vigo y yo teníamos tal curiosidad... que si, por ejemplo, veíamos trabajar a un herrero decíamos: Esto podemos hacerlo nosotros! Poníamos en práctica lo que aprendíamos en la escuela, empezábamos a mirar la fórmula y lo sacábamos, hacíamos cosas maravillosas», recuerda. En todo este tiempo de recuperación de antigüedades todo ha cambiado mucho, pero Santiago Vilas se ha adaptado perfectamente a pasar de recorrer chatarrerías y anticuarios–aunque esta práctica no la ha abandonado–a participar en subastas on line.

Fruto de esta última práctica es una de las piezas más impresionantes que puede verse en su taller: una caja de música en la que al cilindro y las púas del peine se unen botones de acordeón y de la que salen cinco melodías diferentes. «Esta caja la vendía una francesa, la sacó a subasta por 7.500 euros pero también explicaba que admitía el cambio. Así que pregunté por Whatsapp cuales eran sus gustos, para enviarle fotos de las cosas que tenía susceptibles de interesarle», explica Vilas. La francesa optó por un reloj «muy bonito, que daba las horas tocando la campanilla –un sonido más agudo– y repitiéndolas con el bordón –más grave–».

Hablar de relojes con Santiago Vilas lleva, inevitablemente a hablar de la colección de estos instrumentos que guarda el Palacio Real. «Siempre que voy a Madrid voy a ver los relojes del Patrimonio nacional» y en una de estas ocasiones el guía que explicaba las características de cada objeto preguntó al auditorio: «Estos relojes tienen 500 años, ¿saben por qué siguen funcionando?». Entre risas, Vilas desvela la respuesta: «Porque entonces no había garantía».  

Explica como los relojes que guarda en su taller siguen en perfecto funcionamiento e indica que el único secreto es mantener engrasado su mecanismo, pero hasta llegar ahí, a que el reloj vuelva a funcionar ha habido que encontrar «el motor», las pesas que ponen en marcha toda la mecánica.

La pasión por los quinques

Santiago Vilas atesora las lámparas que iluminaban el hogar en el que se crió, en Vedra. Se trata de quinqués metálicos de pequeño tamaño que fueron la clave para despertar en este «componedor» de objetos la pasión por los quinqués. Una pasión que una vez más queda patente en su taller, en el que conserva –restaurados y reparados– quinqués de diversas procedencias y épocas. 

«El más joven tiene más de cien años», cuenta Vilas, que relata que al principio todas estas lámparas eran metálicas, «pero después llegó el cristal tallado, el estilismo» y cambiaron también los materiales con los que se realizaban las bases. Es el caso de un quinqué procedente de la fábrica de porcelana de Imari (Japón). Santiago se entusiasma mostrando su catálogo de botones –el mecanismo que sirve para encender y apagar la lámpara–, pues en el siglo XIX, sobre todo en Francia, había una gran competencia entre las diversas casas que fabricaban quinqués y era en el botón donde ponían su sello.

Francia /vs/ España

A Santiago Vilas le asombra el proteccionismo que Francia tiene con alguna de las antigüedades que se subastan en la red. Cuenta que en una ocasión, pujó por un quinqué, lo consiguió pero inmediatamente un mensaje automático le explicaba que ese objeto no podía salir del país. Pero aunque ésto le sorprende lo valora en positivo frente a la ausencia de cualquiera protección en España. 

«Aquí había verdaderas piezas de valor, en las iglesias, pero lo expoliaron todo». Con esta reflexión Vilas recuerda lo que pasó en una parroquia de Chantada a la que un grupo de vecinos emigrados regaló un pequeño San Miguel de marfil. «Se trataba de una imagen muy cara y de repente, el día de la fiesta, San Miguel no sale en la procesión, para sorpresa de los feligreses». Cuenta Santiago que la razón del cura para no sacar al santo era precisamente el valor del mismo. Pero cuando al año siguiente no volvió a verse en la procesión, «los vecinos montaron en cólera y se dirigieron al palacio arzobispal para mostrar su malestar y exigir que se les mostrara el San Miguel de Marfil». Lo que descubrieron era que el cura de la parroquia había vendido la imagen, regalo de los emigrantes, por 300.000 pesetas.

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