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Jesús Prieto
Ver galería >Cubrir un festival no es solo presionar el disparador. Es llegar antes, estudiar programaciones, montar equipo y correr contra el reloj entre fosos, carpas de prensa y miradas furtivas entre el público. Durante tres días, los fotógrafos de prensa capturan emociones ajenas sin tiempo para vivirlas, intentando contar con la cámara lo que pasa delante y detrás de los focos. Porque entre luces, gestos y canciones que se cuelan sin permiso, también nace otra forma de emoción: la de contar historias en imágenes.
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Cubrir un festival no es solo presionar el disparador. Es llegar antes, estudiar programaciones, montar equipo y correr contra el reloj entre fosos, carpas de prensa y miradas furtivas entre el público. Durante tres días, los fotógrafos de prensa capturan emociones ajenas sin tiempo para vivirlas, intentando contar con la cámara lo que pasa delante y detrás de los focos. Porque entre luces, gestos y canciones que se cuelan sin permiso, también nace otra forma de emoción: la de contar historias en imágenes.
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Cubrir un festival no es solo presionar el disparador. Es llegar antes, estudiar programaciones, montar equipo y correr contra el reloj entre fosos, carpas de prensa y miradas furtivas entre el público. Durante tres días, los fotógrafos de prensa capturan emociones ajenas sin tiempo para vivirlas, intentando contar con la cámara lo que pasa delante y detrás de los focos. Porque entre luces, gestos y canciones que se cuelan sin permiso, también nace otra forma de emoción: la de contar historias en imágenes.
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Cubrir un festival no es solo presionar el disparador. Es llegar antes, estudiar programaciones, montar equipo y correr contra el reloj entre fosos, carpas de prensa y miradas furtivas entre el público. Durante tres días, los fotógrafos de prensa capturan emociones ajenas sin tiempo para vivirlas, intentando contar con la cámara lo que pasa delante y detrás de los focos. Porque entre luces, gestos y canciones que se cuelan sin permiso, también nace otra forma de emoción: la de contar historias en imágenes.
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Cubrir un festival no es solo presionar el disparador. Es llegar antes, estudiar programaciones, montar equipo y correr contra el reloj entre fosos, carpas de prensa y miradas furtivas entre el público. Durante tres días, los fotógrafos de prensa capturan emociones ajenas sin tiempo para vivirlas, intentando contar con la cámara lo que pasa delante y detrás de los focos. Porque entre luces, gestos y canciones que se cuelan sin permiso, también nace otra forma de emoción: la de contar historias en imágenes.
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Cubrir un festival no es solo presionar el disparador. Es llegar antes, estudiar programaciones, montar equipo y correr contra el reloj entre fosos, carpas de prensa y miradas furtivas entre el público. Durante tres días, los fotógrafos de prensa capturan emociones ajenas sin tiempo para vivirlas, intentando contar con la cámara lo que pasa delante y detrás de los focos. Porque entre luces, gestos y canciones que se cuelan sin permiso, también nace otra forma de emoción: la de contar historias en imágenes.
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Cubrir un festival no es solo presionar el disparador. Es llegar antes, estudiar programaciones, montar equipo y correr contra el reloj entre fosos, carpas de prensa y miradas furtivas entre el público. Durante tres días, los fotógrafos de prensa capturan emociones ajenas sin tiempo para vivirlas, intentando contar con la cámara lo que pasa delante y detrás de los focos. Porque entre luces, gestos y canciones que se cuelan sin permiso, también nace otra forma de emoción: la de contar historias en imágenes.
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