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RUTA DE SUPERACIÓN

La inspiradora aventura del niño Izan Castro en el Camino de Santiago con DisCamino

Este vigués de 13 años con daño cerebral por un parto complicado, desafía a la inmovilidad y al «envoltorio» exterior en una nueva expedición sobre ruedas hacia Santiago de Compostela

Izan Castro, el benjamín de DisCamino

Pedro Mina

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Jon Zabala

A las ocho en punto, las cadenas empezaron a girar. El viaje de Izan Castro ya está en marcha y, con cada pedalada, las torres de la Catedral de Santiago se sienten un poco más cerca. Ocurrió este lunes cuando la Senda del Agua se convirtió en el kilómetro cero del camino número 167 de DisCamino. Con el fresco de la bruma matinal y el ánimo pletórico tras la victoria futbolera, un grupo de valientes iniciaba desde allí su viaje hacia la capital gallega. Uno de ellos es Izan, un chico de 13 años que cursa segundo de la ESO en el instituto Santa Irene y es el benjamín del pelotón que arranca su tercer desafío bajo un lema innegociable: «que nadie te diga que no puedes».

La historia del chico está pautada por el azar adverso de un nacimiento accidentado. Una complicación en el parto le provocó una parálisis cerebral y un daño motor que amenazaba con ensombrecer sus primeros pasos. «Desde el primer momento todo apuntaba muy negro, todo era muy negro», rememora con crudeza y orgullo su padre, Iván Castro. Sin embargo, la determinación innegociable de su familia y la ambición indomable del propio Izan cambiaron el guion: «Siempre tuvimos claro que había que dar un poquito para adelante, y las ganas que tiene él hicieron el resto».

La conexión entre este joven vigués y DisCamino nació de la forma más imprevista posible, a pocos metros de su hogar. «Todo nació un día que íbamos al colegio. Nos paró la policía en una rotonda cerca de nuestra casa. De aquella, Javier Pitillas, el fundador de DisCamino, era policía en activo», relata Iván. El agente se acercó al pequeño y le habló de un grupo que salía a dar paseos en bici, andando y con las handbikes. Le preguntó directamente si quería sumarse y el chaval no dudó en aceptar.

Aquella propuesta tan aventurada resultó en un soplo de aire fresco en una rutina complicada que a veces impone la dependencia. «A veces, con estas complicaciones, la vida te aparta un poquito del entorno, de la sociedad», reflexiona el padre. «Pero ahora aquí tienes tu sitio, tienes una familia de alguna manera. Socialmente es entretenido y lo más importante, él se lo pasa bien y lo disfruta».

Derribar el «envoltorio»

Los beneficios de DisCamino en la vida de Izan van mucho más allá del asfalto; se dividen en un doble triunfo. El primero es puramente físico: «A él le viene genial para las piernas, para coger fuerza. Esto es deporte puro», explica su padre. Por otro lado es una victoria directa contra los prejuicios cotidianos de una sociedad que a menudo juzga antes de tiempo. «La gente a veces no quiere entender. Ve el envoltorio de fuera y ya subestima; te apartan», lamenta Iván.

Frente a esa mirada condescendiente, Izan responde con hechos tanto en el asfalto como en las aulas del Santa Irene, un centro del que la familia habla maravillas: «Ahí simplemente se fijaron en él. No es que estén encima de él, sino que le dan las herramientas para ser uno más».

Pitillas: «Una razón para vivir»

Para volar sobre el asfalto, el triciclo adaptado de Izan necesita un motor humano y solidario en el sillín trasero. Ayer, ese copiloto volvió a ser Javier Pitillas, líder de un proyecto que nació de forma imprevista en 2009 tras una ruta con Gerardo, el joven sordociego que nos dejó el pasado noviembre. «DisCamino no se creó para que Gerardo hiciese el camino. Nació cuando él lo terminó en el Obradoiro y nos dijo que había que buscar gente con problemas como él para hacer esto muchos años», precisa Pitillas. Diecisiete años después, Izan es el reflejo vivo de aquella última voluntad.

Lo que empezó como el acompañamiento a un alumno se ha convertido para el agente vigués en «una razón para vivir» dentro de un colectivo que ya mueve a más de 100 pilotos y 180 usuarios. Con la salida de ayer, son ya 167 los caminos completados por una flota donde la rutina no existe. «Las piedras son las mismas, pero la gente cambia», apunta Pitillas, listo para dejarse contagiar por el benjamín del grupo: «Somos partícipes de la emoción de chicos como Izan y nos emocionamos con ellos».

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Fuente: Faro de Vigo

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