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90 años del golpe de Estado: el verano en que Santiago dejó de ser la misma ciudad

La capital gallega preparaba las fiestas del Apóstol y acababa de respaldar el Estatuto de Autonomía cuando el levantamiento militar transformó en poco tiempo sus calles, sus instituciones y la vida cotidiana de los compostelanos

Tropas formando en las festividades del Apóstol en 1937.

Tropas formando en las festividades del Apóstol en 1937. / Biblioteca Nacional

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Mateo Garrido Triñanes

Mateo Garrido Triñanes

Santiago

Hace 90 años, Santiago vivía un verano que parecía destinado a transcurrir como tantos otros. Las calles se preparaban para recibir las fiestas del Apóstol, los compostelanos acababan de respaldar el Estatuto de Autonomía de Galicia, en el plebiscito celebrado apenas tres semanas antes, y la vida política, social y asociativa seguía el pulso propio de la Segunda República. Sin embargo, el golpe de Estado de aquel 18 de julio de 1936 marcaría una ruptura radical y, en muy poco tiempo, Compostela dejaría de ser la misma ciudad.

Apenas un par de días después, en la madrugada del 20 al 21 de julio, las tropas acuarteladas, acompañadas por la Guardia Civil y miembros de las Juventudes de Acción Popular, salieron para hacerse con el control de la ciudad. El Comité de Defensa de la República, reunido en el Concello para intentar organizar la respuesta a una posible sublevación, apenas pudo frenar el avance de los militares. Así, Santiago, al igual que el conjunto de la comunidad, quedó rápidamente bajo control de los golpistas y, al tratarse de una ciudad de retaguardia, comenzó casi de inmediato a vivir bajo las nuevas reglas impuestas por el régimen que empezaba a construirse.

Esta reconstrucción de la Compostela posterior al levantamiento militar se basa en el trabajo del historiador Rafael García Ferreira, investigador de HISTAGRA (Universidade de Santiago), que en su estudio Recuperando la cotidianidad. Los cambios en la vida cotidiana durante la guerra civil en una ciudad de retaguardia: Santiago de Compostela analiza cómo el golpe transformó el día a día de la capital gallega: desde la represión y la vigilancia hasta los símbolos, las fiestas o los edificios que cambiaron de función.

Los lugares

Para entender las consecuencias que el golpe tuvo en el Santiago de la época, basta con recorrer algunos de los lugares donde aquel nuevo poder comenzó a hacerse visible. La mayoría de ellos siguen formando parte del callejero de la capital gallega y miles de personas pasan cada día junto a ellos sin conocer el papel que desempeñaron a partir del verano de 1936.

El primero de ellos es el Pazo de Raxoi. El edificio que hoy alberga la casa consistorial fue también la sede de la Comandancia Militar tras el triunfo de los sublevados. Desde allí se coordinaba buena parte de la actividad de las nuevas autoridades mientras, en su sótano, la prisión municipal de A Falcona se convertiría en el eje de la represión en la ciudad.

Por sus celdas pasaron políticos y militantes de izquierdas, galleguistas o republicanos que únicamente volverían a ver la luz del sol para ser asesinados. Según relata Ferreira, en los meses posteriores al golpe, una veintena de compostelanos serían ejecutados tras sentencia de consejo de guerra, mayoritariamente en el cementerio de Boisaca. Sin embargo, aquellos que eran paseados y ejecutados extrajudicialmente encontraron la muerte en lugares muy diversos: desde la propia ciudad como el caso de Benigno Lorenzo, municipios limítrofes como en el caso del alcalde galleguista Ánxel Casale, incluso, lugares más alejados como Palas de Rei, donde fue hallado el cadáver de Camilo Díaz Baliño.

Visita de Serrano Súñer a Santiago a finales de 1938.

Visita de Serrano Súñer a Santiago a finales de 1938. / Biblioteca Nacional

También el Obradoiro adquirió un significado completamente distinto. La plaza dejó de ser únicamente el corazón monumental de Compostela para convertirse en escenario de desfiles militares, homenajes a los caídos y grandes concentraciones de exaltación del nuevo régimen. La Falange, prácticamente residual antes del golpe, ganó protagonismo en las calles y, a finales de 1938, las visitas de Serrano Suñer y del propio Franco reunieron a miles de personas entre banderas y saludos fascistas.

Los símbolos

Las fiestas del Apóstol tampoco escaparon a esa transformación. A partir del 1937, la coincidencia entre el 25 de julio y el aniversario de la sublevación hizo que las celebraciones religiosas y populares incorporasen progresivamente actos militares y ceremonias patrióticas. El tradicional homenaje a Rosalía de Castro dejó de celebrarse ante su monumento y quedó reducido a una misa en la Iglesia de San Domingos de Bonaval, un reflejo de cómo también la cultura y las conmemoraciones se adaptaron a la nueva realidad política.

Los cambios alcanzaron igualmente al propio paisaje urbano. Apenas un año después del golpe, el Ayuntamiento aprobó una profunda reforma del callejero. La rúa do Hórreo pasó a llamarse General Franco; la Senra fue rebautizada como General Mola; Virxe da Cerca recibió el nombre de José Antonio Primo de Rivera y la praza do Hospital, el actual Obradoiro, pasó a denominarse Plaza de España.

Celebración del primer aniversario de la Unificación de Milicias en el Obradoiro en la primavera de 1938

Celebración del primer aniversario de la Unificación de Milicias en el Obradoiro en la primavera de 1938 / Biblioteca Nacional

Otros edificios compostelanos cambiaron igualmente de función. El colegio de sordomudos de San Caetano fue transformado en hospital militar para atender a los heridos procedentes del frente y, terminada la guerra, sería utilizado como cuartel antes de convertirse décadas después en la sede de la Xunta. El antiguo cuartel de la rúa do Hórreo, desde el que salieron las tropas para hacerse con el control de Santiago y donde se prometió, sin cumplirlo, respetar la vida del alcalde Ánxel Casal, es hoy el Parlamento de Galicia. En la Alameda, uno de los pabellones de la Exposición Regional de 1909, ideado por Antonio Palacios, funcionó durante la posguerra como Hogar de Auxilio Social y cuartel de Falange; actualmente alberga la Escola Infantil de Santa Susana.

Noventa años después, Santiago conserva todos esos escenarios. Miles de personas arriban cada semana al Obradoiro finalizando el Camino, los compostelanos entran en Raxoi para realizar gestiones, trabajan en San Caetano o pasean por la Alameda sin reparar en que aquellos mismos espacios fueron protagonistas de la represión y de la implantación del franquismo en la ciudad.

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