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Más cocaína, más pura y reparto exprés: las claves del consumo de 'fariña' en Santiago

La sobreoferta reduce los cortes de la droga y eleva las cantidades en el mercado

Entregas en motocicleta o patinete: un modelo más rápido y difícil de detectar

Control policial en el barrio de Fontiñas, en Santiago.

Control policial en el barrio de Fontiñas, en Santiago. / Antonio Hernández

Arturo Reboyras

Arturo Reboyras

Santiago

Tras los datos publicados esta semana por el Observatorio Europeo de las Drogas y las Toxicomanías, que sitúan a Santiago en niveles récord de presencia de cocaína en aguas residuales, las fuentes policiales especializadas en estupefacientes dibujan un escenario que va más allá del consumo y apunta directamente a un cambio profundo en el mercado: nunca hubo tanta oferta, nunca fue tan accesible para las redes y nunca se distribuyó con tanta rapidez en el ámbito urbano.

Según estas fuentes, el origen de esta situación hay que buscarlo en el contexto internacional surgido tras la pandemia, cuando la producción de cocaína en países andinos, con Colombia a la cabeza, se disparó hasta cifras inéditas tanto en superficie cultivada como en toneladas de clorhidrato listas para su exportación. Ese incremento sostenido —que ha llevado a superar ampliamente las 250.000 hectáreas de cultivo y a duplicar los niveles de producción en menos de una década— generó un excedente que los cárteles han tenido que colocar en los mercados europeos, favorecidos además por el endurecimiento de los controles en Estados Unidos ante la crisis del fentanilo. «Europa se ha convertido en un destino prioritario porque hay mucha mercancía y necesitan darle salida», explican fuentes policiales.

Este exceso de oferta ha tenido un reflejo directo en el precio al por mayor en España, que se encuentra en mínimos históricos. De acuerdo con los datos que manejan las unidades especializadas, el kilo de cocaína se ha desplomado desde los más de 40.000 euros que se pagaban en el entorno de 2016-2017 hasta cifras que en la actualidad se sitúan por debajo de los 20.000 euros, con partidas que incluso se mueven en torno a los 15.000. «El precio ha caído a menos de la mitad porque la cantidad disponible es enorme y los márgenes se ajustan para garantizar la salida del producto», señalan.

Sin embargo, esa caída no ha tenido traslación en el mercado minorista en Santiago, donde el precio del menudeo se mantiene prácticamente invariable desde hace décadas. El gramo continúa vendiéndose en torno a los 60 euros —el equivalente a las 10.000 pesetas de los años noventa—, aunque en determinados circuitos de clientes habituales se detectan ofertas de dos gramos por 100 euros que reducen ligeramente el coste unitario. Esta aparente contradicción responde, según las fuentes consultadas, a una lógica de mercado clara: la demanda sigue siendo elevada y constante, lo que permite mantener precios estables pese al abaratamiento en origen.

Calidad superior

La gran diferencia respecto a etapas anteriores no está, por tanto, en el precio final, sino en la calidad del producto que circula. Las fuentes policiales coinciden en que la cocaína actual presenta niveles de pureza significativamente superiores a los de décadas pasadas, cuando el alto coste obligaba a los traficantes a multiplicar los cortes para maximizar beneficios. En el escenario actual, la abundancia de mercancía permite operar con márgenes suficientes sin necesidad de adulterar en exceso la sustancia, lo que se traduce en una droga más potente y con mayor concentración de principio activo. «Ahora mismo se vende una cocaína mucho más limpia porque es más barata para las redes y no necesitan manipularla tanto», explican.

Este aumento de la pureza tiene un impacto directo tanto en el consumo como en los indicadores que lo miden. Al contener menos adulterantes, cada dosis incorpora una mayor cantidad de cocaína real, lo que intensifica sus efectos y eleva la presencia detectable en análisis indirectos. «No es solo que haya más consumo, es que lo que se consume tiene más sustancia activa», apuntan, una circunstancia que ayuda a explicar los niveles récord detectados en Santiago en los estudios recientes.

Sistema de reparto

En paralelo, el sistema de distribución ha experimentado una transformación profunda que ha reducido la visibilidad del tráfico sin disminuir su actividad. El modelo tradicional basado en puntos fijos o narcopisos ha ido perdiendo protagonismo frente a un sistema más dinámico, basado en encargos previos y entregas rápidas en ubicaciones pactadas. En Santiago, según las fuentes policiales, este funcionamiento es ya predominante y opera con una lógica similar a la de un servicio de reparto: contacto directo, pedido inmediato y entrega en pocos minutos.

La logística de estas entregas se apoya en medios cada vez más variados y adaptados al entorno urbano. Los repartidores utilizan motocicletas para desplazamientos rápidos, turismos cuando las condiciones lo requieren y, de forma creciente, patinetes eléctricos, que permiten moverse con agilidad por zonas de tráfico restringido y reducir la exposición. «Es un sistema eficaz porque evita concentraciones de venta y dificulta la actuación policial», señalan.

Detrás de este modelo, las investigaciones sitúan a redes cada vez más estructuradas y profesionalizadas, muchas de ellas vinculadas a organizaciones internacionales que actúan como suministradoras de los grupos locales. Estas estructuras garantizan el flujo constante de droga y organizan su distribución mediante circuitos estables, en los que los repartidores desempeñan un papel clave. A su alrededor, se mantiene la figura del pequeño traficante tradicional —los conocidos «trapis»—, que sigue operando en determinados entornos de ocio, aunque con un peso cada vez menor dentro del conjunto del mercado.

Los investigadores también han detectado cambios en los hábitos de consumo en la ciudad, con una presencia cada vez más visible de cocaína en franjas horarias y contextos donde antes era menos habitual, como las jornadas de tardeo en fines de semana y festivos en zonas del casco histórico.

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