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Criminalidad

Estudiantes y turistas, las claves del aumento de los ciberdelitos en Santiago: ya son una cuarta parte de todas las infracciones

Mientras muchos tipos de delitos convencionales bajan año a año, las estafas informáticas suben sostenidamente

En el primer trimestre de 2026 se registraron tres denuncias al día dentro de esta tipología en la capital gallega

Jóvenes con sus teléfonos móviles.

Jóvenes con sus teléfonos móviles. / ECG

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Eladio Lois

Eladio Lois

Santiago de Compostela

El ladrón ya no necesita cruzarse con su víctima, vigilar sus horarios ni forzar una puerta. Puede presentarse en su teléfono como un empleado del banco, esconderse tras una vivienda inexistente anunciada en internet o convertir un mensaje urgente en la vía de entrada a una cuenta. Mientras buena parte de la delincuencia convencional retrocede en Santiago, los delitos cometidos a través de móviles, ordenadores y redes mantienen una evolución opuesta. La criminalidad cambia de escenario y las pantallas ganan peso como espacio para el engaño.

Los últimos datos del Ministerio del Interior reflejan este contraste. Entre enero y marzo de 2026 se conocieron en Santiago 827 infracciones de criminalidad convencional, un 19,8 % menos que en el mismo periodo de 2025. También cayó un 14,5 % el total de infracciones penales. Sin embargo, la cibercriminalidad aumentó un 6,1 %, hasta los 280 hechos, algo más de tres al día.

El crecimiento se concentra en las estafas informáticas. Fueron 251 durante los tres primeros meses del año, frente a las 223 de 2025: un 12,6 % más. Representan casi nueve de cada diez ciberdelitos y cerca del 23 % de todas las infracciones conocidas. Si se toma el conjunto de la cibercriminalidad, uno de cada cuatro delitos registrados en la ciudad pertenece ya a este bloque.

Una tendencia que viene de atrás

Para Fernando Vázquez-Portomeñe, catedrático de Derecho Penal de la Universidade de Santiago de Compostela, miembro del Instituto de Ciencias Forenses (INCIFOR) y experto en delincuencia económica, el fenómeno compostelano forma parte de una transformación mucho más amplia.

«Está pasando en Santiago, en Galicia, en España y prácticamente en toda Europa», señala. No se trata de un vuelco concentrado en el último año, sino de una tendencia que se viene produciendo desde hace tiempo y que se ha acentuado durante los últimos ejercicios.

La primera explicación está en la transformación de la vida cotidiana. «Lla vida de todo el mundo está absolutamente digitalizada», resume Vázquez-Portomeñe. Compras, transferencias, reservas, trámites administrativos y conversaciones pasan hoy por redes y dispositivos. La delincuencia se desplaza hacia los espacios donde están las personas y, especialmente, donde circula el dinero.

Un joven hablando por el móvil

Compras, transferencias, reservas, trámites administrativos y conversaciones pasan hoy por redes y dispositivos / Pexels

«Si usamos muchísimo más que antes las vías informáticas para hacer negocios o gestiones, es lógico que la criminalidad encuentre ahí también un nicho», explica. Internet permite, además, que un mismo engaño alcance a una gran cantidad de potenciales víctimas sin que el autor tenga que encontrarse físicamente con ninguna de ellas.

Bajo riesgo, grandes beneficios

La segunda clave es la relación entre el beneficio esperado y el peligro asumido. Cuando un delincuente o una organización criminal se plantea cometer un delito, explica el catedrático, valora cuánto puede ganar y qué posibilidades existen de que sus integrantes sean identificados, detenidos y castigados. En los delitos económicos cometidos por internet, esa ecuación suele resultar favorable para el autor.

Las operaciones pueden atravesar varias jurisdicciones, utilizar identidades falsas y recurrir a cuentas intermediarias, lo que dificulta seguir el recorrido del dinero y localizar a quienes están detrás. A ello se suma la profesionalización de los grupos criminales.

Vázquez-Portomeñe habla de bandas «profesionales y tecnologizadas», dotadas en muchos casos de instrumentos avanzados. «Van un paso más adelante» que los medios disponibles para prevenir, investigar y controlar estos delitos, advierte el profesor de la USC.

Turistas y estudiantes, el factor diferencial en Compostela

Aunque el crecimiento de la ciberdelincuencia es un fenómeno general, Santiago reúne dos características que pueden ayudar a explicar su contexto específico: la elevada presencia de turistas y estudiantes. Se trata de poblaciones muy vinculadas al uso intensivo del teléfono móvil, las tarjetas, las plataformas digitales y las transacciones a distancia.

«Al margen de la población estable, aquí tienes muchos estudiantes y muchos turistas», apunta Vázquez-Portomeñe. Un visitante permanece en la ciudad durante pocos días, pero concentra en ese periodo reservas, pagos, desplazamientos y comunicaciones.

«Un turista viene aquí cinco o seis días y toda su vida desde Santiago la va a hacer normalmente a través de medios tecnológicos», indica. Desde la reserva del alojamiento hasta los pagos con tarjeta o las consultas sobre sus desplazamientos, buena parte de su actividad durante la estancia pasa por una pantalla.

Turistas con sus maletas en la Praza do Obradoiro en Santiago.

Turistas con sus maletas en la Praza do Obradoiro en Santiago. / Antonio Hernández

El estudiante presenta una exposición diferente, pero también intensa. Se trata de generaciones plenamente digitalizadas que buscan alojamiento, realizan compras, gestionan sus cuentas y se comunican casi permanentemente por internet. Una falsa inmobiliaria puede reclamar una señal por un piso inexistente; una compraventa aparentemente normal puede esconder una página fraudulenta; y una supuesta entidad bancaria puede pedir datos con cualquier pretexto.

«Cuantas más transacciones tienes, más riesgo hay de que haya alguien al acecho», resume el catedrático.

El experto introduce, no obstante, un matiz relevante. La presencia de turistas y universitarios es un factor importante para comprender el perfil particular de Santiago, pero no existen datos que permitan afirmar que estos colectivos concentran la mayoría de las víctimas. Para alcanzar esa conclusión sería necesario realizar un estudio que diferenciase los casos por edades y características de los afectados.

Los ciberdelitos más comunes

Dentro de la cibercriminalidad conviven conductas muy distintas. Junto a amenazas, chantajes, acosos o ataques contra la intimidad, el bloque que crece con mayor intensidad es el económico y, particularmente, el de las estafas.

Suplantaciones de empleados bancarios, correos electrónicos que aparentan proceder de una administración pública, mensajes falsos, llamadas urgentes o compraventas inexistentes comparten un mismo objetivo: lograr que la víctima entregue información, claves o dinero.

La diferencia con buena parte de la delincuencia tradicional está en el método. «No se trata exactamente de robar, de usar violencia o de amenazar», explica el penalista. La estrategia consiste en construir una apariencia suficientemente creíble para que sea la propia persona quien facilite voluntariamente los datos necesarios para consumar el fraude.

Es la denominada ingeniería social. El delincuente no fuerza siempre técnicamente la puerta de una cuenta, sino que manipula a su propietario para que la abra. Puede hacerse pasar por una entidad conocida, generar una sensación de urgencia o aprovechar la preocupación por un familiar.

«Cualquiera puede ser víctima»

La idea de que los afectados son casi siempre personas mayores con pocas habilidades tecnológicas tampoco se corresponde con la realidad. La falta de familiaridad digital puede incrementar la vulnerabilidad en algunos casos, pero no define por sí sola quién puede ser engañado.

«Cualquiera puede ser víctima», recalca Vázquez-Portomeñe. Las estrategias se ajustan al perfil al que se pretende llegar: un alquiler inexistente para un estudiante, una falsa inversión para quien busca rentabilidad o una llamada bancaria para un cliente.

Colas de estudiantes buscando piso de alquiler para el próximo curso en la inmobiliaria Gerpe.

Colas de estudiantes buscando piso de alquiler para el próximo curso en la inmobiliaria Gerpe. / ECG

«Es una delincuencia muy adaptativa», explica. Los autores cambian el lenguaje, la apariencia y el canal para conseguir que cada historia resulte verosímil para su destinatario. No utilizan necesariamente la misma estrategia con todas las personas.

Cómo protegerse

Las primeras medidas de protección parten del sentido común: no facilitar contraseñas ni códigos recibidos por SMS, desconfiar de peticiones inusuales, contactar directamente con el banco ante cualquier duda, utilizar claves robustas y activar la doble autenticación.

Pero la recomendación decisiva puede ser simplemente detenerse. Ante una supuesta emergencia, una cuenta bloqueada o un familiar que pide dinero, Vázquez-Portomeñe aconseja poner la situación en contexto y «reaccionar menos instintivamente». Comprobar por otra vía quién está detrás del mensaje puede ser suficiente para desactivar el engaño.

La respuesta, sin embargo, no puede recaer únicamente sobre el ciudadano. El experto reclama medios personales y técnicos adecuados para las fuerzas de seguridad, más formación y una tecnologización capaz de reducir la ventaja que mantienen las bandas.

La gravedad del fenómeno no se mide únicamente por su crecimiento estadístico. Cada caso puede provocar pérdidas económicas, exposición de datos personales, vergüenza y una prolongada sensación de inseguridad. Mientras descienden numerosos delitos asociados tradicionalmente a la calle, el riesgo no desaparece: entra en el bolsillo del ciudadano desde el lugar en el que hoy concentra buena parte de su vida, la pantalla.

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