El abrazo argentino a Troyanos de Compostela
Crónica de un viaje pletórico de músicas, emociones y afectos

Troyanos de Compostela, en el aeropuerto de Barajas, tras regresar de su gira argentina entre noviembre y diciembre pasados.
Manolo Fraga
Los aplausos hicieron interminable el festival. Tres horas de canciones, abrazos y presentaciones en el Teatro Español de Comodoro Rivadavia fueron insuficientes ante un público expectante por ver las agrupaciones que habían venido de España, así como la actuación de los anfitriones: Abremiless, tuna lírica patagónica que en su variado repertorio luce folclore argentino, tangos y zarzuelas. Antes habíamos ocupado las tablas la Tuna de Veteranos de A Coruña y Troyanos de Compostela. «Rebuenísimo. Solo ustedes han llenado el teatro así», me diría Juan, con familia en O Grove. Entre tanto, Ricardo, un veterano de la agrupación herculina, comentaría que se le pone «la piel de gallina» cuando Los Troyanos cantamos «Lela». Durante nuestra actuación homenajeamos a la abremiless Vicky Fernández –argentina, pero con familia en Ribeira– por su decisiva contribución al éxito del certamen, pero también al extraordinario viaje que la agrupación patagónica realizó en septiembre de 2024 a Galicia, actuando en la iglesia santiaguesa de San Fernando. La noche finalizaría con un generoso aperitivo en el propio Teatro Español, propiedad de la Asociación Española de Comodoro. La entidad posee dos sanatorios privados con una plantilla de 440 empleados, de los que 180 son médicos. Lo cierto es que la intensidad emocional de este primer concierto sería la tónica dominante durante toda la gira.
De vuelta a Buenos Aires, tres horas de avión, desembarcamos en el Centro Galicia, cuyo secretario general, Cristian Moares, nos hizo la hospitalidad. «Están ustedes en casa», fue su saludo. Tras un asado criollo compartido con unas seiscientas personas, volvimos a cantar y a mezclarnos con nuestros paisanos, pletóricos de alegría y morriña a la vez. El presidente troyano, Benigno Amor, bailó con Karina, mientras yo hacía lo propio con mi prima Rosmar. Ella y su marido, Omar, me llevarían una tarde a Nuestra Señora de Luján, un santuario de peregrinación donde hice memoria de los míos. Entre fotos, vídeos y afectos discurrió la fiesta en el imponente complejo deportivo de Finca Los Olivos, que tiene una plaza con un escenario de obra y un mural con la imagen de la Praza da Quintana.
Tuvimos jornada libre al día siguiente, así que me fui con Agustín Pena –amigo y forofo troyano que nos acompañó en esta peripecia cultural– a casa de su familia. Sus primos Héctor, Lidia y Roberto nos agasajaron con ricas viandas y un montón de cariño. Tras una noche reparadora, por la mañana cerramos el curso en el colegio Santiago Apóstol, que dirige el filólogo de Cedeira Carlos R. Brandeiro. Vino por un año y lleva veinticinco en el centro educativo que tiene unos 500 alumnos y 120 docentes. Están muy orgullosos porque acaban de lograr del Ministerio español la acreditación para acceder a todo el espacio europeo de educación superior. Allí gozamos de «A derradeira leición do mestre», sobrecogedor cuadro de Castelao que vendrá a la Cidade da Cultura en primavera.
Otro día también visitamos el histórico Centro Gallego, un hospital de cinco pisos frente a la bellísima iglesia de Santa Rosa de Lima. Allí falleció Castelao en 1950, cuya habitación mortuoria –ubicada hoy en el ala de Psiquiatría– se conserva como una reliquia venerada con devoción. La instalación sanitaria está hoy en manos de la empresa Red BASA, pero se mantienen dependencias como la biblioteca, el salón de actos y las oficinas de dirección, donde cuelgan Colmeiros, Laxeiros… Ya decía Otero Pedrayo que no se entiende Galicia sin Buenos Aires, la quinta provincia.
No perdimos tampoco la ocasión de ver a Carlitos Gardel en un musical de la calle Corrientes, una obra que ficciona con maestría el encuentro del Zorzal criollo con un joven Frank Sinatra en Nueva York. También descubrimos la mejor pizza del mundo en Güerrin, donde cientos de personas la devoran. Otro personaje imprescindible de aquellas tierras es Eva Duarte de Perón, que había plantado un árbol en la Alameda compostelana y cuyos restos reposan en el cementerio de La Recoleta.
Un par de conciertos más, en centros asturianos de Lanús y Buenos Aires, pusieron la nota final a este viaje gozoso, instructivo y emocionante. En sendos escenarios nos acompañó el mismo aire de celebración jubilosa, compartida con todos los públicos. El cierre vibrante de las tres agrupaciones incluía la «Zamba de mi esperanza», canción que me refrescaba la angustia existencial de juventud y el tiempo que va pasando, tal como dice la pieza que popularizaron Jorge Cafrune y Los Chalchaleros. Facundo Saravia, hijo de uno de los fundadores de Los Chalchas y miembro actual del grupo salteño, nos hizo llegar un audio con un saludo muy especial para Troyanos deseándonos que lo pasásemos «lindo» por estas tierras argentinas, en las que debo afirmar que nos sentimos en casa. ¡Volveremos!
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