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La vida de barrio se apaga en Santiago ante la desaparición de negocios históricos: "Compostela era lo antiguo, el comercio individual de familias"

El cierre de negocios históricos transforma el paisaje comercial de Compostela y acelera la pérdida de identidad de unos barrios marcados durante décadas por el comercio de proximidad

La falta de relevo generacional, el aumento de los alquileres y los cambios en los hábitos de consumo explican una transformación que va más allá de la actividad económica

Un hombre observa el interior de un comercio en liquidación por cierre en el casco histórico de Santiago

Un hombre observa el interior de un comercio en liquidación por cierre en el casco histórico de Santiago / Antonio Hernández

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Diego Mosteiro Riveiro

La sangría de cierre de comercios en Santiago es continua. Ya sea por el alto de precio de los alquileres o por la falta de relevo generacional, muchos negocios que formaban parte de la historia de los barrios de Compostela han ido bajando la persiana para siempre, llevándose con ellos una parte importante de la identidad de cada vecindario. La vida de barrio se hacía en papelerías como la que Miguel González regentaba en las Cinco Calles, donde podías encontrar todo lo necesario para la vuelta al cole, o la Pastelería Mercedes Mora, parada obligada cada mañana para muchos compostelanos que compraban sus deliciosos cruasanes o bombones, lugares y comercios que daban personalidad a cada uno de los rincones de la ciudad.

La identidad que un día tuvieron los barrios picheleiros se desvanece poco a poco. Los negocios históricos que fueron el corazón de Santiago hoy se ven relegados por establecimientos cada vez más homogéneos. Establecimientos que están mudando el paisaje urbano de la ciudad y que, por lo similar de sus decoraciones o por ser franquicias, hacen que el corazón de la capital gallega pierda lo que un día la hizo tan característica, sus comercios de siempre. La pérdida, en definitiva, de una manera de entender la vida.

La transformación de la vida de los barrios

El Censo de Establecimientos Comerciales y Hosteleros elaborado por el Concello de Santiago de Compostela en 2008 retrataba una ciudad en la que el comercio de proximidad seguía teniendo un fuerte peso. Casi la mitad de los establecimientos llevaba más de diez años abierto y uno de cada cuatro superaba las dos décadas de actividad, un reflejo de la presencia de negocios familiares que formaban parte de la identidad de los barrios.

Confecciones Onbre, comercio histórico cerrado

Confecciones Onbre, comercio histórico cerrado / Diego Mosteiro

No obstante, los datos que proporciona el Instituto Galego de Estatística (IGE) revelan la existencia de un tejido empresarial más cambiante. En el estudio más reciente, datado del año 2024, se registraron 834 altas de empresas y 768 bajas, un dato que revela un flujo constante de renovación de negocios. A pesar de que las nuevas aperturas mantienen la actividad económica de Santiago, muchos de los establecimientos que desaparecen son precisamente aquellos que llevan desde hace años formando esa vida de barrio.

«La vida de antes era más bonita que la de ahora»

Para quienes han vivido durante décadas en Santiago, la desaparición del comercio de toda la vida no se reduce únicamente al cambio de paisaje al pasear por las calles de Compostela. Para ellos también supone la pérdida de una forma de entender la vida. Este es el caso de vecinos como Ramón, Luz, Emilse o José Ramón quienes recuerdan una ciudad en la que los pequeños negocios formaban parte de la vida cotidiana. Una urbe en la que, según Ramón, «Santiago era lo antiguo, era el comercio individual de familias».

Ramón, vecino de Santiago

Ramón, vecino de Santiago / Diego Mosteiro

En los barrios, los vecinos pueden señalar negocios concretos que han ido desapareciendo con el paso de los años. José Ramón, vecino de Pontepedriña desde hace décadas, recuerda que: «en mi barrio había dos pescaderías y una carnicería, y ahora no hay ninguna». En el Ensanche, Emilse recuerda una situación similar: «La frutería y la pescadería que había en mi barrio ya cerraron, cerraron para siempre».

Los establecimientos de barrio no eran solo lugares donde pararse a comprar. La cercanía entre comerciantes y vecinos generaba vínculos que hoy nos resultan cada vez más difíciles de forjar. Ramón apunta a que en la vida de barrio se vivía en plena confianza. «Se ha perdido aquella confianza que había, aquella de que conocías a todos», dice. La estabilidad que había en los negocios permitía que las relaciones que se creaban entre compradores y tenderos se prolongase durante años. Las constantes rotaciones de personal en los nuevos negocios hace que toda esa relación se pierda también: «Ahora ves unos y mañana ya ves otros, porque hay gente que alquila locales y está hoy y el mes que viene ya no está» apuntaba Ramón.

Emilse coincide en que el problema no es únicamente que desaparezcan determinados establecimientos, sino qué tipo de negocios ocupan después su lugar. «Los barrios sin sus negocios pierden bastante, al cerrar aquí los negocios históricos ya no vuelven a abrir de la misma manera, viene otro, con otra gente pero sin la misma idea de trabajo, no son tan cercanos», explica. Luz también recuerda los comercios de su barrio como una parte inseparable de su día a día. Antes, explica, las tabernas y los ultramarinos eran los lugares habituales para hacer la compra y, en cada barrio, los vecinos tenían sus locales de referencia.

Emilse, vecina del Ensanche

Emilse, vecina del Ensanche / Diego Mosteiro

La diferencia no estaba únicamente en lo que se compraba, sino en cómo se hacía. Ramón reivindica el trato personal de aquellos negocios frente al modelo actual: «La relación era porque la frutería o la panadería las regentaba una sola persona». Frente a ello, señala, hoy gran parte de las compras se concentran en grandes superficies donde se puede encontrar prácticamente de todo. José Ramón también señala a estos espacios comerciales como uno de los factores que explican el cambio. A su juicio, su barrio ha perdido «bastante por ese motivo, sobre todo por las grandes áreas que se abrieron». Una transformación que, considera, resulta difícil de revertir: «Ante las grandes áreas no hay nada que hacer».

Emilse observa las consecuencias de ese cambio especialmente entre las personas mayores con las que trabaja. «Ojalá volviese la vida de antes, yo trabajo con adultos muy mayores y ellos ya no quieren salir a hacer la compra porque solo hay supermercados y ya no pueden comprar como lo hacían antes», explica. Para ella, recuperar los comercios de proximidad podría significar también recuperar parte de esa vida en las calles: «Si volviesen a abrir esos negocios yo creo que sí que irían otra vez a comprar».

Un cambio en los hábitos de consumo que, para todos ellos, también ha transformado la manera de vivir la ciudad. Emilse, que llegó desde Paraguay y ha vivido dos décadas en Santiago, asegura haber conocido «un Santiago completamente diferente del que es hoy en día». Su experiencia le hace asegurar que la capital gallega «es una ciudad mucho más apagada de la que conocí. Están todos los barrios apagados». Esa sensación de pérdida aparece también cuando ambos comparan aquella vida con la actual. «Es que se perdió todo lo bueno», resume Ramón, palabras que Luz, Emilse y José Ramón suscriben, porque para ellos «la vida de antes era más bonita que la de ahora».

La memoria de los barrios también baja la persiana

La transformación de Compostela no se puede medir solo con datos, se calibra también poniendo nombre a los comercios que han ido desapareciendo. Durante décadas, el comercio de barrio como por ejemplo las mercerías, los bazares, las librerías, los bares o las tiendas de ropa formaron parte de la vida de todos los compostelanos. Eran más que simples tiendas: constituían elementos identitarios, lugares de encuentro, comercios donde los trabajadores conocían a los clientes por su nombre, donde varias generaciones compartían las mismas rutinas.

Por desgracia sobran los ejemplos de comercios emblemáticos que han cerrado, como el Quiosco do Toural, que durante 113 años fue un punto de referencia en la entrada de la rúa Nova. Cada mañana, vecinos y visitantes se detenían allí para comprar el periódico, comentar la actualidad o intercambiar unas palabras con el quiosquero. Su cierre, provocado por el desplome de la prensa en papel, simbolizó también el final de una forma de relacionarse con el espacio público.

Estado actual del histórico Quiosco do Toural

Estado actual del histórico Quiosco do Toural / Diego Mosteiro

La desaparición de Mercedes Mora supuso otro golpe para la memoria de la ciudad. La histórica pastelería, célebre por sus cruasanes y bombones y por una tradición familiar que se había mantenido viva durante más de un siglo, representaba mucho más que un negocio: era un lugar al que varias generaciones de compostelanos acudían atraídas por productos convertidos en todo un símbolo de la ciudad.

A estos nombres se suman otros muchos que durante años formaron parte del paisaje cotidiano de la ciudad: Deportes Amancio, referente durante más de tres décadas para los aficionados al deporte; el Bazar Docobo, donde varias generaciones encontraron desde material escolar hasta recuerdos para peregrinos; Copynino, muy ligado a la comunidad universitaria; la librería A Gata Tola, punto de encuentro para los amantes del cómic durante 25 años; o establecimientos históricos como Confecciones Sánchez, Pepecillo o la Joyería Gómez.

Escaparate del inmueble que albergó durante más de 70 años el Bazar Docobo.

Escaparate del inmueble que albergó durante más de 70 años el Bazar Docobo. / ECG

El reto de conservar la identidad comercial de Santiago

Lejos de interpretar la situación como una simple desaparición del comercio tradicional, la Cámara de Comercio de Santiago considera que la ciudad atraviesa una "profunda transformación y reconfiguración del tejido comercial"; un proceso que, según la entidad, está modificando el paisaje urbano y la forma de entender el comercio de proximidad. Aunque continúan abriendo nuevos negocios, advierten de que el sector vive una etapa marcada por los cambios en los hábitos de consumo y por una creciente orientación de parte de la oferta comercial hacia el turista.

Fuentes de la Cámara de Comercio señalan a EL CORREO GALLEGO que detrás del cierre de numerosos establecimientos históricos existe una combinación de factores. A la falta de relevo generacional y al incremento de los costes de explotación se suman "el auge del e-commerce, la competencia de las grandes plataformas, la menor rentabilidad de determinados negocios o las dificultades derivadas de la burocracia y de la movilidad urbana.

Más allá de su dimensión económica, la entidad defiende que el comercio tradicional actúa como un "articulador social y vertebrador de la vida de barrio", al generar relaciones de confianza entre comerciantes y vecinos y contribuir a mantener vivas las calles. Por ello, considera que el cierre de estos establecimientos supone también la desaparición de una parte de la memoria colectiva y de las señas de identidad que distinguen a Santiago de otras ciudades.

Como escribió Ramón Otero Pedrayo, «quen non coñeza máis qué as cidades, non coñecerá Galicia. É preciso sentir este tecido de pequenas células vitais» La desaparición de negocios de toda la vida no debe entenderse únicamente como una consecuencia inevitable del paso del tiempo, sino como un proceso que puede debilitar ese tejido de pequeñas células que mantiene vivos los barrios de Santiago: sus relaciones, sus recuerdos y sus costumbres. Cada persiana que se cierra supone mucho más que la pérdida de un negocio. Con ella desaparecen espacios de encuentro, vínculos entre vecinos y parte de una memoria colectiva construida durante generaciones. Porque cuando el comercio tradicional desaparece, no solo se transforma el paisaje de las calles; también se pierde, poco a poco, una parte de la identidad que hace que cada barrio sea reconocible, habitable y único.

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