75 años del Cottolengo en Santiago: "Deseamos hacer hogar con ellas"
El centro, que celebra su 75.º aniversario este miércoles, atiende a 46 personas con enfermedades crónicas incurables y sin recursos gracias al trabajo de cuatro hermanas y 21 profesionales, y sostiene su actividad con donaciones

De izquierda a derecha, las hermanas Giselle, Sabina y Carmen, junto a la madre Silvia, posan con las usuarias Carmiña y María Ángeles en el Cottolengo de Santiago. / Santiago Esturao Alzate

Hace 75 años nació en Santiago un proyecto que sigue manteniendo intacta su razón de ser: ofrecer un hogar a personas con enfermedades crónicas incurables y sin recursos. El Cottolengo del Padre Alegre celebra este miércoles el aniversario con una eucaristía de acción de gracias presidida por el arzobispo Monseñor Prieto, en una jornada que reunirá también a familiares de las personas acogidas.
Los orígenes del centro se remontan a la época del arzobispo Quiroga Palacios. En 1971, doña Carmen San Díez donó la casa situada en el número 60 de la rúa de San Pedro, donde comenzó la actividad del Cottolengo. Años después, su hija cedió el terreno de O Castiñeiriño y, gracias a las donaciones recibidas, se construyó el edificio actual, al que la comunidad se trasladó en 1978.
Hoy el centro acoge a 46 usuarias, procedentes de Santiago y de su entorno, con edades comprendidas entre los diez meses y los 85 años. Al frente de la comunidad están cuatro hermanas —la madre Silvia, que lleva diez años en el Cottolengo; Carmen, siete; y Sabina y Giselle, dos cada una—, además de una plantilla formada por 21 profesionales.
El día a día en el centro: cuidados, terapias y convivencia
"El Cottolengo desea hacer hogar con ellas", resume la madre Silvia. Ese ambiente familiar marca toda la vida del centro. La jornada comienza entre las siete y las siete y cuarto de la mañana. Tras un tiempo de oración, las hermanas atienden a las usuarias, las ayudan con el aseo y organizan el desayuno. Quienes pueden colaboran también en las tareas diarias, haciendo alguna cama o ayudando a servir el desayuno.
A las 8.45 horas se celebra la eucaristía, abierta a todas las residentes que desean participar. Después del desayuno comienzan las actividades de la mañana. El centro dispone de dos aulas en las que terapeutas, una educadora social y una pedagoga "adaptan el trabajo a las capacidades cognitivas de cada usuaria".
La rehabilitación constituye otro de los pilares de la atención. Dos fisioterapeutas desarrollan sesiones individuales y grupales, tanto por la mañana como por la tarde, "con el objetivo de ralentizar el avance de enfermedades degenerativas o favorecer la mejoría cuando es posible". Entre las distintas actividades también hay espacio para que las propias residentes asuman responsabilidades. Carmiña, la usuaria más antigua del centro, se encarga, por ejemplo, de organizar la ropa.
La comida se sirve a las 13.00 horas. Tras el descanso, las clases y terapias se reanudan a las 15.30. A las 17.50 quienes lo desean rezan el rosario en la capilla y, después de la cena, algunas usuarias se acuestan mientras otras aprovechan la tarde para jugar al parchís o a las cartas, hacer ganchillo o compartir conversación. La jornada termina a las diez de la noche.
La vida en el Cottolengo no transcurre únicamente dentro de sus instalaciones. Las usuarias participan durante el año en excursiones y actividades. El pasado domingo 19 de julio realizaron una salida a A Coruña con comida y un musical por la tarde, mientras que este martes el plan previsto es un viaje en catamarán por O Grove.
Las hermanas destacan además que mantienen el contacto de las usuarias con sus familias siempre que es posible. "Procuramos que no pierdan el vínculo familiar, incluso algunas se van de vacaciones", apunta la superiora de la casa.
El funcionamiento del centro también depende de la solidaridad de muchas personas que colaboran de forma puntual o mediante donativos. "Vivimos de la divina providencia, de donativos que cada día nos ayudan económicamente y materialmente", indica la madre Silvia.

El Cottolengo del Padre Alegre de Santiago celebra el próximo 22 de julio el 75º aniversario. / Santiago Esturao
Una vocación compartida
Para la madre Silvia, formar parte del Cottolengo es mucho más que desempeñar una labor asistencial. "Forma parte de mi razón de ser. Me he entregado al carisma tan bonito que Dios me ha regalado que es ser Hermana Jesús del Cottolengo del Padre Alegre. Dios ha querido que forme parte de esta comunidad y para mí es una inmensa alegría poder celebrar 75 años en esta tierra del Apóstol y convivir y hacer familias con ellas", manifiesta.
La hermana Sabina vive también este aniversario con emoción. "Para mí es una gran providencia el poder estar aquí y compartir este gran acontecimiento que vamos a vivir en los próximos días. Una gran alegría de poder formar parte de esta gran familia", dice.
La hermana Giselle resume igualmente su experiencia. "Es un regalo que el Señor me haya llamado para servirle en sus predilectos y aquí en Santiago", señala.
Carmiña, la usuaria más veterana del Cottolengo, donde lleva 63 años viviendo
Entre las residentes, Carmiña simboliza el arraigo al Cottolengo. Tiene 69 años, nació en San Lázaro y vive en el centro desde que tenía seis. "Estoy muy contenta, estoy con la familia", afirma. Sale con frecuencia con su hermana y sus sobrinos y disfruta de todas las actividades, aunque lo que más le gusta es cuidar de las más pequeñas. Para las hermanas, es "una referente con un marcado instinto maternal", siempre pendiente de acompañar a las demás usuarias. Junto a ella se encuentra también María Ángeles, otra de las usuarias históricas del centro, que lleva ya 54 años viviendo en el Cottolengo.
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