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La mercería de Santiago "anclada en el pasado" donde las aprendizas de costura iban a estudiar botones

El negocio de los hermanos Delgado sobrevive desde 1948 a los cambios de la ciudad: "Antes había una mercería en cada esquina y fueron cerrando"

Anxos Delgado, propietaria de esta mercería histórica de Santiago de Compostela.

Anxos Delgado, propietaria de esta mercería histórica de Santiago de Compostela. / Jesús Prieto

Con curiosidad, con prisa o retorciéndose las manos nerviosas. Así entraban las aprendizas de costura en la mercería Algui durante los años 50 y 60, cuando comprar un traje o una sábana fabricada era una suerte de excentricidad.

Las instructoras las mandaban al establecimiento para que recogieran varios cartones de botones, se los mostraran y pudieran escoger los más adecuados. "Miña nai falábame moitas veces delas. Cada taller tiña entre oito e dez estudantes de costura, porque todo se facía na casa", recuerda Anxos Delgado con nostalgia.

Ella es, junto a su hermano Juan, la tercera generación al frente de este histórico negocio de Compostela, que ha visto cambiar el mundo desde un pequeño rincón de la Rúa do Vilar. Allí abrió sus puertas en 1948 de la mano de sus abuelos, Alfredo Núñez y Leopolda Lois, que se mudaron a Santiago para que su hija María Luisa estudiara.

Leopolda (derecha) y María Luisa (izquierda), abuela y madre de los actuales propietarios de Algui.

Leopolda (derecha) y María Luisa (izquierda), abuela y madre de los actuales propietarios de Algui. / Instagram/@santiago_vello

Aunque hoy es una de las mercerías más consolidadas de la urbe -y, dice su dueña, "uno de los comercios más antiguos"-, cuando empezó apuntaba más a un almacén desnortado. "Vendíanse lápices e alpargatas de esparto, zapatillas, cepillos de dentes e caligrafías, nada que ver", cuenta con humor la propietaria, que regenta el local desde hace poco más de diez años.

A sus clientes, muchos de ellos ya amigos, todavía les asombra la rapidez con la que localiza una cinta o el tono exacto de un hilo entre toda la mercancía. Pero es que Algui era, desde bien pequeña, su patio del recreo. "Nós xogabamos por aquí e, como a estrutura segue a ser a mesma, resúltame doado. Non é como alguén que teña que aprender de cero", explica la dueña, cuyo pasatiempo favorito era inventar fantasías sobre el antiguo suelo hidráulico del local.

El que ahora pisa con su hermano ya no es el mismo, ni las luces que le permiten rebuscar entre los alfileres, pero sí las estanterías y el mostrador sobre el que se apoya. A través de él, cuenta, ha forjado numerosas amistades, porque ser mercera es mucho más que despachar artículos de costura.

Para Delgado, se trata de "un traballo moi satisfactorio", que le ha permitido conocer "a moita xente" y continuar el legado de su familia. Aunque no fuera, como admite, su idea inicial. "Eu estudei Psicoloxía, pero, cando acabei a carreira, non había traballo e empecei a botar unha man. Ao final seguín aquí e hoxe estou moi contenta", asegura.

Exactamente lo mismo, aunque unas décadas antes, le sucedió a su madre. Ella también estudió, "pero acabou na mercería", en unos tiempos, quizá, más amables para el negocio. "Antes había unha mercería en cada esquina e foron pechando. E ningunha abre, non lle vexo futuro".

Mercería Algui, la reina de los pantis en Compostela

En algún punto entre el almacén de sus inicios y el local icónico que es ahora, Algui se convirtió en el templo de los pantis. Los tenía de todos los tipos, finos y elegantes para el verano, tupidos para protegerse durante los meses de invierno y ajustados a todos los gustos para que las señoras se los llevaran en sus bolsas.

Después llegó el pantalón y las medias empezaron a verse menos. "Hoxe pós pantis un día de festa, pero o pantalón impúxose. Incluso as mulleres maiores, que eran as que máis os mercaban, agora levan pantalón de punto e van ben abrigadas", comenta Delgado.

Aunque considera que el suyo es "un negocio básico", cree que su futuro es difícil de discernir. Y es que, al tiempo que bajan las ventas de su producto estrella, también va cruzando el umbral alguna chica joven que, como aquellas aprendizas del siglo pasado, están aprendiendo a coser.

En cosa de "tres ou catro anos", no obstante, ninguna de ellas podrá acudir ya a Algui para encontrar el hilo perfecto para botones y dobladillos. Tanto Juan como Anxos están al borde de la jubilación y su mercería, un comercio de casi un siglo de historia, cerrará con ellos salvo que surja quien esté dispuesto a rescatarla.

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