El narcopiso de Conxo que ya ha obligado a varios vecinos a mudarse: "Tenemos miedo de salir al rellano"
Los residentes denuncian meses de peleas, suciedad y un continuo ir y venir de personas, lo que ha provocado su desesperación
La comunidad asegura que ya ha habido más de medio centenar de visitas de los cuerpos de seguridad al inmueble
Fuentes policiales confirman a EL CORREO GALLEGO que la situación está siendo objeto de investigación

Un vehículo de la Policía Local de Santiago en la calle Sánchez Freire de Conxo (Archivo) / ECG

Hay vecinos que ya se han marchado. Otros preparan las maletas para hacerlo en septiembre. En este edificio de la calle Sánchez Freire, en Conxo, una situación que comenzó como un grave problema de convivencia ha terminado alterando por completo la vida cotidiana de sus residentes. La comunidad asegura llevar meses soportando peleas, gritos a cualquier hora, daños en las zonas comunes, suciedad y un continuo ir y venir de personas hacia una de las viviendas. La sospecha entre quienes allí residen es que el inmueble estaría siendo utilizado como punto de trapicheo de drogas, aunque los propios vecinos reconocen que no han presenciado directamente intercambios de sustancias.
La Policía Nacional confirma a EL CORREO GALLEGO que tiene constancia tanto de la existencia de este presunto "narcopiso" como de los problemas de convivencia que se producen en torno a él. Fuentes policiales señalan además que existe una investigación abierta sobre lo que sucede en la vivienda.
Para quienes viven puerta con puerta, sin embargo, el problema no se mide en diligencias policiales, sino en una sucesión diaria de episodios que, aseguran, les ha llevado a cambiar completamente sus costumbres. «La gente se esconde, huye», resume la comunidad de vecinos.
Según explican, la situación se arrastra desde finales del pasado año, aunque fue a partir de marzo cuando la convivencia comenzó a hacerse «insoportable». La persona que reside en el piso habría tenido inicialmente un contrato de alquiler, pero, siempre según la versión ofrecida por la comunidad, habría dejado de pagar y ese contrato ya no estaría actualmente en vigor. Pese a ello, continúa en la vivienda mientras se tramitan las correspondientes acciones judiciales.
Más de 50 intervenciones, según los vecinos
Uno de los datos con los que la comunidad trata de dimensionar el problema es el número de veces que las fuerzas de seguridad han tenido que desplazarse hasta el edificio. Los residentes aseguran que desde marzo se habrían producido más de medio centenar de actuaciones policiales, con jornadas en las que los agentes habrían acudido incluso dos o tres veces a causa de diferentes altercados.
Los episodios que describen son muy variados. Hablan de discusiones y peleas tanto dentro del entorno de la vivienda como en los rellanos y el portal. En alguna ocasión, relatan, repartidores que acudieron al domicilio acabaron enfrentándose con personas que se encontraban allí al tratar de quedarse con la comida sin pagarla. «Yo presencié cómo empujaban a uno contra la escalera», asegura un residente que prefiere preservar su anonimato.
También denuncian la presencia recurrente de orina y heces en las zonas comunes, lo que les ha obligado en varias ocasiones a solicitar limpiezas extraordinarias y tareas de desinfección, con el coste económico que ello conlleva. A ello se suma, según su relato, un tránsito constante de personas durante prácticamente todo el día y buena parte de la madrugada.
El problema llegó hasta los telefonillos. «Tenemos todos desactivados los timbres porque no se podía ni de noche, ni de mañana, ni de tarde», explica la comunidad. Ante la continua entrada de desconocidos, decidieron sustituir la puerta del edificio por otra de mayor seguridad. Tampoco eso solucionó el problema.
Los vecinos denuncian intentos reiterados de acceder al portal mediante golpes y distintos objetos cuando quienes pretendían entrar no disponían de llave. La puerta comunitaria, aseguran, ha llegado a sufrir daños graves en más de una ocasión, el último episodio la pasada semana.
«Tenemos miedo a salir»
Más que los desperfectos materiales, es el miedo lo que aparece una y otra vez en el relato de los afectados. Los residentes aseguran que tratan de evitar cualquier contacto con quienes frecuentan el piso y que, cuando escuchan movimiento o discusiones en el rellano, permanecen dentro de sus casas hasta que la situación se calma.
«No queremos que nos conozcan ni las caras», explican. Una de las situaciones que terminó de convencer a algunos vecinos de que debían marcharse ocurrió durante la noche de San Xoán. «No pudimos salir a las hogueras porque había una pelea continua en el descansillo», lamentan.
La consecuencia empieza ya a percibirse en el propio edificio. Según la comunidad, al menos un residente abandonó su vivienda durante el mes de julio ante los problemas de convivencia y otros han comunicado su intención de marcharse próximamente. Algunos preparan su salida para septiembre.
Para los propietarios aparece además un segundo problema. Quienes deciden abandonar temporalmente sus viviendas aseguran no saber qué hacer después con ellas. «No puedo venderlo, no puedo alquilarlo, ¿a quién meto allí?», resume uno de los testimonios trasladados desde la comunidad.
Mientras la investigación policial continúa abierta y la situación de la vivienda sigue pendiente de resolución por las vías correspondientes, en Sánchez Freire los vecinos cuentan los días de otra manera: por noches de ruido, llamadas a la Policía y nuevas personas que entran y salen del portal. Algunos ya han optado por marcharse. Los que permanecen reclaman una solución que, después de meses conviviendo con el problema, aseguran no ver todavía cercana.
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