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Las consecuencias del turismo

Los compostelanos que resisten a la presión turística: vivir y trabajar en la zona vieja de Santiago

Vecinos y comerciantes del casco histórico reclaman su espacio en un lugar que consideran cada vez más orientado al visitante

Visitantes y peregrinos en la rúa da Azabachería.

Visitantes y peregrinos en la rúa da Azabachería. / Antonio Hernández

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Saínza Seoane

Santiago

Peregrinos, imanes y cajeros automáticos ocupan los espacios que hace años pertenecían a vecinos, ultramarinos y tiendas de ropa en el casco histórico de Santiago. Durante los últimos 30 años la forma de hacer turismo evolucionó y, como consecuencia, la zona vieja con ella.

Para remediar el cada vez mayor uso turístico de los recursos de la ciudad, existen diferentes medidas que tratan de frenar esta tendencia. Un ejemplo es el Plan Especial de Protección e Rehabilitación do Casco Histórico. El conjunto de normas busca mantener el uso residencial y el tejido social que sostiene la vida urbana de la ciudad histórica, teniendo como principales objetivos la dinamización del casco viejo y el equilibrio entre los usos orientados a los residentes y a los turistas.

En teoría, la remodelación del plan pretendía frenar el modelo de turismo implantado en la ciudad y asegurar la convivencia entre los visitantes y la vida cotidiana de los vecinos, pero en la calle, santiagueses y comerciantes aseguran que las nuevas restricciones no se vieron reflejadas en las calles. Roberto Almuíña, presidente de la asociación vecinal del casco histórico de Fonseca, reside en la zona vieja desde hace 26 años y, según relata, en 2019, varios vecinos se agruparon “pola mala situación da cidade” en busca de la defensa del patrimonio y de la denuncia “do que non funciona en Santiago”.

Desde la asociación de vecinos de Fonseca, sus esfuerzos se centran en reivindicar una serie de derechos y servicios que consideran que están siendo ignorados. Entre las demandas que ya han conseguido se encuentra la llegada de la fibra óptica, aunque todavía quedan otras cuestiones pendientes. Un ejemplo es la circulación de los vehículos de los residentes por el interior del recinto intramuros. Los vecinos reclaman una mayor flexibilidad que les permita acercarse directamente a sus viviendas con sus coches, ya que las restricciones actuales les obligan a realizar recorridos más largos y dar rodeos para acceder a sus casas. Consideran que la situación resulta especialmente incongruente en una zona de bajas emisiones, donde, según denuncian, las furgonetas de reparto sí tienen permitido circular.

Albuíña sostiene que, a pesar de los esfuerzos de las asociaciones, “Santiago cada vez está peor. Conseguimos cousas, pero non todo”. El vecino asegura que la inacción no es exclusiva del equipo de Goretti Sanmartín, sino que es una situación que se lleva arrastrando desde varias legislaturas. Para Roberto, la realidad de la ciudad se debe a la inacción de Raxoi: “Temos un Concello que non toma decisións e a cidade non progresa”.

Para el presidente de la asociación de vecinos de Fonseca es imprescindible que se vele por el cumplimiento de las ordenanzas. Así lo expresa al referirse a la situación del casco histórico: “Isto é un territorio salvaxe, non hai ninguén que se ocupe de que se cumplan as ordenanzas”. Pese a las dificultades que señala, asegura que en ningún momento se ha planteado mudarse a otra zona de Santiago para disfrutar de unas mejores condiciones: “Non vou a deixar a miña vivenda porque o Concello sexa un desastre”.

La distribución del turismo como un posible remedio al colapso de las calles

La concentración del turismo en determinadas calles y plazas del casco histórico también supone un problema para comerciantes y vecinos. Los compostelanos sortean las mareas de turistas que se concentran en las horas puntas del día en lugares como la rúa do Franco o la plaza de Cervantes. Los comercios de la zona vieja pero situados en otras calles se sienten “aislados”. Algunos comerciantes de la Algalia reclaman que por sus calles no se vive el problema que hay con el turismo en otras zonas, pero lo que sí que han notado es una bajada en la calidad del turismo en comparación con años anteriores. Relatan que ahora hay más grupo y más ruido, pero no más beneficio. “Se tan masificada está a cidade vella, por que non se busca distribuír o turismo?”, se preguntan los comerciantes.

Realidad de la rúa de Fonseca en el mes de agosto.

Realidad de la rúa de Fonseca en el mes de agosto. / Antonio Hernández

Roberto Almuíña coincide con los propietarios de los establecimientos en la cuestión de la posible reforma del flujo de visitantes. Para él, si se tratara de poner en valor todo el patrimonio de Santiago, la concentración del turismo en las calles principales de la zona vieja sería menor: “O turismo en Santiago limítase exclusivamente á Catedral e ás prazas limítrofes. Outros lugares de Santiago, como pode ser o parque de Bonaval, parecen ser esquecidos”.

El turismo sostenible es clave para el desarrollo de la ciudad vieja, pero lo esencial es encontrar el equilibrio entre vecinos y visitantes. Marisa es vecina de Santiago desde hace 64 años, como ella dice, “picheleira, picheleira, de cando nos agostos non había ninguén”. Durante estas seis décadas ha visto cómo Compostela fue cambiando, cómo cada vez más vecinos abandonaban el casco histórico para irse a vivir a la periferia.

La vivienda es una de las principales cuestiones que preocupan a vecinos como Marisa. La santiaguesa asegura que el turismo ha tenido un impacto importante, ya que muchas viviendas se convirtieron en alojamientos, y como consecuencia, el casco histórico se fue vaciando cada vez más. "O que necesita Santiago son vivendas, non aloxamentos", sentencia. Pero la vivienda no es el único factor que preocupa a vecinos como Marisa, para ella la actividad comercial también es clave para la recuperación del casco histórico. La creación de comercios destinados a los vecinos, y no únicamente al turista, es una de las demandas que más se escuchan en las calles de la zona vieja. Reclaman que se vele por la conservación de negocios como ferreterías y zapaterías, en vez de facilitar la aparición de nuevas tiendas de souvenirs.

Marisa, vecina de Santiago de Compostela.

Marisa, vecina de Santiago de Compostela. / Saínza Seoane

Estas cuestiones están recogidas en el Plan Especial de Protección y Rehabilitación del Casco Histórico y, aunque algunos aseguran que sus medidas no tienen un efecto real, Marisa se muestra más optimista al respecto. Para ella, el control del turismo se reflejará de la misma manera que se vieron sus efectos, de forma gradual con el paso de los años. “O turismo non é unha cousa de catro ou cinco anos, senón que é algo que se vén traendo dende o ano 93. E da mesma maneira, as medidas non van ter un efecto inmediato”, defiende la compostelana. Por eso, para ella es esencial no demonizar al turista: “Non pór o turista como algo negativo, senón como algo a regular”.

Marisa y Roberto Almuíña son solamente algunas de las personas que conviven a diario con los efectos de la transformación del casco histórico de Santiago. Sus testimonios reflejan una preocupación compartida: la necesidad de volver a poner a los vecinos como los protagonistas de una zona vieja que, con el paso de los años, ha avanzado en otra dirección paralela. Ellos y tantos otros santiagueses esperan con ansias encontrar el equilibrio entre quienes visitan y quienes viven en la Compostela.

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