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Años de gris y blanco

Hay amistades que se forjan en la niñez que no se van nunca de la mente. Son las más sentidas, las más sinceras, aunque las circunstancias de la vida obliguen a seguir caminos diferentes.

Esos amigos cuando vuelven a reencontrarse traen consigo recuerdos adormecidos, pero no olvidados, que afloran para alegrarnos el día o el tiempo que estemos de nuevo juntos.

La infancia de muchos gallegos, comenzando por la de los propios compostelanos, se ha forjado entre los gruesos muros de un edificio que, a día de hoy, y desde 1944 (¡casi medio siglo!), todos conocen como “el Rosalía”, es decir, el IES Rosalía de Castro.

En el s. XVII fue mandado construir por el arzobispo Juan de San Clemente para ser Colegio de Pasantes, clérigos seculares que cursaban teología. Después tuvo múltiples usos. Las tropas francesas lo convirtieron en cuartel del ejército, quemaron la biblioteca y dejaron maltrecho el archivo. Acogió el Colegio de Cadetes y Batallón de Santiago y también el Seminario Conciliar, así como la Real Sociedad de Amigos del País, el Museo Arqueológico, la Escuela de Artes y Oficios y el Seminario de Estudos Galegos. Y por poco, no fue sede del Parlamento de Galicia porque se impuso el clamor de quienes se opusieron con pancartas en las calles.

En 1942 se convirtió en Instituto Nacional de Enseñanza Media, siendo su primera directora Pura Lorenzana. Se le despojó de lo que no interesaba a tales fines y se rebautizó con el nombre de nuestra poetisa más popular: Rosalía de Castro, convirtiéndose por decreto en centro de educación exclusivamente femenino.

En su historia más reciente, desde el curso 1985-86, pasó a ser mixto, siendo su director, Ubaldo Rueda que hizo de este colegio un centro de referencia en el campo de la enseñanza. No en vano este monfortino se ganó ser nombrado hijo adoptivo de Santiago.

En estos más de 400 años mantiene su carácter de un centro colegial, adaptado a los tiempos en su organización interna y a los planes de estudios y actividades adjuntas a ellos. Los cursos de Formación Profesional, fundamentales en la actualidad, son recientes. Y los intercambios de alumnos y excursiones, que llevan más allá del Paxonal, como pasaba en los ’70, permiten a jóvenes que despuntan irse fuera de nuestras fronteras. De todo ello pueden dar cuenta figuras relevantes, que no cito porque se me salen del guión y del mapa.

Lo publicado sobre este colegio se centra en estos cambios y avances, pero faltan las lembranzas, pinceladas y curiosidades de décadas en las que muchas féminas pasamos por sus aulas. De esos años de parvulario es de lo que echo mano ahora.

Todas íbamos uniformadas. No era traje colorido sino acorde con la televisión en blanco y negro de la época. Era gris, solo roto por ribetes verdes, blusa beige y una bata blanca para las aulas y los recreos, que no sé cómo hacían nuestras madres para mantenerlas impolutas a lo largo del curso.

No éramos conscientes de la historia del edificio. Ni reparábamos en su fachada, semejante a la de Fonseca y San Xerome, ni en su cuadrado claustro (típico de edificios con iguales fines), largos pasillos con algunas grandes lámparas, ni en el enigmático arco gótico.

Tampoco nos extrañaba la feria en la robleda de Santa Susana. Nos llegaba el bullicio de las gentes, el deambular de los carros y el olor del ganado, pero nada nos inmutaba: era todo natural y desde nuestros pupitres no levantábamos la cabeza para ver el espectáculo.

Ni nos sorprendían las idas y venidas a la capilla del colegio, espaciosa y oscura, con una imagen de la Inmaculada adornada con flores. Ahí se celebraba misa todos los días al terminar la jornada, se hacían procesiones en el mes de mayo por los pasillos del primer piso y por el claustro... ese claustro donde jugábamos sin tropezar con los árboles y arbustos que hoy crecidos allí hay.

En el recodo de las escaleras, de factura novedosa en Compostela, podíamos comprar bocadillos o chuches para no desfallecer o matar el gusanillo en esos recreos de mañana y tarde.

No había coro propiamente dicho pero lo cierto es que cantábamos bastante. Y aquí sí que me detengo a citar a Nemesio García Carril, compositor y musicólogo, cuyas obras hoy suenan con frecuencia en la catedral. Era serio con nosotras, pero lograba arrancar las voces para los ocasionales coros de primeras comuniones u otras celebraciones. Puestas en pie, pasaba entre las filas de los pupitres catando nuestras melodías y nos enrolaba en sus filas.

Estos retazos de historia, con recuerdos quizás pueriles, no sé si merecen ser recogidas en pasquines o libros de cartoné. De lo que no cabe duda es de que Santiago sin “el Rosalía”, situado a extramuros de la ciudad histórica, más allá de Porta Faxeira, no sería igual sin el profesorado y las risas de aquellas crías de los años de gris y blanco.

10 ene 2022 / 01:00
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