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¿Por qué la Catedral de Santiago tiene pánico a las tormentas de rayos?

Un relámpago atravesó el templo en 1583 y dio origen a una tradición que mezcló miedo, fe y memoria colectiva

El historiador Jorge García García rescata los episodios en los que las tormentas pusieron en jaque al principal símbolo compostelano

La Catedral de Santiago ha recibido varios impactos de rayos en el transcurso de la historia.

La Catedral de Santiago ha recibido varios impactos de rayos en el transcurso de la historia. / ECG

Arturo Reboyras

Arturo Reboyras

Santiago

La Catedral de Santiago no solo ha sido testigo de siglos de peregrinaciones, arte y fe. También ha vivido episodios tan extraordinarios como inquietantes. Uno de ellos, prácticamente olvidado fuera de círculos especializados, ha sido rescatado recientemente por el historiador Jorge García García en la publicación Galicia Histórica, editada por el Archivo-Biblioteca de la Catedral. Su relato reconstruye un suceso ocurrido en 1583 que marcó profundamente la memoria colectiva compostelana: un rayo que no solo impactó en el templo, sino que llegó a recorrer su interior. Según recoge el autor, aquel viernes 20 de mayo, en plena celebración de vísperas, “cayó un rayo del cielo con mui grandes truenos y andubo por la dicha santa iglesia e coro della”, tal y como se recoge en los textos documentales de la época. El fenómeno, tan insólito como aterrador, provocó desmayos y heridas leves entre los presentes. Sin embargo, lo que más sorprendió fue lo que no ocurrió: nadie murió. Para los testigos, aquello no fue casualidad, sino un milagro.

La reacción no se hizo esperar. El cabildo compostelano interpretó el suceso como una manifestación de la misericordia divina. En un contexto de pobreza y dificultades, decidieron agradecer públicamente lo que consideraban una protección sobrenatural. Así nació la llamada “festa do raio”, una celebración destinada a conmemorar el suceso y perpetuar su recuerdo. No se trató de un gesto simbólico menor. Se repartieron 300 ducados en limosnas y se estableció una memoria perpetua que debía repetirse año tras año. El miedo al rayo se transformó así en un acto de devoción colectiva, una mezcla de temor ancestral y gratitud religiosa.

Cuando el cielo vuelve a golpear

Lejos de quedar como un episodio aislado, los rayos volverían a poner a prueba la solidez —física y espiritual— del templo. En diciembre de 1729, otro impacto sacudió la catedral. Inicialmente se celebró una misa de acción de gracias porque, de nuevo, parecía que no había daños graves. Sin embargo, poco después, las inspecciones revelaron una realidad mucho más compleja. El propio García García recoge descripciones estremecedoras: un estruendo “tan espantoso que aterró los hombres”, una iluminación súbita del interior del templo y un “pestilente olor sulfúreo” que dejó claro lo ocurrido. El rayo no solo había impactado, sino que se había fragmentado en múltiples centellas que recorrieron distintos espacios: la capilla de las Reliquias, el coro, la puerta del Obradoiro e incluso el claustro.

A pesar de los daños estructurales —piedras desplazadas, muros agrietados, elementos arquitectónicos destruidos—, el relato insiste en lo que se consideró más relevante: la ausencia de víctimas. En un edificio lleno de fieles, capellanes y campaneros, nadie perdió la vida. “La misericordiosa mano de Dios quiso encaminarle”, se decía entonces.

El día en que sí hubo tragedia

Pero esa protección no fue absoluta. En 1731, un nuevo rayo impactó en la torre del reloj y provocó la muerte del criado del campanero. Fue un golpe que rompía, en cierto modo, la narrativa del milagro constante. Aun así, el relato de los daños —con piedras arrancadas, estructuras debilitadas y un recorrido casi caprichoso de la descarga— seguía alimentando la idea de un fenómeno tan destructivo como imprevisible. La catedral, sólida y monumental, parecía sin embargo vulnerable ante la furia del cielo.

Durante siglos, la interpretación de estos fenómenos estuvo dominada por la fe. Los rayos eran vistos como manifestaciones divinas, signos de poder o advertencia. Sin embargo, el avance científico empezó a ofrecer nuevas respuestas. En 1752, explica el autor de la investigación, Benjamin Franklin inventó el pararrayos, una solución que cambiaría la relación entre la arquitectura y las tormentas.

En Santiago, no obstante, la adopción de esta tecnología fue lenta. No fue hasta 1867 cuando el cabildo solicitó oficialmente su instalación, y habría que esperar aún más para verlo materializado. Durante siglos, la catedral convivió con el riesgo, entre la resignación y la fe. Hoy, la “festa do raio” es poco conocida, pero forma parte de ese tejido invisible que construye la identidad histórica de un lugar. Más allá del dato curioso, revela cómo las sociedades del pasado interpretaban lo inexplicable, cómo transformaban el miedo en ritual y cómo encontraban sentido en medio de la incertidumbre.

La Catedral de Santiago, símbolo de piedra y espiritualidad, guarda también estas historias de fuego y cielo. Relámpagos que no solo iluminaron sus muros, sino que dejaron una huella duradera en la memoria de quienes los vivieron. Y quizá por eso, todavía hoy, cuando una tormenta estalla sobre Compostela, hay quien mira hacia las torres y recuerda que, durante siglos, el mayor temor no era la lluvia… sino que el cielo decidiera entrar en la catedral.

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