Las monjas que cuidan a las 49 usuarias del Cottolengo de Santiago: «La divina providencia nunca nos ha fallado»
El Cottolengo del Padre Alegre acoge en Santiago a 49 enfermas crónicas: la más joven de solo 12 años; y la mayor, de 95. Cuatro religiosas gestionan el centro, concebido como una gran familia en la que unas se ayudan a otras. No piden dinero ni otro tipo de ayuda; viven gracias a las donaciones que particulares, empresas e instituciones realizan voluntariamente

Las hermanas Giselle y Sabina y la madre Silvia, con Carmiña en una de las salas de estar del Cottolengo de Santiago. / Jesús Prieto

En el mismo momento que se traspasa la puerta del Cottolengo se puede percibir un aura especial. Todo lo que allí se halla se sustenta únicamente en la divina providencia. Es uno de los pilares fundamentales de la congregación que fundó el Padre Alegre, junto con la adoración eucarística y el servicio al enfermo pobre, tal y como explica la madre Silvia, superiora de la casa que la institución tiene en Santiago desde 1951.
«El Señor mueve los corazones de las personas, que comparten lo que tienen con nosotras sin tener que pedírselo»
«El Señor mueve los corazones de las personas, que comparten lo que tienen con nosotras, sin ningún tipo de petición por nuestra parte», señala la madre Silvia, antes de relatar que actualmente en la casa viven 49 enfermas crónicas. «Son todas mujeres: la más joven tiene solo 12 años; y la mayor, 95», detalla. Absolutamente todo, incluidas las facturas de los gastos corrientes y las nóminas de las 25 personas que trabajan en el Cottolengo, se paga con las donaciones que llegan de particulares, empresas o instituciones: «Nosotras nunca pedimos nada ni a nadie; solo a Dios; y todo llega. Ha habido tiempos difíciles, pero la providencia divina nunca ha fallado».
Sobre el perfil de las personas que acogen, la superiora indica que suelen ser mujeres «con una enfermedad crónica e incurable y que no tienen recursos; que sean en principio pobres y que no puedan ser atendidas en otras instituciones o en otros centros». La casa no se concibe como un centro de acogida sin más, sino que impera «el espíritu de familia». De hecho, en el Cottolengo las enfermas que pueden, colaboran en las tareas de la casa o a cuidar a otras enfermas que están impedidas. «Igual que en un hogar, aquí todas, las hermanas y las enfermas tenemos unas tareas», apunta la hermana Giselle, una de las cuatro religiosas que conforman la comunidad.
«Es un regalo poder servir al Señor en las criaturas que más lo necesitan, donde Él está presente; es un regalo que es inmerecido»
Las enfermas que viven en el Cottolengo reciben todos los cuidados no solo de las hermanas, sino también de un equipo de profesionales sanitarios y terapéuticos que cubren todas sus necesidades. Además, de vez en cuando también tienen la oportunidad de salir a conocer otros lugares. La congregación organiza excursiones a otras ciudades para que las usuarias puedan disfrutar. «El año pasado fuimos a Covadonga y varias veces a A Coruña», señala la madre Silvia. Ahora están viviendo el tiempo de Navidad, unas fechas muy señaladas en la casa y con muchas actividades. «Es verdad que se ofrecen muchos grupos para venir: coros, la tuna, la orquesta Olympus, que ha querido venir a amenizarles una mañana... Y también hemos organizando una obra de teatro en la que las propias enfermas son las protagonistas», comenta.
«Dios movió los corazones de mis padres y se entregaron a la parroquia; fue un sacerdote el que nos acercó al Cottolengo»
Durante la visita de EL CORREO GALLEGO a la casa, la madre Silvia y las hermanas Giselle y Sabina nos presentan a Carmiña. Llegó al Cottolengo con solo seis años y desde entonces han pasado 61. «Toda una vida», remarca esta compostelana natural del barrio de San Lázaro. «Me trajeron aquí porque mi familia trabajaba y no me podían atender», relata la mujer. Las hermanas apuntan que se ha convertido en «un puntal» en la casa.
Una madre para las usuarias más jóvenes
«Me gusta la costura y cuidar a los niños», manifiesta. «Y también las excursiones», apunta la madre Silvia, antes de añadir que «Carmiña ha sido una madrecita para todas las niñas jóvenes que tenemos en casa. Nos ha apoyado siempre muchísimo y ha estado muy pendiente de unos bebés que llegaron con tres meses». «Le pido a Dios que vengan niñas», afirma Carmiña con su sonrisa.
Tan interesante como la historia de esta mujer que lleva el Cottolengo en lo más profundo del alma es la de las tres religiosas. La hermana Giselle descubrió el Cottolengo en Colombia, su país, hace veinte años. «Es un regalo poder servir al Señor en las criaturas que más lo necesitan, donde Él está presente; es un regalo que es inmerecido», comenta la religiosa, tras confesar que la primera vez que entró en un Cottolengo dijo: «Yo aquí no vuelvo». Sin embargo, expresa, «el Señor fue moviendo sus caminos y aquí estoy».
«Me trajeron aquí porque mi familia trabajaba y no me podían atender. Me gusta mucho la costura y cuidar a las niñas»
La hermana Sabina nació en Benidorm en una familia no practicante, pero «Dios movió los corazones de mis padres, que se entregaron totalmente a ayudar en la parroquia, donde conocieron a varios sacerdotes. Uno de ellos, Francisco Coello, les invitó a ir un 28 de diciembre al Cottolengo de Alicante; siempre iba ese día porque decía que las personas que estaban allí eran santos inocentes». Esta experiencia la animó a ser voluntaria y años más tarde dio el paso de empezar el noviciado.
La madre Silvia es la superiora de la casa de Santiago. «Tuve el regalo de Dios de que mis padres eran unas personas que vivían en la fe y estaban muy integrados en mi parroquia. Yo era una chica normal y corriente, también salía el fin de semana, tenía a mis amigos y me lo pasé pipa. Pero unas vacaciones de Navidad, y gracias a una amiga que se hizo religiosa, decidí pasarlas en el Cottolengo de Barcelona». Al regresar a Talavera de la Reina, su pueblo, la idea del Cottolengo del Padre Alegre no se le iba de la cabeza y al final decidió dar el paso. «La verdad es que no lo cambio por nada», concluye.
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