Una ciudad santa, una miseria muy terrenal
Inspirado en un reportaje fotográfico de Antonio Hernández.

Una ciudad santa, una miseria muy terrenal / Antonio Hernández
En Santiago de Compostela la Navidad huele a castañas asadas, a chocolate con churros y a piedra mojada. Las luces, discretas en la estrella, cuelgan aquí y allá adornando como promesas cumplidas y la ciudad, vieja y solemne, se disfraza de algo amable. Pero no todos miran las luces hacia arriba. Algunos las ven reflejadas en el suelo, desde la altura de un cartón húmedo.
Para los mendigos, los sintecho, la gente sin hogar, la Navidad no empieza el 24 de diciembre ni termina el día de Reyes. Es el mismo invierno de siempre, solo que con más ruido alrededor y más silencio por dentro.

Una ciudad santa, una miseria muy terrenal / Antonio Hernández
La noche más larga
Cuando cae la noche, el frío se mete en Santiago como un animal que sabe dónde morder. Se cuela por los soportales, se pega a los bancos de piedra, se adhiere a la ropa sucia que ya no abriga. Hay cuerpos que se pliegan en las dársenas de autobuses, en cajeros automáticos, bajo los soportales de la zona vieja. Dormir no es descansar: es resistir.

Una ciudad santa, una miseria muy terrenal / Antonio Hernández
La Nochebuena es especialmente dura. Las calles se vacían pronto. Las familias se encierran. Las puertas se cierran con un clic seco que suena a frontera. Para quien duerme en la calle, esa noche no tiene cena especial ni sobremesa larga: tiene horas que no pasan, pies entumecidos y el miedo constante a no despertar.
Algunos consiguen una cama en un albergue. Otros no. No hay sitio para todos, nunca lo hay. Y quien queda fuera aprende a no quejarse: la queja no da calor.

Una ciudad santa, una miseria muy terrenal / Antonio Hernández / v
Comer lo justo para seguir en pie
La comida llega a veces en forma de caridad: un caldo caliente, un bocadillo envuelto en papel, un café servido deprisa. No hay mesas largas ni manteles. Se come de pie, sentado en un bordillo, mirando alrededor. Se come para no caerse, no para celebrar.
La Navidad duele más cuando el estómago está vacío y la ciudad presume de abundancia. Mientras unos hablan de excesos, otros cuentan monedas para un bollo industrial. El contraste no es simbólico: es físico, real, áspero. Aquí no hay turrón, hay hambre con frío.

Una ciudad santa, una miseria muy terrenal / Antonio Hernández
La soledad amplificada
La soledad existe todo el año, pero en Navidad grita. Las conversaciones ajenas —familia, recuerdos, planes— se convierten en un eco cruel. Muchos de los que viven en la calle arrastran historias rotas: trabajos perdidos, adicciones, enfermedades mentales, familias que ya no llaman o que nunca existieron. En estas fechas, esos fantasmas se sientan al lado.
Hay quien evita las zonas iluminadas porque duele mirar. Otros se quedan allí, observando desde fuera, como si fueran espectadores de una vida que ya no les pertenece.

Una ciudad santa, una miseria muy terrenal / Antonio Hernández
Una ciudad santa, una miseria muy terrenal
Santiago, meta de peregrinos, ciudad de fe y acogida, convive con esta realidad sin mirarla de frente. La pobreza no encaja bien en las fotos, ni en los discursos. Los sin hogar se vuelven paisaje: están ahí, pero no se ven. No piden milagros. Piden no ser invisibles.
Mientras las campanas de la Catedral suenan por Navidad, hay quienes no tienen a quién abrazar ni dónde volver. La ironía es brutal: una ciudad construida alrededor del mensaje de hospitalidad convive con hombres y mujeres que pasan la noche a la intemperie, envueltos en mantas rotas, esperando que amanezca.

Una ciudad santa, una miseria muy terrenal / Antonio Hernández
Navidad sin redención
Para muchos sin hogar en Santiago, la Navidad no trae esperanza ni segundas oportunidades. Trae más frío, más soledad y la certeza de que el día siguiente será igual. No hay final feliz, solo continuidad.
Cuando el 26 de diciembre las luces siguen encendidas y la ciudad vuelve poco a poco a su rutina, ellos siguen ahí. En el mismo banco. En el mismo portal. En la misma esquina.
La Navidad pasa.
La calle se queda.
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