Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

¿Es Santiago más insegura que antes? La realidad del contraste entre cifras y percepción

Colectivos vecinales de zonas como Santa Marta o el Ensanche denuncian cada vez más problemas de convivencia en sus barrios, pero los datos oficiales no revelan que hayan aumentado los delitos

Efectivos de la Policía Nacional en la Praza do Obradoiro, en el casco histórico de Santiago.

Efectivos de la Policía Nacional en la Praza do Obradoiro, en el casco histórico de Santiago. / Antonio Hernández

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Eladio Lois

Eladio Lois

Santiago de Compostela

Santiago no vive, según los datos oficiales, una explosión generalizada de delincuencia. No obstante, en algunos barrios la sensación es otra. En Santa Marta, en el Ensanche o en distintos puntos del centro de la ciudad, las asociaciones vecinales llevan semanas trasladando un mensaje de hartazgo ante lo que describen como una degradación de la convivencia: peleas vinculadas al ocio nocturno, puntos de venta de droga, consumo visible, conflictos en la calle, ruido de madrugada y episodios que, aunque no siempre acaben reflejados en una denuncia, alteran la vida diaria de los vecinos.

La paradoja está ahí. Mientras varias plataformas hablan de una situación límite, los últimos datos del Ministerio del Interior no apuntan a un incremento generalizado de la delincuencia en Santiago. En el primer trimestre del año, las infracciones penales registradas en la ciudad bajaron respecto al mismo periodo anterior. También descendieron varias categorías de la criminalidad convencional, aunque con excepciones concretas, como los robos con fuerza en domicilios, que sí aumentaron.

Entonces, ¿por qué hay vecinos que sienten que Santiago es hoy una ciudad más insegura? ¿Cómo se explica que los datos y la percepción ciudadana caminen en direcciones distintas?

Para Jorge Sobral, catedrático de Universidad en el área de Psicología Social y director del departamento de Ciencia Política y Sociología de la Universidade de Santiago de Compostela, esa distancia no es extraña. Al contrario: se repite en muchos contextos.

Jorge Sobral, catedrático de Universidad en el área de Psicología Social y director del departamento de Ciencia Política y Sociología de la Universidade de Santiago de Compostela,

Jorge Sobral, catedrático de Universidad en el área de Psicología Social y director del departamento de Ciencia Política y Sociología de la Universidade de Santiago de Compostela, / Cedida

Aunque el experto en Sociología señala que es imposible analizar la realidad de cada barrio por no existir informes criminológicos tan específicos, sí enmarca el fenómeno en algo ampliamente analizado desde las ciencias sociales: la inseguridad no se construye solo a partir del número de delitos registrados, sino también "a través de la conversación cotidiana". Es decir, de las experiencias cercanas, los episodios visibles y, cada vez más, las redes sociales.

La distancia entre el dato y la calle

El primer factor que ayuda a entender esta aparente contradicción es que los datos oficiales miden delitos conocidos, pero no miden por completo el clima de convivencia de un barrio. Una estadística puede reflejar una caída general de infracciones en el conjunto del municipio y, al mismo tiempo, no captar con precisión qué está ocurriendo en una calle, un portal o una plaza concreta.

¿Es Santiago una ciudad segura? Los compostelanos responden

Javier Rosende Novo

Para los vecinos, la inseguridad no se vive como una tabla de datos. Se vive al volver a casa de noche, al evitar una zona, al escuchar una pelea desde la ventana, al ver consumo de droga en un punto habitual o al recibir por WhatsApp el vídeo de un nuevo altercado. La estadística mide hechos registrados; la percepción se alimenta de experiencias, imágenes y relatos compartidos.

Sobral resume esa diferencia en una idea sencilla: “Son cosas distintas”. Una es la delincuencia medible y otra, el malestar que generan determinados comportamientos en la vida diaria. Dicho de otra forma: no todo lo que inquieta a un vecino aparece después en el balance del Ministerio del Interior.

Las redes sociales como acelerador del miedo

Probablemente, el factor más determinante pueda tener que ver con la circulación de los incidentes. Las redes sociales han cambiado por completo la forma en la que un barrio percibe sus propios problemas. Una pelea que antes conocían quienes estaban allí o quienes vivían encima del local puede convertirse ahora, en cuestión de minutos, en un vídeo compartido por cientos o miles de personas.

Sobral sitúa ahí una parte fundamental de la explicación. “La gente acaba pensando las cosas de acuerdo a los ingredientes que tiene”, señala. Y hoy esos ingredientes no se forman solo por la experiencia directa, sino también por lo que cada persona recibe de forma constante a través del teléfono móvil.

El profesor es especialmente duro con esta nueva forma de comunicación: “Las redes sociales, para mí, son un auténtico estercolero”, afirma. El problema no es solo que se difunda un incidente, es que muchas veces se difunde sin contexto, sin saber qué ocurrió antes, sin distinguir entre delito, incivismo, conflicto puntual o problema estructural. Por eso, una pelea grabada puede pesar más en la percepción ciudadana que una estadística trimestral. La imagen tiene rostro, ruido, tensión y proximidad. El dato, no.

Los episodios visibles que marcan un barrio

El tercer factor es la fuerza emocional de algunos episodios. Una muerte por posible sobredosis, una agresión grave o una intervención policial llamativa pueden tener un impacto muy superior al que les correspondería en una lectura puramente estadística.

Sobral reconoce que este tipo de incidentes "tienen un efecto muy potente en la percepción colectiva". Esto ha ocurrido en Santa Marta, donde la aparición de personas fallecidas en contextos vinculados al consumo de drogas ha reactivado las protestas. Y también en el Ensanche, donde las peleas de madrugada, las agresiones difundidas en redes y las quejas contra determinados locales de ocio nocturno han reforzado la idea de que el problema ya no es puntual.

No obstante, el profesor matiza: “Son efectos muy potentes, pero también bastante pasajeros”. Es decir, un suceso puede alterar durante semanas la imagen de un barrio, pero esa percepción puede diluirse si no se repiten nuevos episodios o si existe una respuesta institucional que los vecinos consideren eficaz.

Diferencias culturales, incomodidades y límites

Sobral también introduce otro elemento más delicado: existen situaciones de convivencia que pueden estar atravesadas por diferencias culturales —estrechamente vinculadas a la inmigración—, hábitos distintos o formas de ocupar el espacio público que generan incomodidad en parte de la población, aunque no constituyan delitos.

El profesor insiste en que conviene separar planos y evitar explicaciones simplistas. No todo choque cultural es incivismo, ni toda incomodidad vecinal implica delincuencia. “La frontera está ahí: cuando una tradición, una costumbre, un hábito cultural provoca daños o malestar a terceras personas”, advierte.

La preocupación por la seguridad puede ser legítima. Pero si no se analiza con cuidado, puede acabar mezclando fenómenos muy distintos, como la pobreza, las adicciones, la inmigración o, incluso, el ocio nocturno. Cuando experiencias puntuales relacionadas con estos factores se mezclan, el diagnóstico empeora.

El papel de los medios y la Administración

Cuando los vecinos sienten que las administraciones llegan tarde, minimizan el problema o no actúan con claridad, la percepción de inseguridad aumenta. El miedo ya no se dirige solo al posible delito, sino también a la idea de que nadie está controlando determinados espacios.

En el Ensanche, las asociaciones han reclamado más inspecciones, control de horarios, vigilancia sobre licencias, medidas contra los narcopisos, sanciones frente a aglomeraciones y peleas, sonómetros urbanos y más coordinación policial. En Santa Marta, la demanda se centra desde hace meses en la actuación contra los puntos de venta de droga denunciados por los residentes.

La cuestión, por tanto, no es únicamente si hay más delitos. Es si el vecino siente que el espacio público sigue funcionando con reglas claras. Sobral vincula esta desconfianza "la vieja idea de que los delincuentes entran por una puerta y salen por otra”. No obstante, el catedrático apunta que esta percepción no se corresponde con la realidad, ya que "España tiene uno de los códigos penales más duros de Europa".

En la misma línea, Sobral hace referencia también a los medios de comunicación. Especialmente, a aquellos que de forma amarillista y maliciosa vinculan determinados delitos aislados con cuestiones transversales, como la inmigración. Ante ello, el catedrático asegura que la vía correcta es "hacer reportajes serios, honestos y con datos. Ya si puede ser con fuentes científicas, todavía mejor".

Una ciudad no se mide solo por sus delitos

La seguridad no se mide únicamente por el número de infracciones penales. También se mide por la confianza con la que una persona camina por su barrio, por la tranquilidad con la que un comercio abre cada mañana, por la normalidad con la que una familia atraviesa una plaza o por la sensación de que, si algo se deteriora, habrá una respuesta.

Por eso, la paradoja de Santiago no se resuelve enfrentando a vecinos y estadísticas. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez. La criminalidad registrada puede bajar en el conjunto del municipio y, al mismo tiempo, Santa Marta o el Ensanche pueden sentirse peor si concentran episodios visibles, repetidos y emocionalmente intensos.

Entre los datos del Ministerio y el miedo de los vecinos hay un espacio intermedio. En ese espacio están las peleas que se graban y se difunden en redes, los comportamientos incívicos que no se pueden denunciar, las respuestas institucionales que no convencen y, en general, la sensación de que algo ha cambiado.

Ese espacio, más que la estadística pura, es el que explica por qué algunos compostelanos sienten hoy que Santiago es menos segura, aunque los datos oficiales no dibujen una ciudad con más delincuencia generalizada.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents