De Compostela a Manila: cuando la aviación llevó esperanza a los gallegos emigrantes
El teniente coronel Marcelino Sempere Doménech ofrece este miércoles una conferencia en Santiago sobre el centenario de los grandes vuelos de la aviación española
La gesta de la Escuadrilla Elcano conectó continentes… y también a los emigrantes gallegos con su tierra
“La aviación llevó ilusión a quienes estaban a miles de kilómetros de casa”, destaca el historiador

Marcelino Sempere Doménech, teniente coronel del Ejército del Aire y del Espacio / Cedida

Santiago se convierte esta semana en punto de encuentro entre historia, aviación y memoria colectiva. La ciudad acoge este miércoles (19.30 horas) una conferencia del teniente coronel Marcelino Sempere Doménech en la Real Sociedad Económica de Amigos del País, en el marco del centenario de los grandes vuelos de la aviación española. Una cita que no solo recupera una de las mayores gestas aeronáuticas del país, sino que la conecta directamente con la historia emocional de Galicia y de sus emigrantes.
El año 1926 marcó un punto de inflexión. Fue el inicio de una década de grandes raids aéreos con los que España buscaba recuperar prestigio internacional tras años de crisis políticas y sociales. En ese contexto nacieron expediciones como el Plus Ultra o la Escuadrilla Elcano, capaces de cruzar continentes en una época en la que volar seguía siendo una aventura incierta. “España necesitaba recuperar la ilusión y el optimismo, y encontró en la aviación un instrumento para mejorar su imagen en el exterior”, explica Sempere.
Entre los protagonistas de aquella epopeya destaca la figura de Joaquín Loriga Taboada, a quien el historiador define como un referente no solo por su pericia técnica, sino también por su liderazgo y su carácter. Frente a otras figuras más controvertidas de la época, Loriga encarnaba el equilibrio: “Era una persona discreta, muy respetada y querida dentro de la aviación, con grandes capacidades intelectuales y técnicas”. Su papel en el raid Madrid-Manila fue decisivo, especialmente en los momentos más críticos, cuando tuvo que afrontar una de las averías más graves y lograr un aterrizaje de emergencia en condiciones extremas.
Porque si algo define a aquella expedición es la combinación de planificación y resistencia. Lejos de ser una aventura improvisada, el vuelo fue cuidadosamente diseñado, pero la realidad obligó a los aviadores a enfrentarse a un sinfín de imprevistos: condiciones meteorológicas extremas, fallos mecánicos, navegación sin ayudas modernas o aterrizajes en terrenos improvisados. “Tenían que demostrar resiliencia en cada etapa”, señala Sempere. Volaban en cabinas abiertas, expuestos al calor, la lluvia o la arena del desierto, sin radio en muchos casos y con sistemas de navegación rudimentarios. Cada jornada era un desafío.
Sin embargo, más allá de la hazaña técnica, el impacto de estos vuelos fue también profundamente simbólico. Allí donde aterrizaban, despertaban entusiasmo y emoción. Y en ese fenómeno, Galicia jugó un papel inesperado pero fundamental. “Donde llegaban los aviadores españoles, había un gallego esperándoles”, resume Sempere. En ciudades como Buenos Aires, la comunidad gallega era tan numerosa que estos vuelos se vivían como un acontecimiento propio. La llegada de un avión desde España suponía mucho más que una proeza: era un vínculo con la tierra de origen, una conexión emocional en una época en la que emigrar significaba, en muchos casos, no volver.
Ese paralelismo entre las rutas aéreas y la emigración gallega es uno de los aspectos que el historiador destaca con más fuerza. La aviación, todavía incipiente, se convirtió en un símbolo de cercanía en un mundo donde las distancias eran enormes. “El avión llevaba ilusión a esos emigrantes que estaban a miles de kilómetros”, afirma. Un papel que, con el paso del tiempo, se consolidaría hasta convertirse en algo cotidiano: hoy, gracias al transporte aéreo, miles de gallegos pueden regresar cada año a casa, algo impensable hace un siglo.
En ese contexto, Santiago emerge como un enclave clave para preservar y divulgar esta memoria. No solo como capital cultural, sino también como referencia aeronáutica en Galicia. La presencia de infraestructuras, junto con el desarrollo de proyectos tecnológicos como el aeródromo de Rozas, sitúan a la comunidad en la vanguardia del sector. “Santiago es hoy la capital aeronáutica de Galicia”, subraya Sempere, reivindicando el papel de la ciudad en la conservación de este legado histórico.
Cien años después, la gesta del vuelo Madrid-Manila sigue ofreciendo lecciones vigentes. Valores como la disciplina, el compañerismo, la preparación técnica o la capacidad de sacrificio continúan siendo esenciales en la aviación actual. Pero también permanece su dimensión humana: la de quienes, en condiciones límite, fueron capaces de abrir rutas, conectar continentes y, sin saberlo, emocionar a toda una generación de gallegos repartidos por el mundo.
La conferencia de este miércoles en Santiago no es solo una mirada al pasado. Es una invitación a redescubrir una historia que también pertenece a Galicia. Una historia de riesgo, de ambición y de vínculos invisibles que, hace un siglo, ya unían a Compostela con los cielos de medio mundo.
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